Javier
Puebla, diario web:
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DIARIOWEB DE JAVIER PUEBLA
DIARIO
2005 /
DIARIO
2006: ---(PRIMER SEMESTRE)---
DIARIO 2005:----SETIEMBRE-OCTUBRE
AÑO 2006-1º Semestre
-La vida literaria-
A
partir de cierta edad la vida se vuelve, sobre todo, administrativa
Michel Houellebecq, LA POSIBILIDAD DE UNA ISLA
8 de enero.
Llevaba unos diez días sin acercarme a mi vieja y querida página
web, a este diario un tanto contenido pero aún así muy
agradable de escribir. El pasado viernes, anteayer, mi viejo amigo Eduardo
Lago se proclamó ganador del Premio Nadal con
su, oficialmente, primera novela: El Cuaderno de Brooklyn (bueno, ahora
se titula Llámame Brooklyn, pero durante años todos los
amigos la conocíamos -Eduardo llevaba años y años
con ella, primero en la cabeza, muchos años después ya
escribiéndola- con el título reseñado en primer
lugar). Resulta curioso, o en realidad no lo es en absoluto, que todos
los componentes del Grupo de Brooklyn (un nombre que
inventé yo, pues siempre tengo tendencia a nominarlo todo, convertir
la realidad en palabra), los cinco que salimos en aquella mítica
foto realizada una noche de febrero en el Promenade de Brooklyn, nos
estemos convirtiendo en personas públicas, personas sobre cuyas
vidas y hechos opinan gentes que no conocemos. En esa foto, (en la que
no está José Luis Madrigal, que es al Grupo de Brooklyn
lo que el Espíritu Santo a la Santísima Trinidad; y quizá
por ello a veces tiendo a pensar que José Luis Madrigal es la
nieve que cae), en esa foto que buscaré para colgarla de este
diario, un enorme copo de nieve tapa la cara de Eduardo Lago, precisamente
la de Eduardo Lago. Se nos vé perfectamente a los otros cuatro,
a Fermín Cabal, Federico y Achero Mañas, y a mí.
Eduardo llevaba muchos años trabajando tras rehacer su vida de
la nada -yo le conocí cuando naufragaba en la nada neoyorquina-
y se merecía, se merece, este reconocimiento. Por los azares
de la vida yo me había citado con el hermano de Eduardo, otro
viejo amigo: El Rojo, Red Lake, Jose Antonio Lago, a fecha 7 de enero,
cuando pasasen los Reyes; una cita largamente demorada pues tras años
de ser uña y carne -hermanos de tinta- pasamos a dejar de hablarnos
(culpa mía, soy demasiado temperamental, durante más de
un lustro). Me encantó verle. El Rojo, tan genial y tan él
mismo como siempre.
La dificultad de los diarios es anotarlo todo, y tenía en la
cabeza montones de cosas, ya que he pasado cinco días en Murcia,
celebrando el fin de año y viendo amigos, enemigos, cómplices
y colegas. Y también me habría gustado hablar de que ésta
ha sido la primera navidad en la que mi hijo ha sido consciente del
"cambio ambiental" que suponen estas fechas: cree en los Reyes,
claro, a pies juntillas y -esas pequeñas magias- su fe nos ha
contagiado tanto a su madre como a mí, que al menos durante unas
navidades hemos vuelto a creer en magos que emprenden largos viajes
desde Oriente guiados por estrellas errantes que se mueven despacio
sobre el fondo infinito del firmamento.
Ni siquiera he dicho una palabra, no en este diario aunque sí
en el que llevo en el bolsillo, sobre la maravillosa cena que organizó
Mara Mugueta, la arquitecto argentina, para todos los miembros de mi
Tripulación el 28 de diciembre. Un éxito absoluto. Extraña
y sorprendentemente he descubierto que ser profesor -capitán
de marinos imaginarios- es tanto o más satisfactorio que escribir,
pues recibo el feed-back, la alegría de mis compañeros
de aventura de modo inmediato (es un curso vivo, en cambio permanente
. Me gusta decir que "llegan como plantas mustias y salen como
rosas recién regadas". Cierto que la literatura, la reacción
de algunos lectores, que hacen suyos los libros que han salido de mis
manos también es enriquecedora y grafiticante, pero de un modo
más difuso. A mí, confieso, escribir me gusta (Federico
Mañas siempre ha sostenidoque a quien más gusta escribir
de El Grupo de Brooklyn es a mí), me resulta algo tan natural
como rascarme la cara cuando me pica, pero empiezo a tener serias dudas
que merezca la pena intentar convertirse en este momento de feroz economía
de mercado en un escritor profesional. Para mi amigo Eduardo Lago, y
vuelvo al principio del primer párrafo, escribir es, igual que
para Philip Roth, "bajar a la mina a trabajar
duro"; para mí no; o en todo caso bajo a una mina que siento
como mía y los diamantes, mi mina es de diamantes, que arrancó
con mayor o menor número de horas de trabajo, brillan por primera
vez entre mis dedos y no me preocupa demasiado que luego lleguen a las
tiendas de los joyeros, aunque parecía bonito, parecía
muy bonito, que sí pudieran llegar a las manos de los hombres
y mujeres amantes de la lectura de todo el largo, ancho, para mí
infinito, mundo.
Entre
hombres el afecto es algo difícil, porque no puede concretarse
en nada, es algo irreal y dulce, pero también -siempre- doloroso
Michel Houellebecq, LA POSIBILIDAD DE UNA ISLA
15
de enero. Este diario no es tal, claro, apenas un semanario
lleno de lagunas; resulta un problema recordar todo lo que ha pasado
desde el pasado domingo cuando la actualicé (podría recurrir
a mi libreta, pero que aburrido, que trabajo infame, que darle la razón
a Phlip Roth, meterme la mano en el bolsillo, buscar el día 9
de enero y tratar de descifrar mi letrucha inmunda; mucho más
estimulante es forzar la memoria aunque se produzcan errores. Veamos,
creo que fue el lunes o el martes cuando a petición de Big Lake
nos reunimos los 5 componentes de EL GRUPO DE BROOKLYN
y tres estrellas invitadas: los hermanos Madrigal (el pintor y el filólogo
sabio, el "Espíritu Sabio" del Grupo) y Pilar y Paloma
(cuyos apellidos creo nunca me ha dicho nadie). Cenamos juntos, recordamos
viejas anécdotas, la mayoría referidas a Eduardo, que
era la estrella, y me permití apuntarle al que fue uno de mis
más queridos amigos, Achero Mañas, que ahora simplemente
somos conocidos (quizá la culpa no sea sólo nuestra, sino
de la ciudad; en Nueva York eramos nosotros: libres y sin raíces,
aquí somos arbolitos con tal cantidad de ramificaciones en el
subsuelo que el más mínimo movimiento es un milagro o
un suplicio), y luego nos hicimos la típica foto de recuerdo
que repetimos cada Navidad; suelo ser yo el encargado de apretar el
botón pues o soy yo o no lo es nadie. Tengo la cámara
digital con la imagen tan cerca como la libreta de mi diario, y voy
a intentar ponerle voluntad para rescatar al menos una de las fotos
y colocarla aquí. Sí. Voy a ponerle voluntad. Dejo de
escribir y conecto la cámara. Habrá que pasar la imagen
por Photoshop para bajarla de peso pero... allá voy. Mi pereza
estaba totalmente justificada, he estado más de una hora bajando
y ordenando imágenes desde la cámara..., y quería
escribir algo más acerca de esta semana. He visto a más
gente, hecho más cosas, pero da igual, ahora no recuerdo y se
hace tarde; apenas he visto al niño en todo el día y se
acerca la hora de cenar. Cierro con la foto del Grupo de Brooklyn en
el año 2006.

Ahora que me acuerdo. También
pasé una tarde con Eduardo Melón, quien amén de
agente de escritores es músico y cantante y va a debutar en la
Fnac en abril (no me lo pienso perder). Y más, hay más
cosas. Ah, claro. La tarde que quedé con Eduardo Lago. Yo venía
de nadar y el subió andando desde casa de su padre. Nos citamos
junto a mi antiguo colegio, El Pilar. Y luego fuimos a caminar juntos
por el Retiro. La luz bajando y muy suave; el gato negro que intentó
cruzarse en nuestro camino pero bastó que le dijese una palabra
para que se descruzase (a Eduardo no le extrañó, sabe
que soy EL HOMBRE QUE HABLABA CON LOS GATOS), y el placer de ver en
el rostro de mi viejo colega una sensación que yo disfruté
hace dos años, cuando fui Nadal, Nadalito, finalista;
la sensación de que, de repente, todo encaja, que "todos
los pecados nos han sido perdonados". La sensación no es
eterna, pero queda un regusto, una memoria del cuerpo como se dice ahora,
que a veces vuelve, retorna, y hace mirar la vida con cierta tranquilidad,
con menos angustia de -Eduardo Lago y yo sabemos mucho de eso- la habitual.
La vida tiene, a veces, momentos "portentosos"; pasan, sí,
y por eso hay que relajarse, dejarse llevar cuando llegan, disfrutarlos.
¿Cuales
son tus principios? Te vas a reír. No me reiré. Ser un
caballero. (Un caballero es quien hace, no lo que quiere, sino lo que
debe hacer)
Haruki Murakami,
TOKIO BLUES (Norwegian Wood)
22 de enero.
El lunes comí con Cuca Escribano, a quien en
los últimos meses apenas ha visto pues no ha parado de trabajar.
Está terminando el rodaje de El Camino de los Ingleses, basada
en la novela de mi colega en el Nadal: Antonio Soler
y dirigida por Antonio Banderas (me contó un
par de anécdotas geniales de Banderas, una de ellas, en particular,
digna de un cuento que intentaré escribir a lo largo de esta
semana) y parece que en breve se incorporará al reparto de una
mini-serie de TV. Me llevó al restaurante de Caballero de Gracia
que tanto gusta a los diplomáticos sin estructura familiar cuando
tienen que realizar invitaciones masivas: la comida es buena y original,
el lugar agradable y moderno y los precios ajustados; el único
pero son las esperas, ya que no se puede reservar mesa con antelación;
pero tuvimos suerte, llegamos y nos dieron la mejor mesa del local (a
veces, en la vida, las cosas salen bien). Le hice esta foto, con mi
sombrero (para una colección que voy haciendo sin prisa, cuando
surge, de mis colegas con mis "cubrecabezas".

Esa misma tarde, la del lunes, pasé
por Amargord (llevaba tiempo sin hacerlo), y volví a pasar posteriormente
por el Club-Librería-Editorial (y casi casa de putas) el miércoles
o el jueves; es un bonito proyecto pero -aparte de haber sido uno de
los autores de la casa con Blanco y Negra- no sé muy bien dónde
puedo encajar dentro del mismo; me temo que -a pesar de los generosos
esfuerzos de Chema- en ningún sitio. Dirigir la colección
de una editorial, y hacerlo bien, implica dejar de escribir y -mientras
pueda permitírmelo- sigo deseando que escribir ocupe el primer
lugar en la lista de mis ocupaciones.
El finde estuve en la sierra, en L.A., El
Escorial. Llevaba tres meses sin ir. Mis padres subieron el sábado;
habían pasado a DVD algunos antiguos super8 y siempre conmociona
verse a uno mismo, veinte o hasta cuarenta años atrás;
ver las caras, las sonrisas, la vida en los ojos, de los que ya no están
y que, en aquel momento, parecía caminarían a nuestro
lado hasta el final del sendero.
Es domingo. Temprano. Apenas las nueve de
la noche. El martes comienzo con un grupo nuevo, un "barco"
nuevo y aunque de momento sólo tengo un par de Tripulantes me
apetece preparar a fondo la clase, sistematizar el curso para así
poder profundizar en diferentes detalles cada vez que lo imparta. Mis
Tripulantes, serán 17 ya a partir del próximo martes,
son la mayor alegría que me proporciona dedicarme profesionalmente
a la literatura; lo extraño es que los relatos no los escribo
yo, aunque de algún modo los quiero y siento como míos.
Cenaré, leeré un rato a Murakami, me está gustado
su Blues de Tokio, es increíble lo moderno que era Japón
hace treinta años, e intentaré acostarme temprano (que
lo consiga no es muy probable, pero al menos, y al escribirlo, formulo
y subrayo el deseo, el pensamiento).
No
poseer en propiedad muchas de las cosas que nos gustan.
Se disfruta más de ellas si son ajenas. El dueño sólo
goza el primer día, los extraños los demás. Las
cosas ajenas se disfrutan doblemente: el riesgo de dañarlas no
existe y sí el placer de la novedad. Todo sabe mejor con privación:
el agua ajena parece néctar. Poseer las cosas además de
disminuir el disfrute, aumenta el enfado por prestarlas o no hacerlo.
Tener cosas es mantenerlas para los demás. Se ganan más
enemigos que agradecidos.
Baltasar Gracián, El
Arte de la Prudencia
28 de enero. Ayer viernes, y a una hora insólita
para ese tipo de actos, las diez y media de la noche, mi amigo a tiempo
completo (y a veces también enemigo en momentos puntuales), Jesús
Urceloy, presentaba su último libro de poemas, Berenice,
en La Cacharrería del Ateneo de Madrid (calle del Prado, 21).
Entre otros muchos, muchísimos amigos, conocidos y también
algún enemigo a quien aprecio en su justa valía (Paco
Sevilla, Gonzalo Escarpa, Juan Manuel Navas, Maijo, Sol Huerta, David
Torres, Jose Ángel Gara, etc, etc), me encontré con un
poeta a quien he conocido recientemente: Raúl Losánez.
Raúl, autor de El decurso inesperado, y fue a él a quien
le comenté que sería maravilloso ser dueño de un
edifico entero y tener en la primera planta un salón tan decadente,
sugestivo y amplio como La Cacharrería, con sus techos altos
iluminados por frescos de colores pacíficos y vivos, las grandes
puertas de cristal, los comodísimos -y gigantescos- sillones
tapizados en un anticuado tono verde en los que es posible repantingarse
tan agusto como en el salón de la propia casa.
-Sería genial tener dentro de casa un salón así
para recibir amigos e invitados varios.
Fue decirlo y recordar el aforismo de Gracián que he copiado
más arriba. No poseer en propiedad muchas de las cosas que
nos gustan. Y, en efecto, es mejor acudir a La Cacharrería
como invitado (disfruté del sillón como si no hubiese
apoyado el culo en blando jamás en mi vida) que ser el dueño
de la gran sala y pasarme la vida preocupado por su mantenimiento. Ya
había experimentado esa sensación, con absoluta nitidez,
cuando -destinado en Dakar como Agregado Comercial- a veces viajaba
en primera porque me lo pagaba el Ministerio (o mi torpeza como administrador
de mi dinero) y otras porque el delegado de Iberia, por amistad pero
también por el cargo que a la sazón yo ocupaba, me hacía
un "upgrading" y mi billete de turista se convertía
-mágicamente- en un asiento de primera. Cuando esto último
sucedía la cena me parecía deliciosa, las azafatas guapísimas
y el sobrecargo un personaje extraído del Ritz o el Palace. Sin
embargo cuando pagaba, con mi dinero o el del Ministerio, lo único
que encontraba en las butacas de primera eran defectos: ruidos molestos,
piernas que presionaban el respaldo de mi asiento, cubiertos sucios...;
¡si estaba pagando más del doble que por un asiento de
turista quería -sino la luna- al menos un pequeño palacete
en la luna! Ah, que sabio era Gracián, y que buen showman es
Jesús Urceloy, a quien nuestro común compañero
de fatigas, el invisible (casi siempre) poeta Alberto Delgado califica
como el mejor sonetista vivo en lengua española y que para mí
es ante todo un animal de escenario, un ser que se crece (y ya mide
casi dos metros) cuando se sube a una tarima y lee versos propios o
ajenos. Sonreí, reí, me emocioné, disfruté
cada momento y hasta le pedí a un viejo chófer (también
generalmente invisible) que me trajese con carácter de urgencia
una cámara de fotos digital para "cazar" al gran Urceloy
firmando su Berenice (más abajo, dentro de un momento, en cuanto
pase la imagen al ordenador, la trate con Photoshop, reduzca luego su
tamaño y "peso" y la deje en condiciones para ser integrada
en esta humilde -no siempre tan humilde- página web). 
Supongo que pegaré la foto dentro de un momento y quien lea estas
palabras (al parecer cada semana visitan más personas este diario
"semanal") la verá ya integrada en la estructura de
la misma, a la izquierda (si me sale; esto de la web lo he aprendido
solito y no manejo su diseño en la medida que quisiera) pero
antes de hacerlo quiero retroceder un poco porque el acto en La Cacherría
sucedió ayer viernes, y me gustaria contar alguna cosa más
del resto de la semana: empezando por el martes y acabando por el lunes
(y tal vez saltándome el miércoles y el jueves, sobre
todo este último día porque "estaba triste"
que diría Max). El martes. En un golpe de audacia e inconsciencia
había decidido hacer doblete como Capitán de Barco Imaginario
los martes. Tengo un grupo, divertidísimo y muy brillante (a
la mayoría de mis alumnos-tripulantes me dan ganas de pedirles
un autógrafo; pero me reprimo, porque soy El Capi y tengo que
mantener las formas), y ese grupo comienza a navegar a las ocho de la
tarde y lo hace hasta las diez de la noche; pero había -como
conté la semana pasada- dos chicas, dos mujeres a quienes no
conocía (ya conozco). La idea era montar un barco-express el
mismo martes, de cinco y media a siete y media, y hacer el recorrido
por la infancia, adolescencia y plenitud cimentado sobre el primer recuerdo
infantil del Tripulante y autor, en sólo 6 meses. El esfuerzo
resultó muy superior a lo previsto. Como siempre el gigante tiene
las ideas y al enano le toca llevarlas a la práctica (menos mal
que el enano es un currito). La experiencia salió bien, espléndidamente;
me permití -audaces fortuna iuvat- decir a mis nuevas Tripulantes
que me habían gustado mucho, como si fuese yo quien pagase y
no al revés (soy el colmo, ya lo sé). Pero el miércoles
estaba agotado, débil como ese gatito al que matan -aprovechando
su debilidad- unos niños en El Marino Que Perdió la Gracia
del Mar, de Mishima, y el jueves, ya he dicho, "estaba triste".
Pero aún queda el lunes. El lunes lo pasé fenomenal. Quedé
con El Rojo, mi hermano de tinta y pixels, con quien preparo un asalto
en toda regla al más bien sosillo panorama de lo que Johnny Marsé
(pongo lo de Johnny por "bailar") llama "la vida literaria").
El Rojo, Jose Antonio Lago, es un creador de potencia inusual y ya va
siendo hora de que el mundo se entere de que existe. En la foto (esta
la pongo ahora mismo porque ya la tengo tratada y preparada)
aparecemos los dos juntos tras tres o cuatro años de no vernos
ni apenas hablarnos (mi natural es querer u odiar a los demás,
sin tonos grises; me cuestan mucho, aunque voy aprendiendo, los estadios
intermedios). De El Rojo, Rojo Lago, Jose Antonio Lago, ya volveré
a hablar. Pero ya corto. Son las seis menos cuarto, llevo más
de dos horas pegado al ordenador, y oígo, a pesar de los auriculares
metidos en el interior de las orejas, las voces del pequeño Max
(y aún me queda la foto de Jesús Urceloy por tratar; bueno,
no importa: el sol entra firme y suave por la gran cristalera de mi
despacho velada por los dos grandes ficus que tienen la generosidad
de -siendo ya árboles- consentir seguir viviendo en maceta para
hacerme compañía (el original lo tengo conmigo desde hace...
14 años; lo compré en el Mercado de Verónicas de
Murcia, y me ha acompañado por muchos, muchísimos sitios.
(Quería hablar también de que Sánchez-Dragó
me ha invitado el próximo miércoles para que cuenta en
su programa un sueño y lo interprete a continuación Luis
Cencillo; pero ... mejor la semana que viene, que esta vez -como diría
Pascal- "no he tenido tiempo para ser breve".
Si
alguien me hace daño, haré daño, haré daño,
haré daño.
Martin Amis, Yellow Dog
5 de febrero. Las aguas
están inquietas. El capitán Ricardo del Olmo, capitán
mercante en su juventud y capitán de Libertad8, el mítico
pub de la calle Libertad, desde hace 30 años, celebra el mencionado
aniversario y me citó para que le escribiese un texto el pasado
lunes; cosa que hice encantado. Ricardo es como es, claro como el agua
más cristalina del Caribe, y quien no se entiende con él
es porque no le da la gana mirarle a los ojos. Me gustó verle
y quedamos en nuevos, futuros y prontos proyectos.
El martes conseguí llevar a buen puerto el doblete: mi nuevo
"barquito-literario", el de las cinco y media de la tarde,
que de momento sólo cuenta con dos Tripulantes, y el doblete,
el barco de iniciación superpoblado (no cabemos en LA MESA DEL
CAPITÁN) que comenzó a los ocho a surcar el mar -de la
literatura, los sueños, la vida o como se quiera llamarlo- a
tal velocidad que les prometí un video para la semana siguiente
a mis ya avezados Tripulantes y volví a pensar que debería
montar una editorial aunque sólo fuese para publicarlos a ellos;
algunos están escribiendo unos cuentos que ya quisiera Jorge
Luis FrutosSecos para él.
Aunque el día verdaderamente divertido de la semana fue el miércoles,
porque estuve en Telemadrid, ante las cámaras. Me encanta la
tele. Cualquier plató me resulta más familiar que el salón
de mi propia casa, porque siento que todo el mundo me está mirando
y eso hace, nunca he sido mentiroso, que me comporte con absoluta naturalidad.
Dragó, como ya adelanté hace una semana, y a través
de Arancha Salma (su mano derecha), me había convocado para un
programa sobre sueños (vease
columna), y toda la mañana fue una fiesta. Me encantó
conocer a Luis Cencillo, hablar con Luis Alberto de Cuenca (no todo
el mundo sabe que amén de político es el mejor poeta que,
en mi opinión y la de otros muchos, tenemos en la actualidad
en lengua castellana), saludar a una "inesperada" (no explico
más por discrección) Angela Valvey y estrechar la mano
de mi colega en Amargord (la editorial de moda), el cuentista Gonzalo
Torrente (hijo). Apuré las mieles, en compañía
de Dragó, Arancha y Javier Esteban, hasta la puerta de los taxis
que deberían regresarnos al centro de la ciudad, y aún
dentro del mío lamenté no haberme apuntado en el otro
vehículo para que durase un poco más la conversación.
Es lo único que echo de menos cuando Dragó me invita a
sus Noches Blancas, una sobremesa más larga (a ver si se me ocurre
alguna manera de "engatusarlo" la próxima vez; supongo
que no debe ser, no es, "hombre de cañas", pero alguna
manera habrá, algún sonido existirá, que le desvié
de su rumbo para conseguir que charle un ratito más conmigo).
Esta misma semana también he hablado -secretamente, así
que no pongo los nombres- con algunos editores, visitado a mi colega
Raúl Losánez en Radio Intercontinental (en
la foto, con mi sombrero y frente a su impresionante tablero de mandos;
es, amén de poeta, técnico de sonido de larga y consolidada
fama), conspirado para introducir dos nuevas palabras en el diccionario
de la RAE (una está en la columna señalada en rojo más
arriba), y también he paseado por El Retiro, leído con
"ahinco" a Martin Amis (si a Amis hijo lo lees sin ahínco
acabas mandando sus libros a la papelera o el anaquel correspondiente
de la librería), bailado con una pantera (eso es mentira, imaginación
pura, ya quisiera yo) y marcar un nuevo record personal en la piscina:
ningún largo. En efecto, confieso; llegué. Metí
pie en agua. Estaba fría. Saqué pie de agua. Tomé
albornoz. Cerré bien cinturón. Paso rápido un
dos un dos hasta la ducha. Calentita. Bien bien calentita.
La semana que viene también se presenta
animada. Tengo cita con Rojo Lago el lunes (preparamos "milagros")
y su hermano, Eduardo, llegará desde Nueva York a presentar el
Nadal. Enredando en mis cajones he encontrado una vieja foto ,
tomada en Nueva Yord, de Mister Edward Lake, en la que también
aparece mi muy querido amigo, compañero de colegio y luego de
oposición, Antonio Gurrea, que a la sazón -año
1998 o 1999- era el canciller del Consulado de España en Nueva
York. Fue una noche especialmente divertida que la foto me acerca a
la memoria; acababa de llegar de Dakar y había alquilado junto
a Central Park un apartamento que, yo aún no lo sabía,
pertenecía a una bailarina de strip-tease brasileña (sus
amigas tampoco sabían que había alquilado su apartamento
y no dejaban de llamar). Menos mal que los tres, hombres serios y emparejados,
preferimos dedicarnos a charlar de literatura y beber gaseosa en lugar
de irnos a nadar en bourbon entre sirenas de color. Gente ejemplar;
así eramos nosotros. Sí, sí, ya sé....
El
idioma echa a perder muchas cosas entre hablantes de la misma lengua,
porque tan pronto como se empieza a hablar: se miente.
Cees Nooteboom ¡Mokusei!
12 de febrero. El lunes,
lo estamos convirtiendo en un hábito saludable, quedé
-como estaba previsto- con El Rojo, Red Lake, y ya
nos despedíamos cuando llamó su hermano Eduardo, harto
de tanta entrevista y firma de libros a causa del Nadal, y loco por
tomarse una cerveza. Pasada la euforia del premio queda el trabajo de
la promoción, y como todos los trabajos tiene momentos mejores
y peores; me recordó a mí mismo -otra vez- hace dos años
y me hizo pensar que en realidad no todo eran alharacas y jijiís
jajajás, que el ritmo que marca una editorial no es el propio
ritmo, el ritmo que marca quien te paga nunca es el propio ritmo, y
eso violenta y cansa. Al
día siguiente por la mañana, convocado por la maravillosa
jefe de prensa de Alianza Editorial, Ana Kuntz , había
en un céntrico hotel de la Villa y Corte, concretamente en la
Gran Vía, un desayuno de trabajo, y me apetecía ir, entre
otras cosas por ver a Paula Izquierdo, a quien hacía
meses que no veía, y también a algún otro escritor.
Además me gustan los desayunos que monta Ana Kuntz, en la foto
de la derecha accediendo a posar para mí en la puerta del hotel;
consigue un ambiente de camaradería insólito. Había
un montón de escritores, para más detalles puede consultarse
la columna de esta semana para Cambio16, La
Vida Literaria, pero sobre todo estaba Joaquín Arnaiz, a
quien conocí hace 25 años -The time passed goes by,
tócala otra vez, Sam- cuando ambos trabajábamos en
el suplemento cultural más vivo, y más cultural, que en
mi opinión ha habido nunca en la historia de la prensa de nuestro
país: Disidencias. Sin embargo creo que nunca
había hablado con Joaquín con tanto placer e interés
como la mañana del viernes mientras bajábamos juntos por
una dorada Gran Vía, el suave sol de invierno brillando para
nosotros, en dirección a Plaza de España. Fue lo mejor
de un día por lo demás tirando a horrible (voy a ser discreto
y no poner a parir incompetencias ajenas). Cerremos el día con
la foto de Paula y dos de sus autores, Ramón Buenaventura y Juan
Madrid; la baja calidad de las fotos para la web quizá haga que
haga que el improbable lector de este diario no aprecie en la justa
medida su poderío.

Paula Izquierdo, rodeada de 2 escritores y 1 empresario
Y sigamos con el miércoles, que se
presentaba el Nadal, y para mí, también
para mi chica, tenía algo de agridulce, porque un premio que
no has ganado tú, aunque lo gane un amigo muy querido, como lo
es Eduardo Lago, tiene algo de comida china, dulce y avinagrado a un
tiempo (por allí andaba Doña Vinagre, la persona más
"matasonrisas" que he conocido desde que me convertí,
segundo intento, en profesional de la escritura; es imposible no encontrársela
de vez en cuando, pues está siempre invitada a todos los saraos).
Esa misma tarde me había entrevistado un periodista listo y rápido,
Javier Mateos, en Radio Intereconomía, y confieso me divertí
mucho hablando de África, y de mi último libro: Blanco
y NegrA. Entre una cosa y otra aún me dió
tiempo a pasar por el Canoe y nadar 1500 metros. A las ocho estaba en
La Casa de América, donde no se podía fumar, claro, y
el personal andaba un poco más alterado de lo habitual. Alteración
que sin duda acentuó la histriónica presentación
de Llámame Brooklyn, la novela ganadora, a cargo de un Álvaro
Pombo que parecía un personaje extraído de los fotogramas
de celuloide de un film de los años cincuenta. Lo pasé
bastante bien, porque había muchos amigos, y también estaban
los dos o tres enemigos conocidos que tengo (soy humilde, de momento
no he conseguido más; pero si algún día me lo monto
de verdad -vendo un millón de ejemplares de Tigre Manjatan, como
me aseguró el oráculo- seguro que llegaré a tener
centenares, miles, de enemigos; falsos enemigos, falsos amigos;
conviene pues, ahora, ir fijando a los auténticos). Y entre los
amigos estaban el Rojo, Lorenzo Silva, Enrique Redel, Pilar Lucas, Malcolm
Otero, Joaquín Palau, y el Grupo de Brookly casi entero, sólo
faltaba Cabal, Fermín. Pero estaban Carlos Madrigal (and mother),
Federico Mañas y su hermano: el viejo Achero (con Andrea, su
chica), y como soy un sentimental me dió cierta tristeza haberle
dicho días atrás que ahora sólo somos conocidos.
Pero aunque me dé tristeza o ganas locas de bailar es lo cierto,
ya sólo somos conocidos. Y lo mismo empieza a pasarme con otros
antaño muy queridos colegazos a los que ahora mismo ya no veo
casi nunca: ellos no tienen tiempo, yo no tengo tiempo, el tiempo no
tiene tiempo y quien lo desentiempará... "gallinas que se
muerden las plumas del culo" (para no escribir la manida frase
de la cola y la serpiente).
Me acosté tarde, el miércoles.
Madrugué el jueves (como todos los días). Conseguí
hacer cuanto debía y quería hacer, es decir, que me comporté
como un caballero according Murakami en Tokyo Blues, a pesar
del cansancio y las pocas horas de sueño; pero exagero: estuve
durmiendo tres horas por la mañana entre las páginas de
una novela de Cees Nooteboom, la semana que viene supongo que contaré
porque me estoy leyendo las obras completas del autor neerlandés
(así lo pone Julio Grande, su traductor en Siruela). Y el viernes....,
el viernes había un concierto con pinta de divertido a cargo
de Enrique Mercado, Pedro de Paz y Nacho Fernández. Pero el viernes
es hoy. Escribo, y espero que no se convierta en costumbre, el resumen
de la semana, el viernes por la mañana. Me zampo el finde. Lo
guardo para la intimidad. Para mí solo y los míos. Privado.
Puerta cerrada. Please, don´t disturb.
A
Arthur Daane le gustaba la gente que "llevaba más de una
persona dentro", y no digamos cuando esas diferentes personas parecían
contradecirse entre sí
Cees Nooteboom, El día
de todas las almas
19 de febrero.
Empecemos por el final, por capricho
y porque la frase de Noteboom se corresponde más a la conferencia
que ayer sábado dí en Santa Engracia 17 para los componentes
del grupo Atlantes, en la foto con su presidente, Jose
Antonio Corrales, a la derecha y parcialmente fuera de la imagen. Suponía
que me habían llamado para la típica conferencia en la
que yo estaría sentado en un escenario y el público en
las correspondientes butacas del anfiteatro; pero no. Era una mesa alargada,
una mesa similar a la que utilizo para dar mis talleres, La Mesa del
Capitán ,
y de hecho estaban tres de mis Tripulantes o alumnos entre el grupo;
así que me relajé, estiré las piernas, y aunque
hablé media hora del tema para el que se me había convocado,
LA LITERATURA COMO SEGUNDA OPORTUNIDAD (no puedo incluir el texto de
la conferencia porque tengo la mala costumbre -alguna vez no sale y
es un pequeño desastre- de improvisarlas); pero como había
tiempo y me sentía en confianza también les hablé
de mi antónimo, Federico Sueño o Frederic Traum, protagonista
de la novela SONRÍE
DELGADO, y del antónimo de mi antónimo; el poeta Alberto
Delgado. Todos, como se puede ver en la imagen, quedaron encantados
con que haya alguien tan rarito como para ser capaz de inventarse a
alguien que es justo lo opuesto a él y además intentar
hacerle pasar por un ser real. No es sólo a Cees Nooteboom a
quien interesan las gentes que llevan más de una persona dentro,
según parece. La verdad es que -una vez asimilado lo peculiar
de las circunstancias- lo pasé tan bien como un ratón
sentado sobre un queso. Me gusta "la vida literaria"; es más,
creo que es la frase más afortunada que Juan Marsé ha
dicho en su vida.
No
menos divertido, aunque
de otra manera, fue el acto de presentación del cuidado libro
LA VIDA EN HERMENAUTA de Antonio Polo(izquierda). Porque, para empezar,
fue una aventura llegar hasta la Biblioteca Regional Joaquín
Leguina, bajo el viento y la luvia, atravesando pasarelas altísimas
(me uní a una pareja que empujaba un coche de bebé (cargado
de objetos y sin ningún bebé dentro) para salvar el puente
-con unos insuficientes quitamiedos- que sobrevuela las vías
del tren desde Pacífico hasta Méndez Álvaro, como
cuando me incorporé, tiempo atrás, a una caravana para
atravesar el desierto, allá en la lejana y extraña Mauritania).
En el mapa parecía que la Bibiloteca estaba al lado de mi casa,
en la práctica fueron tres cuartos de hora andando. Pero allí
estaba Almudena Grandes -siempre me ha caído bien- haciendo
los oficios de maestra de ceremonias (una generosidad impagable por
su parte pues está inmersa en una novela que, según me
dijo, se acerca a las mil páginas; para compensar tal desmesura
le regalé un relato de dos líneas y en tarjeta de visita),
el propio Polo, el ilustrador del libro, Pedro Díaz del Castillo
(foto de la derecha, el de la cara de duende feliz), el omnipresente
don Jesús Urceloy (en la imagen de abajo en el centro e inescondible),
y -ah, recuerdos, ah maravillas- casi todos los integrantes (inconscientes
de serlo) de un grupo que bauticé hace años como El Club
de los Poetas Vivos (la imagen de grupo) cuando se reunían en
Libertad8 hará ya casi un lustroy a mí me llevaba hasta
allí David Torres; faltan Iñaki Serra y Emilio Pascual,
pero
como compensación hay una chica, Vanessa, que indudablemente
da color a la imagen. Lo mejor de la presentación era la alegría,
tranquila, cálida, de Antonio Polo, me atrevo a pensar que conseguí
reflejarlo en la foto; el orgullo de estar entre los suyos y sentirse
querido y respetado. Aunque también fue muy divertido escaparse
hasta el patio exterior de la Biblioteca, botella de champán
en manos de Urceloy, y fumarse un cigarrito entre esa gente incalificable
que son los poetas, y que no escriben para vender libros, ni para llegar
a mucha gente y además -a diferencia de los prosistas y por lo
que yo he visto- tienden a llevarse bien muy bien -magníficamente
bien- entre ellos.
Y salto ya al lunes -alejop-
porque al final este diario semanal me da más trabajo, mucho
más trabajo que mis columnas en Cambio16, Cuadernos para el Diálogo
y la Opinión de Murcia, pero creo que merece la pena pues el
número de visitas a esta humilde página se ha duplicado,
más de 1000 en 16 días, desde que incluyo fotos en el
diario, o quizá sea porque salgo con más frecuencia que
antes en los medios (TV/radio) a causa de que la promoción de
Blanco y Negra pienso prolongarla hasta que aparezca el siguiente libro.

Precisamente en ello estaba el lunes, promocionando BLANCO
Y NEGRA (aunque en la imagen adjunta puede verse también,
en la imagen de la izquierda, sí junto a la mano de Cristina
Sanz, abajo a la derecha, en pequeñito muy pequeñito,
mi cada vez más famosa -ahora que está agotada la edición.
de LA JAULA TARJETERO de EL CAZADOR DE CUENTOS). Gracias a los buenos
oficios de Raul Losánez la semana anterior Javier García
Mateo y Cristina Sanz me habían entrevistado en Radio Intereconomía,
y como nos caímos simpáticos acordamos dar otro paso;
quiero decir: me invitaron ellos y yo acepté encantado pues soy
yo he explicado hasta el aburrimiento que soy adicto a las cámaras,
a participar en su programa de TV "Esto es vida". Lo cierto
es que la entrevista de la tele no quedó tan redonda como la
de la radio, porque tanto como Javier como yo estábamos cansados,
y además el plató era un tanto confuso, con un técnico
de sonido que no hacía más que comprobar el micro de Cristina
(a mí también, y lo dije porque me pareció motivo
para un cuento romántico y muy blanco, me habría parecido
prioritario comprobar si funcionaba bien el micro de la bellísima
Cristina Sanz). Pero aunque quizá el resultado no nos pareció
perfecto, no siempre sale (y como dice Gracián ni el más
sabio discurre igual todos los días) me conmovió la defensa
apasionada que hizo Javier García Mateo de mis dos últimos
libros, tanto de BLANCO Y NEGRA, como de SONRÍE DELGADO, novela
que me empeño en mantener viva más allá del Nadal
porque a mí me costó 14 años escribirla y aunque
el marco del premio -esto ya he debido de decirlo muchas veces, pero
no importa, insisto- le regaló a la novela posibilidades de difusión
insospechadas también es igual de cierto que la trituró
en tan solo unos meses; y me niego, porque es la primera de una Trilogía,
porque en ella me he dejado la vida y muchísimo dinero (llevo
7 años de excedencia para dedicarme sólo a escribir, y
para ello y por ello me privo de casi todo). Así que desde aquí
le agradezco a Javier, Javier García Mateo, empático,
inteligente, rápido y un periodista de raza (hay tan pocos) que
saltase sobre su cansancio para defender mis pequeños y luchadores
libros. (NOTA AÑADIDA UN MES
DESPUÉS: El programa, emitido en el Canal55
fue un éxito brutal, lo vió aún más gente
que el de Dragó, y estuve recibiendo llamadas, mi madre también,
durante más de una semana para felicitarme y preguntarme donde
se podía encontrar el libro).
Y, naturalmente, han ocurrido
muchísimas más cosas esta semana, pero no se trata de
ser exhaustivo. Y además mañana lunes recomienzo el baile
desde bien temprano y ya tengo el carné, el carné de baile,
lleno hasta el sábado, así que como es domingo y las seis
de la tarde, con el permiso de todos los que tenéis la generosidad,
amabilidad y un puntito de amor por el cotilleo, y entráis en
esta página que es vuestra, voy a dejarlo ya para irme a disfrutar
de una merienda-cena en familia, que hace días que no veo a mis
padres, ni a mis sobrinos, ni a mi querido y único hermano. Feliz
semana a todo el mundo.
En
materia de venganza, era irreflexiblemente fundamentalista. Incluso
en los momentos de mayor debilidad, en los momentos que sentía
el temor de su fragilidad, estaba seguro de que se le presentaría
la hora de la venganza
Martin Amis, Yellow Dog
26 de febrero.
Llevaba diez días leyendo
al excelente Cees Nooteboom (a
quien gracias a la generosidad de Fernando Sánchez-Dragó
conocí el pasado jueves, como testifica la imagen adjunta), y
aunque he disfrutado con su obra, especialmente buena la última
novela, Perdido el paraíso, confieso que fue un placer regresar
a las páginas,que leo a la vez en inglés y en español
(debido a mis deficiencias en el primer idioma) de Martin Amis
de la que he tomado la frase que encabeza el diarioweb de esta "week
de los cojones". Sí, una "week de los cojones".
El lunes, muy de mañana -pero al menos fui un taxi, como un señor-
me presenté de urgencia en el dentista, que menos mal que es
amigo y dentista de otros escritores bruxistas (que rechinamos los dientes)
y que me hizo una reconstrucción que ni la del Palacio de los
Deportes de Madrid y me cobró a "precio de amigo" (Dios
le bendiga; y encima el hombre cada vez que va a un cumpleaños
compra uno de mis libros para llevar de regalo; no digo su apellido
para que no se le llene la consulta de artistas colgados, bruxistas
y pobres). Esa misma tarde llevé el coche al taller, pero esta
vez no había afecto, sólo buenas palabras, como corresponden
al ingenuo visitante de cualquier cueva de ladrones, para reparar algún
pequeño desperfecto en la chapa. Del martes y el miércoles
no me acuerdo porque estaba constipadísimo, no tengo ganas de
forzar la memoria y además no es imposible que me permitiese
algún tipo de licencia de las que jamás deben consignarse
en un diario público; en los privados, sí, porque en caso
contrario, y aunque hayas matado al rey y huido a Murcia, acabas olvidándolo
y es -para un literato a quien además le divierte la vida literaria-
una lástima.
El jueves fue muy animado,
porque por fin conocí a Nooteboom (me
gustó, aunque estoy de acuerdo con él en que a los escritores
es mejor no conocerlos, y menos aún cuando admiramos su obra;
pero como le dije, aprovechando que Fernando Sánchez-Dragó
nos sentó juntos, compartir una hora en un plató
no era exactamente conocerse). También conocí, es decir:
ví e intercambié un par de frases con él, al larguísimo,
elegante y ultracorrecto Marqués de Tamarón,
Santiago para los amigos, que estuvo a punto -me enteré esa mañana-
de ser mi Embajador en Mauritania (yo llevaba los asuntos comerciales
de España con Mauritania desde Dakar, y tuve largo y muy placentero
trato con un diplomático -persona fantástica- de nombre
Juan María López de Aguilar, a la sazón
embajador de nuestro país en Nouakchott ; le fotografié
en diagonal, y guardo la imagen para futuras ocasiones, porque Santiago,
Marqués de Tamarón, es increíblemente alto. Como
también era muy alto, no lo esperaba, Fernando Delgado,
uno de los premios Planeta, pues ya que estaba allí hice doblete
y me quedé al programa dedicado a los 50 AÑOS DEL PREMIO
PLANETA, donde falló el invitado principal para fortuna de los
espectadores -es una opinión- pues su lugar lo ocupó una
mujer maravillosa a quien yo no conocía, Ana Gavín,
la jefe de comunicaciones del Grupo Planeta (le pregunté si era
como SuperLucas en Destino y no pudo evitar una sonrisa).
Y digo que me pareció una mujer maravillosa, y eso lo tiene en
común con otras mujeres en "plenitud" que he conocido
en el palacete que tiene el grupo planetario en Recoletos, mujeres que
son más que guapas, más que atractivas (que lo son, y
en particular la Gabín como puede apreciarse en el perfil que
le robé para esta web). Tienen, tiene en particular Ana Gavín ,
la hermosura, la belleza de una escultura, de una escultura de mármol
fabricada desde dentro y a fuerza de inteligencia y voluntad; en su
momento las cosas eran muy difíciles para las mujeres y las que
están arriba ahora no ha sido por "cuota" sino por
valía. Estábamos en los camerinos y comenté que
era una lástima que no saliese ella en el programa, fíjese
el lector en el dominio del color de su atuendo, y Fernando Sánchez-Dragó,
que es rápido y jamás se ha dejado adormecer por el éxito,
la incorporó a la mesa, donde también estaba Julia
Escobar, otra "tribuna" habitual de Fernando, y el
felicísimo señor Eslava, Juan Eslava,
que ha vendido casi un millón de ejemplares del premio Planeta
que ganó gracias a la magia de un Unicornio. La verdad es que
lo pasé fenomenal. Siempre lo paso fenomenal en el programa de
Dragó, excepto en una ocasión que se me taponó
un oído y además Lucía Etxebarría no dejó
hablar a nadie. Como me encanta la tele -vuelvo a decir que estoy más
cómodo, más relajado, delante de una cámara que
solo en el salón de mi casa, pues delante de una cámara
todo vale, todo entra y todo es espectáculo- he incluido en esta
página de longitud infinita (cosas de la informática)
el retrato, apresurado, de una chica de producción amabilísima,
Gema,
y también el de la ayudante de Fernando Sánchez-Dragó,
la gentil, eficiente y dulce Arancha Salama ,
porque siempre echo de menos eso, que al espectador no se le muestre
más tramoya (Sardá lo intentaba en Crónicas
Marcianas, pero era muy mejorable; si algún día dirijo
un programa ya se enterará el espectador como debe hacerse).
Precisamente en LAS NOCHES BLANCAS me resulta admirable, brillantísimo,
ese juego de metaliteratura, o metatelevisión, que hace Dragó,
cuando explica a la audiencia que estamos grabando meses antes de que
se emita el programa, que se nos ha pedido que llevemos ropa primaveral
(la mía no lo era demasiado, y eso que llevaba una maletita:
debería poner también la foto (pero no, que ya hay muchas
hoy) para que nadie piense que estoy jugando: yo me lo curro, siempre
me lo curro, hasta donde me llegan la voluntad, la inteligencia y los
huevos). Pues eso, que Dragó hace metatelevisión y por
ello espero que sus Noches Blancas, o Negras, o Blancas sobre Negras,
o como sean, siga sobreviviendo muchos muchos años. Como también
espero que la gente comprenda la razón por la que no me quito
el sombrero en lugares cubiertos (Fernando Delgado
hizo
un alegato en camerinos fantástico al respecto, basándose
en que al ser -el sombrero- una prenda de uso ya no común deberían
aplicarse nuevas normas protocolarias en su utilización; para
empezar, cuando vas a un bar, no hay ya donde dejarlos, excepto encima
de la cabeza).
Pero no voy a olvidar, aunque
ya estoy un poco fatigado, harto de teclear, de escribir (menos mal
que esta página no la corrijo nunca, la dejo como sale y ya está:
alegría y rockandroll) y además tengo hambre (a vez si
mi chica pide una pizza y alquilamos una peli), pero -repito- no voy
a olvidarme de mencionar que, como ya es costumbre, la noche anterior
a su regreso a Nueva York (era viernes y hacía un frío
continental, la vendedora china de películas pirata llevaba un
buen surtido de porno oculto en su cartera cuando nos abordó,
las tapas del Buendi estaban riquísimas), quedé con Eduardo
Largo, y también con su hermano, Jose Antonio, el
Rojo, de quien había leído el día anterior
un cuento hiperbreve aprovechando el programa sobre el Premio Planeta;
pero eso, si alguien quiere verlo, tendrá que estar atento a
la tele; yo no voy a explicarlo aquí. Sí que siempre da
una cierta tristeza que se vaya Eduardo (hasta a Malcolm Otero
-al parecer y en SMS- le produjo cierta nostalgia), porque de El
Grupo de Brooklyn el único que se quedó en Nueva
York fue él, y el único capaz de recuperar para todos
ese espíritu burlón, cazador y aventurero es -ahora- también
él. Quizá, porque yo soy del Grupo de Brooklyn, quien
más añora la burla, la caza y la aventura, es a mí
a quien mister Lake se ha acostumbrado a ver la noche
anterior a su partida a la ciudad de los pipsous, los largos paseos,
el anonimato absoluto y los miles y miles de hombres y mujeres que gracias
a la magia de la ciudad se permiten jugar a ser adolescentes para siempre,
adolescentes eternos.

Hay
tribus ocultas cerca del río
Radio Futura, Escuela de calor
27 de febrero.
Me dice mi chica que Santiago
Roncagliolo ha ganado el Alfaguara, y recuerdo
el día que le conocí, cuando ambos eramos "aspirantes"
y aún no profesionales, ambos convocados por David Torres
que ya había acariciado las babas de la fama tras hacerse
con el finalista del Premio Nadal. Cenamos en un Chino, en compañía
de Urceloy y Navas, ambos poetas famosos, y luego estuvimos
dándole duro a los mojitos o algo así en un bar de dos
niveles cuyo nombre no recuerdo, pero que estaba situado cerca de la
calle del Pez, o quizá en la propia calle. Me cayó bien,
Roncagliolo; creo que es uno de esas personas que, en general, caen
bien a todo el mundo. Por aquel entonces escribía crónicas
políticas en Cambio16, donde yo ahora publico
mis columnas. Y meses después ambos estuvimos entre los finalistas
(sin resultados prácticos para ninguno) del premio Herralde.
A la salida de aquel pub de mojitos y buena charla, ese día que
nos conocimos y para no perder mi hábito de "we are the
champions" pedí a todos posar para una foto (el mando a
distancia está camuflado en mi mano) y allí nos pusimos
en ordenada fila ante mi pequeña cámara, una Aps, que
estaba apoyada en un bolardo. "Algún día" -recuerdo
o invento que dije- "esta foto será historia y se llamará
CUANDO ERAMOS ASPIRANTES). Aunque bien pensando, y a pesar del premio
de Santiago, o de que yo tenga la suerte que se esté agotando
la primera edición de mi segundo libro, Blanco
y Negra, seguimos siéndolo:aspirantes a niños
creadores y eternos. Aquí está la foto:

Cuando Eramos Aspirantes, enero 2003
Estar
borracho era una forma de decir que, en tu opinión, el universo
no tenía sentido.
Martin Amis, Yellow Dog
5 de marzo.
Acabo de regresar
de Murcia, la amada Murcia, la fácil Murcia, la generosa Murcia.
No deja de sorprenderme que once años después de irme
me sigan invitando en los bares, me regalen cosas en las tiendas y nunca
dejen de recordarme, en uno u otro sitio, que aún conservan el
artículo que les dediqué en el periódico La Opinión.
Y naturalmente el coche venía cargado de naranjas, limones y
otras mil maravillas, como siempre que vamos a ver a mis padres políticos.
Pero en Madrid, seamos justos, también me regalan cosas, el martes
me llegó por correo la última novela de Philippe
Besson, Un Chico Italiano, autor también de aquel maravilloso
experimento titulado Final del Verano en el que conseguía animar,
dar vida, a los personajes que el genial Edward Hooper
inmortalizó en el más famoso de sus cuadros: Nighthawks.
Le conoceré -si nada se tuerce- en persona el próximo
miércoles, en uno de las ya clásicos desayunos de Alianza
Literaria. Y el martes por fin se emitirá en Telemadrid
el programa en el que un grupo de escritores le contamos nuestros sueños
a Cencillo, sentado a la diestra de Fernando
Sánchez-Dragó; siento curiosidad por ver como
quedó, pues lo cierto es que llevaba preparado un sueño
falso y muy sofisticado para lucirme ante la audiencia, pero al enfrentar
los ojos del viejo sabio no fuí capaz de mentir y le conté
dos sueños reales; insignificantes de tan pequeños pero
verdaderos. Lástima que el programa lo pongan después
del telediario de la noche, que nunca acaba antes de la una de la mañana.
El miércoles, primer
día de este ventoso marzo, Nacho Fernández
(vease EL INCANSABLE
SEÑOR FERNÁNDEZ) logró sorprenderme una vez
más al convocar en su celebrada tertulia de la Cruzada al equipo
responsable del
Book-Crossing en España (imagen de la derecha). Me "sulibella"
eso de abandonar libros, una vez leídos, para que los disfruten
otros. Me gusta algo menos que haya que registrarlos, ponerles un número
y marcarlos como ternero. En España se han liberado unos dos
mil libros escasos, pero en el mundo, y según la web oficial
del movimiento (pones en Google el nombre: book-crossing y aparece la
página (No lo he comprobado, como siempre la semana ha ido cortísima
de tiempo). Explicaron los Book-Crossing boys, en la foto, Al parecer
existe una variedad llamada Book-Borrowed, libro prestado, en la que
el libro vuelve a quien lo ha liberado: una especie de biblioteca pública
libertaria; claro que la mayoría de las veces el libro no regresa
a las manos originales y se queda pegado a los dedos de alguien que
lo ha conocido, y se ha enamorado de él demasiado, en el camino.
Ese mismo miércoles,
y también en la taberna de la Cruzada, conocí a Leo Zelada
(en la foto del grupo de tertulianos el
chico de gafitas a la izquierda, parcialmente oculto por la autora de
LA MUJER DE CERVANTES, el último libro de literaturas.com ediciones)),
que me regaló un ejemplar de su novela American Death of Live,
y autor de una antología de nueva poesía Hispanoamericana
que ya va por su sexta edición. La verdad es que la imagen parece
un apunte hecho con pintura más que una foto, y eso que apenas
la "toqué". Supongo que quien conozca a los retratados
podrá identificarlos, y quien no... tendrá esa visión
de grupo, de alegría de conjunto, que era la que pretendía
transmitir en este diarioweb que el pasado mes de febrero recibió
un número de visitas más que sorprendente: casi 1700.
Supongo que en gran parte se deberá a las fotos que últimamente
incluyo; y también que cada vez es menos mi diario para ser "el
diario de los otros" (como el sexto tomo de los diarios de Anais
Nin), o una crónica caprichosa, accidental y apresurada de "la
vida literaria" en la Villa y Corte. Intentaré mantener
alto el pabellón, pero ya empieza a sucederme, y eso es nefasto
para un diario (jamás me ha sucedido con el que llevo en el bolsillo),
que en ocasiones hago cosas para apuntarlas en este diarioweb, en lugar
de hacerlas y luego... tal vez apuntarlas, tal vez no. Supongo que es
una temporada, la borrachera del número creciente de visitas,
y el placer de poder "sacar a los otros", proyectarlos al
mundo. Pero seguro que no es pasajero y poco grave. No vivo para este
diarioweb ni mucho menos. En Murcia no he hecho ni una foto con mi cámara-vampiro.
Me he limitado a disfrutar del buen tiempo, la generosidad de la ciudad
y el buen talante de sus gentes.
Ah, pero tengo otra imagen, la había
olvidado. Y eso que la realicé, esta vez sí ,
con la única y exclusiva intención de colocarla en esta
página. Viajaba en el metro y frente a mí había
una persona leyendo. Un señor. A los escritores siempre nos llama
la atención que otro ser humano lea. La señora que iba
a su lado protestó un poco por el flashazo (puede quepensando,
y puede que con algo de razón como imaginará cualquiera
que me conozca, que mi inspiración, lo que deseaba capturar,
eran sus piernas enfundadas en medias negras y no a un señor
calvo con sobretodo amarillo y un libro entre las manos) y se montó
una pequeña tertulia improvisada en el vagón, durante
la cual enseñé la foto a cuantos tenía enfrente,
para demostrarles que sus caras no salían; y ya puestos..., hablamos
de todo un poco: de la m-30, los reallity show, de que a un hombre (parecía
el acompañante de la señora de las piernas; luego no)
siempre le fotografiaban el lado malo. Y mientras hablábamos
y hablábamos el único que había sido fotografiado,
el objeto y desencadenante de la pequeña tertulia, nos ignoraba
por completo y continuaba leyendo reconcentrado e imperturbable; como
si estuviese hechizado; y quizá lo estaba, pues el libro que
tenía ante sus ojos miopes no era otro que la última entrega
de la serie de Harry Potter (ah, los magos).
Para
irse con un cliente es necesario no sentir ternura alguna
Philippe Besson, Un garçon
d´Italie
12 de marzo. "Como
ha cambiado tu diario", me comenta una de mis más brillantes
amigas, Juana Márquez, quien no sólo lee las últimas
anotaciones (plagadas de fotos en el 2006) sino que es capaz de analizar
las palabras que voy colgando -ahorcando, condenando a la muerte de
existir para quien quiera verlas- de esta web y valorar su peso en el
conjunto de este juego (que quizá cualquier día detenga
o extinga de golpe): mi diarioweb. Al principio nadie sabía que
existía, y para llegar a él había que encontrar
un cuadrado escondido en la página Aboutme, o pinchar en los
ojos de un autorretrato londinense. Pero poco a poco, suele suceder
siempre así, yo también comencé a ver el conjunto
con perspectiva y le dí una entrada propia desde la página
principal; coloqué un contador secreto, de esos que el lector
no puede consultar, y para mi sorpresa comprobé que el diario
tenía muchas más entradas que la columna semanal o los
cuentos, las fotos e incluso las pelis (las pelis a la gente le da miedo,
os da miedo, descargaroslas, porque se deja de estar en la página
web, se abre Windows Media o Quick Time, y hay que esperar algo (apenas
cinco segundos con ADSL, pero aún así: esperar). Lo más
visitado era el diario. Y empezó a cambiar. Ese cambio se convirtió
en una orgía de imágenes a partir del momento en que uno
de los miembros de El Grupo de Brooklyn, ganó el Nadal, y lo
hacía siguiendo mi estela, mi ejemplo ( cierto que yo no había
ganado el Nadal, sino que había sido finalista, pero "sin
agente y sin seudónimo", a pecho descubierto); pero mi amigo
Eduardo sin el ejemplo, sin comprobar que era posible lograrlo, probablemente
ni siquiera se habría presentado; así que en parte su
triunfo lo sentí como mío y así lo he vivido y
celebrado.
Sí, mi inteligente amiga tenía
razón. Mi diario había cambiado. Ha sido diferente desde
el mes de enero, y va a volver a cambiar esta semana, va a ser diferente
hoy. Sólo lo siento por Philippe Bessón, a quien he dedicado
la columna periodísitca de hoy, y al que hice una foto que -como
fotógrafo soy demasiado malo como para ser modesto- considero
genial y que no voy a colgar en la web. Esta semana no voy a subir o
colgar o ahorcar o bajar de peso ninguna imagen para esta web. No me
apetece. Esta es una página privada, con mi dinero la pago y
a nadie pido nada por entrar y utilizar una u otra puerta. Hago lo que
me da la gana. Soy libre. Absolutamente libre. En realidad tanto o casi
tanto como en los diarios que llevo en el bolsillo y que tengo voluntad
de no publicar jamás, aunque según otro de los miembros
de El Grupo de Brooklyn, el antaño tan delicioso amigo Achero
Mañas, lo que diga el futuro de todos ellos, de todos
nosotros, de mucha de la gente que conozco, deponderá más
de los diarios que yo hace ya tantos años escribo que de lo que
hagan, logren por sus propios méritos y esfuerzo, en el mundillo
(diminutivo utilizado con plena consciencia) artístico en el
que por razones de nacimiento y época nos ha tocado movernos.
Pero no me quejo. Improvisar prueba la
verdadera calidad del artista; sólo que tengo que aprender a
no tenderme trampas a mí mismo (ya lo hice con aquel asunto de
EL AÑO DEL CAZADOR,
un cuento al día durante un año; y casi me ahoga). Así
que ahora voy a quitarme la excesiva responsabilidad de actualizar este
diario 2006 que he titulado La Vida Literaria hablando de mis muchos
colegas en la batalla, hablando de ellos y fotografiándolos.
Hoy no voy a hablar de nadie en particular. No voy a contar ningún
desayuno de trabajo, aunque he estado en dos. Y la foto de Besson quizá
la ponga la semana que viene, pero no esta. Esta la dejo sólo
en letra. Cambio. Me gusta el cambio. Los cambios. Todos los cambios.
Se me llena la boca de vida cuando explico que soy columnista de Cambio
(16), que el Cambio ha sido la única revista que ha sobrevivido
a todo: la transición, el centro, la izquierda, la derecha, la
prensa gratuita. El cambio es vida, el cambio es ser imprevisible, y
significa de algún modo que nadie sabe por donde has venido y
mucho menos por donde vas a salir, como cantaba Santiago Auserón.
Cambio. Este diario ha cambiado esta semana. No he contado nada de lo
que he hecho. Ni lo voy a contar. Y quizá vuelva a cambiar la
semana que viene. Retome el rumbo abandonado por una sola entrega. O
no. Tal vez otra vez ponga solo fotos. O una peli..., tengo una idea
buenísima en esa dirección. O .... ponga el diario de
mi antónimo, Federico Sueño/Frederic Traum, quien ya harto
de ser Alberto Delgado, el sonriente Alberto Delgado, quiera, necesite,
desee ¡volver a la acción! (pero eso no lo haré;
el diario de Traum sería impublicable; la parte oscura del cambio,
de ser impresible es que también te conviertes en una persona
difícil en el trato, "un tipo difícil", y mi
trabajo, mi empeño actual, requiere que sea claro, diáfano,
limpio. Así que probablemente las letras de esta semana sólo
sean un interludio, un capricho de escritor, una debilidad de ser humano
con más proyectos en la cabeza de los que pueden realizar sus
manos. Un interludio, y la semana que viene volveré a hablar
de tertulias, presentaciones, risas y sonrisas; las risas y sonrisas
de los que como yo luchan con paciencia y persistencia a mi alrededor.
CODA, UN DIA DESPUÉS: Me siento
incapaz de no subir la foto, sea genial o no, de Philippe Besson. Tuvo
la deferencia de hablar conmigo en francés, y como ya dije ayer:
me ganaba la nostalgia. Durante mis cuatro años dakareños
comía, dormía, soñaba y leía (incluso a
los autores americanos) en francés, y un idioma conocido es como
un olor, te transporta, en el espacio y el tiempo. Asi pues, para todos
los amables lectores, y también para los lectores bordes, Phlippe
Besson con su última obra traducida al español: Un chico
italiano.

Si
el tiempo aguardase a que acabáramos con nuestras locuras preferidas,
seguiríamos siendo jóvenes, todos nosotros, hasta el Día
del Juicio
Nathaniel hawthorne, WAKEFIELD
19 de marzo. El lunes
fue un día maravilloso. No hice nada. Pasear. Sólo pasear.
Por el centro de Mad Madrid, el corazón y las arterias de la
vieja y conocida ciudad. Y cada pocos pasos iba cambiando, no sólo
el paisaje interior sino sobre todo el interior. Lo que más me
interesa -como experiencia- del proceso de escribir y más ampliamente
del proceso de crear es que puede hacerse desde muy diferentes puntos
de vista; por ello no sólo tengo al menos media docena de heterónimos,
sino incluso -hablo mucho de él últimamente, tras años
de absoluto secreto- un antónimo, alguien que piensa y actúa
de modo contrario, absolutamente contrario, al que en mí sería
espontáneo y natural: el señor Frederic Traum, protagonista
y narrador, es su voz, de Sonríe
Delgado, a quien siempre quise hacer pasar por un autor real, una
persona normal de carne y hueso. Y al pasear por el centro de la ciudad
-en lugares como Nueva York o Londres, al ser ciudades más cosmopolitas
el proceso se torna aún más acusado- van saliendo, viviendo,
todos esos otros yo y anti yo que llevo dentro; y por eso es tan lenitivo
para mí caminar por las calles de ciudades que me permiten ser
anónimo, porque al no verme obligado a ser sólo Javier
Puebla, puedo ser también León Salgado, o Javier Panizo,
o Daniel Fénix (el que hace las fotos que ilustran esta web),
Ram Remdel, Traum o cualquier otro (incluso el demasiado ingenuo poeta
Alberto Delgado). Pensé que sería un día inmejorable,
que no habría nada mejor sobre lo que escribir esta semana que
sobre esa tarde sin fin de lunes. Pero me quivocaba. El miércoles
fue aún mejor.
Eran las ocho de la tarde cuando una de
mis Tripulantes más animosas (lo cuento también en la
columna de esta semana) me llevó en taxi -le iba de camino-
hasta la Casa de América donde se presentaba un libro de José
Luis Alonso de Santos .
La presentación tuvo lugar en la Sala Simón Bolivar la
cual, coincidencias o guiños del show que llamamos nuestra vida,
fue el lugar donde dirigí mi primera tertulia literaria año,
La Dulce Conversa, tertulia que en realidad fue el precedente de los
cursos que doy ahora y que me permiten vivir sin tener que escribir
novelas que no quiero ni ser negro de autores o columnistas consagrados;
o tener que reincorporarme al ministerio. Confieso que acudí,
basicamente, para ver a Fermín Cabal y hablar con él de
viejas aventuras si el tiempo lo permitía (pero no lo permitió;
apenas cruzamos unas pocas y apresuradas palabras). Pero en la presentación
me esperaban muchas sorpresas: entre otras la presencia de Emilio Pascual
a quien luego acompañé caminando hasta la boca de metro
de Alonso Martínez y con quien sostuve una conversación
impagable; Emilio no sólo lo sabe todo, sino que además
piensa con la precisión y limpieza de un bisturí; y aún
más: escucha. Pero eso fue el postre; el postre maravilloso.
En medio tuve el placer de fotografiar tres veces a la Forqué.
Para mí la Forqué
es más que una mujer atractivísima, más que una
actriz de éxito permanente, porque .... la ví por primera
vez en una película que ponían el Pequeño Cine
Estudio Magallanes (creo que se llamaba así) cuando debía
tener unos 17 o 18 años, yo, y me ganó el corazón
para siempre. De aquella película sólo recuerdo que era
extraña, indi que se diría ahora, más bien corta:
unos cuarenta minutos, y que estaba ella, que ella era la protagonista.
Así que, aprovechando que la tenía tan cerca decidí
-sin que me viera, sin molestarla- fijarla en una foto. Pero me vió,
o mejor dicho, me vió sin verme: La Forqué posee
un don o cualidad del que yo sólo había oído hablar
en Pablo Picasso, la capacidad de ser consciente de la presencia de
una cámara en no importa cualesquiera circunstancias. Aquí
están las fotos pero para saber lo que pasó exactamente,
la prueba de lo que acab de decir, vuelvo a remitirme a la
columna de esta semana (me da pereza volver a escribirlo aquí,
pido disculpas). No quisiera terminar este semanarioweek sin decir que,
parte de la magia que se consiguió en el Salón Simón
Bolivar de la Casa de América, José Luis Alonso de Santos
me escribió la dedicatoria más bonita que me han puesto
jamás en un libro. Ya se cerraba el acto, el pequeño
viaje terminado y concluido, cuando me acerqué con mi ejemplar
para que, más por placer que por fetichismo, me lo firmase. Al
preguntarme a nombre de quien debía dedicarlo le respondí
que "a un señor con sombrero", pues no me pareció
oportuno en su momento de gloria, rodeado de amigos que le conocían
y querían, ponerme a explicarle que era amigo de Fermín,
que me habían parecido magristrales sus "cuadros"
y que además eran algo muy próximo, en teatro, a lo que
yo hago o intento hacer con mis relatos
en TARJETA DE VISITA. "A un señor con sombrero",
insistí. Y José Luis me escribió en la página
cinco y blanca de su libro las palabras que siguen: "Para mi amigo
del sombrero y cara de ángel". Nunca se me habría
ocurrido pensar que pudiera tener "cara de ángel";
pero quizá estaba tan contento y divertido que algo de ello se
translucía en mi expresión, en mi rostro, tan de miércoles,
con gafas, bigote y mosca. Un tipo genial, Alonso de Santos .
Pero la magia no está en quien muestra, sino en el que mira..
Para compensar, o quizá no por
eso (pero da igual), el jueves sin embargo viví un día
tristísimo, pero no voy a escribir en esta página llena
de sonrisas sobre ello. Como tampoco voy a explicar que me pareció
Capote, la película ( viernes). Ni sobre la luz que había
en el Parque del Retiro el domingo. Se seleccionan pequeños y
caprichosos momentos. Eso es un diario. Algo siempre incompleto, caprichoso
y por lo tanto nunca del todo literatura, y sí siempre ... diversión
y juego.
Supongo
que a veces me pongo desagradable. Pero no siempre; y no por principio.
En mis buenos días soy tan amable y simpático como el
que más.
Paul Auster, Brooklyn Follies
26 de marzo.
Esta semana "mi vida literaria"
ha rozado prácticamente el cero, si excluimos las habituales
sesiones de navegación, o clases, que imparto de martes a jueves,
en las que he aprovechado el libro de Alonso de Santos para dar alegría
a los dos barcos y la pequeña lancha que comando, aunque también
he recurrido a ese precioso trabajo de Javier Marías titulado
"Miramientos", que es más poético y acorde a
mi estado de ánimo, pues el martes operaron en el 12 de Octubre
a mi cachorrito -todo ha ido bien, gracias- y el sufrimiento vicario
que supuso ver al niño desconcertado, dolorido y tan frágil,
se llevó como una ola toda la energía que suelo dedicar
a moverme por la Villa y Corte en busca de actos y presentaciones más
o menos vistosos que luego intento -y consigo (nada de tanta modestia,
Javier Puebla)- reflejar en esta página. E intentando dar la
vuelta a mi miedo y mi dolor, a mi fragilidad de ser humano ahora padre,
he pasado las mañanas tardes y noches pensando en la novela que
-voy a intentar, ya veremos si l consigo- escribir durante la Semana
Santa (al menos el primer borrador; es un libro que se me ocurrió
hace muchos años, cuya idea fijé en un cuento relativamente
largo de El Año del
Cazador, y que finalmente he conseguido dibujar en mi cabeza como
una nueva novela protagonizada, o coprotagonizada, por Tigre Manjatan,
a pesar de que aún no he logrado ver publicada la primera que
-es su destino- acabará vendiendo un millón de ejemplares;
estoy absurda e intuitivamente seguro de ello). Crear cura, escribir
cura cualquier dolor, o al menos lo mitiga. Por eso, en parte, me dedico
a ello. Porque siempre me ha dolido la gente, me ha dolido el mundo
y me he dolido yo mismo: tan frágil, aunque quizá no lo
parezca cuando en ciertos momentos -como reza la frase del libro de
Paul Auster que estoy leyendo estos días y he citado más
arriba- me "pongo desagradable" y me peleo contra gigantes
sin escrúpulos de ningún tipo: en las últimas semanas
un tipejo camuflajado bajo un peluquín y un especulador inmobiliario
con veleidades de político (que me disculpe el lector curioso
que no entre en detalles; baste con consignar que estoy luchando, pequeño
como un mosquito pero con el aguijón cargado de ese veneno que
nace del corazón cuando creemos que algo es justo y hay que defenderlo
aunque el precio a pagar sea muy superior al ínfimo placer de
la victoria sobre un enemigo malaje y mezquino).
Siempre
he tenido cierta debilidad por los granujas. Como amigos quizá
no pueda confiarse mucho en ellos, pero imagínate lo sosa que
sería la vida sin ellos,
Paul Auster, Brooklyn Follies

2 de abril. Andaba tristísimo
Javier Puebla, es decir: yo mismo, el lunes por la mañana, y
también a mediodía, e incluso al empezar la tarde, porque
las reformas acometidas en el club donde suelo ir a nadar a diario (véase
columna LAS
CABINAS MUERTAS con siete hermosas o al menos peculiares fotos ilustrándola)
me habían dejado sin un lugar donde guardar mi parafernalia
de nadador amateur aunque constante y diario, y al igual que un asesino
-según aseguraba Agatha Christie- vuelve siempre al lugar del
crimen yo decidí visitar el lugar donde había nacido mi
triste tristísima tristeza de lunes con la esperanza de encontrar
una solución, un acomodo que evitase mis rutinas se alterasen
del todo, pues al trabajar en la casa donde también vivo mi club,
El Canoe, es el único sitio exterior de referencia permanente.
Y me encontré con una grata e inesperada sorpresa: a las cabinas
muertas la dirección del club había decidido concederles
dos semanas más de gracia y vida. No llevaba bañador pero
mi amigo Frederic Traum, también asiduo del Club aunque no tenga
carnet, me conseguió uno y nadé más rato y más
feliz que había nadado día alguno el resto del año;
y mientras nadaba se me ocurrían cosas y más cosas: cuentos,
novelas nuevas, revisiones en las ya terminadas, columnas, viajes pequeños
y grandes, ejercicios para mis alumnos "tripulantes"...
Al salir me duché en lo que era ya casi un cementerio de cabinas,
pero aún había algunas vivas y me concentré sólo
en estas, en las vivas. Y no he fallado ningún día -excepto
el sábado- a mi cita con el agua-perdona-pecados y mi
moribunda cabina, ni siquiera el jueves, que había una comida
de prensa en el Jaialai, el agradabilísimo restaurante situado
en la calle Valbina
Valverde donde Alianza Editorial presentaba los libros galordonados
en la VII edición de los Premios de Novela Fernando Quiñones,
a saber: El malduque de la Luna, de Miguel Naveros, ganador, y Donde
el sol no llega, de Alberto Porlan, finalista. La comida fue excelente,
y la compañía aún mejor, porque entre otros me
encontré a Miguel Ángel del Arco, para quien he trabajado
ya en bastantes ocasiones pues dirige la sección cultural de
la revista La Clave, Joaquín Arnaíz (abajo a la izquierda)
que cada día está mejor, uno de esas personas que mejora
con los años; no hay demasiadas), el omnipresente Nacho Fernández,
director de literaturas.com y agitador cultural donde los haya, la editora
de Alianza: Valeria
(a la derecha), y dos presentadores de lujo: Ramón Buenaventura
(que hace años, muchos años, me dedicó una columna
en Disidencias donde me llamaba "genial jovenzuelo") y Martínez-Reverte,
a quien siempre he admirado por su calidad como escritor y ciudadano:
pues, asegura todo el mundo que le conoce bien, una buena, excelente
persona. Disfruté de la comida como un pobre en una película
de Berlanga (el solomillo se deshacía en la boca), e hice muchas
fotos, porque últimamente el fiel de mi desiquilibrado equilibrio
tiende tanto a las imágenes como a las palabras y me temo que
acabaré haciendo
alguna peli este verano (digo me temo porque las pelis siempre son mucho
trabajo) para armonizar ambos mundos. Pero nada más terminar
de comer, y aunque me quedé el último disintiendo de la
teoría de Alberto Porlán, su novela tiene un aspecto excelente,
sobre que el cine y la literatura no tienen nada que ver como medio
de expresión (para mí son diferentes herramientas pero
se puede conseguir con ambos resultados si no iguales al menos cercanos
o paralelos) cogí un taxi y me fui a nadar, a pasarme por agua
para que Alá, como aseguran los musulmanes, perdonase todos mis
pecados (que alguno, aunque me esfuerzo, habré cometido), y también
para aprovechar y celebrar -en el sentido más noble de la palabra-
el tiempo de vida que le quedaba a mi roída taquilla de metal
pintado de blanco y azul en el Club Canoe.
También hice muchas fotos, y también
me fui a nadar después de comer, el viernes 31 de marzo, día
que invitado por mi colega, y también nadador, Víctor
Sanz
(en la foto de la derecha preparándome el terreno), me tocaba
dar una conferencia, conferencia que se transformó en dos conferencias
pues los asistentes no cabían en el generoso salón de
actos del instituto Manuela Malasaña, de Móstoles,
lugar donde debía celebrarse -y se celebró- mi pequeña
charla ante dos nutridos grupos de alumnos: el primero entre 14 y 15
años, el segundo entre 15 y 16. Suelo pasármelo muy bien
hablando para gente joven, explicándoles que soy un fan de los
SMS abreviados con Kás por todas partes, las menos vocales posibles
y poniéndome de su parte incondicionalmente porque atraviesan
un momento en el que estudiar no es placer ni
elección sino algo impuesto desde el exterior; y aunque yo ya
no soy ningún rebelde sí lo fui, hasta donde me alcanzaron
la imaginación y el valor, durante mi muy prolongada adolescencia
(se acabó hará apenas diez minutos). Lo más divertido
fue el fin de fiesta cuando dirigí a todo el grupo ,
en pie sobre la mesa tras la que debía estar sentado, para hacerles
una fotografía en la que todos deberían inclinar la cabeza
hacia la izquierda, hacia la ventana, hacia el lugar donde entraba la
luz. Fue una idea afortunada, a juzgar por la cantidad de adolescentes
que me rodearon para pedirme, como si yo fuese una estrella y no un
humilde escritor profesional, que les firmase un autógrafos (en
pedacitos de papel pues enseguida se acabaron mis tarjetas de visita-cuento;
tendré que hacer más un siglo de estos), pero me temo
que hablé más de África y sus magias negras variadas
que de literatura, más de cine y vida que de mi libro BLANCO
Y NEGRA -aunque este fuese el origen de la doble conferencia y el
lugar donde explico esas variadas magias negras africanas que despertaron
la curiosidad de los alumnos del Manuela Malasaña, porque lo
que me interesaba era transmitirles que un escritor no es un fósil
(algunos sí, ya lo sé), sino alguien que está o
puede estar en contacto con la vida y es capaz de hacer videoclips o
llevar un sombrero como si fuese una máscara para que le identifiquen
con mayor facilidad y la menor precisión real posible-la función
de cualquier máscara- en el gran teatro del mundo.

He estado a punto -confieso- de no escribir
ni una palabra esta semana, de poner sólo las fotos: me gusta
la última que he puesto, aunque al "bajarla de peso"
pierda definición, con el público como protagonista y
el conferenciante o actor como espectador. Es un tipo de experimento
que siempre me ha encantado; en mis tiempos de cantante de rock (era
malísimo pero la gente se divertía) solía hacerle
"polaroids" desde el escenario a los chicos y chicas que acudían
a vernos (mi máximo éxito fue ser telonero de El Último
de la Fila) y se las tiraba sin esperar siquiera que llegasen al final
de su rápido revelado. Pero aunque he estado a punto de escribir
al final sí he escrito, porque me gusta, por costumbre, por vicio,
y porque "para que una imagen valga más que mil palabras"
necesita de las mil palabras al lado para que pueda comprobarse; en
cualquier caso hasta en el cuento que subo hoy de LA
JAVIER PANIZO COLLECTION hay una ilustración, una foto modificada.
Y el sábado, que fue el mejor día de la semana pues comí,
merendé y cené con buenos e impagables amigos, no voy
a comentarlo porque -amén de que siempre está bien guardar
alguna bala en la recámara- olvidé la cámara en
casa y en esta semana ya primaveral y extraña sin fotos ... faltaría
sin el testimonio gráfico correspondiente a la verdad de mi mirada.
-La literatura- (2º trimestre,
2006)
Cuando puede pasar cualquier cosa nada tiene importancia
Ian MacEwan, SÁBADO
16 de abril. Me he permitido
una semana sin actualizar este diario, y ocho días de hoganza
80 FOLIOS DE NUEVA Y DIFÍCIL NOVELA escapado en la tranquila,
casi aburrida, sierra madrileña. Tenía bastante razón
Marsé con aquella frase respecto al último Planeta sobre
que nada tiene que ver la vida literaria con la literatura, aunque desde
luego su frase pertenecía a la vida literaria y no a la literatura.
No me gustaría estar casado con una novelista, ni que mi padre
mi madre mi hermano mi hijo o mi perro (no tengo) fuesen novelistas;
son seres obsesionados por mantener una ficción en su cabeza
y se esconden, apartan y defienden de la realidad con todos los medios
a su alcance. Los ochenta folios serán para tirar, en su mayoría,
pero me han servido para dibujar los personajes, buscar los tonos y
comprender la novela en su conjunto: soy incapaz, de momento, de hacer
un esquema a partir de nada, en el aire, sobre el que construir un edificio
de doscientas o trescientas páginas. Primero tengo que comenzar
a construirlo, y luego alejarme, observarlo con perspectiva, y volver
a empezar. No sé si podré ponerme a construir; la vida
literaria volverá a reclamarme a partir de mañana o pasado;
ya he regresaso a Madrid, se acerca la Feria, me llaman de una editorial,
me llaman de otra editorial, me mandan una encuesta, en las felicitaciones
de cumple (fue el 14, día de la República) había
varios submarinos con propuestas e incitaciones. Pero a pesar de que
he escrito una media de 6 horas diarias los ocho días que he
estado fuera hoy tengo la sensación de que he estado de vacaciones,
y lo he estado: de vacaciones de mí mismo, de ese Javier Puebla
que sonríe, limpiamente, y que apenas escribe pues está
ocupado en otras mil pequeñas cosas, desde esta web hasta las
columnas, los cuentos -cada vez mejores- de sus alumnos, llevar al niño
a la guarde, hacer la compra o ... ¿qué se yo? mil cosas.
Pero voy a intentarlo. Voy a intentar que este trimestre sea para la
literatura y no para la vida literaria; dudo que lo consiga pero el
intento, por lo menos, no me lo podrá negar nadie.
Esta semana no hay fotos, no hay fiestas,
no hay mundo exterior. Sólo el interior, que a veces es imprescindible,
para que no te ahogue, colocar fuera. Ya veremos qué diablos
escribo la semana que viene. ¿Voy bien? ¿Voy fatal? ¿Más
o menos? Wait and see.
Y
cuanto más brillante y excepcional es el hombre, más cerca
está de la hoguera
Nabokov, EL ARTE DE LA LITERATURA Y EL SENTIDO COMÚN
23 de abril. Diego, mi
viejo amigo Diego Diamante, me pregunta que cómo va la novela.
Mal, respondo. Va mal, que es lo mejor que le puede pasar a una novela,
porque si va bien, como agua saliendo de un grifo en un país
civilizado, el autor se relaja, no le hace demasiado caso, empieza a
pensar en otras cosas. Así que es mejor que vaya mal. La he impreso,
esas 80 páginas escritas en 8 días, y paseo los folios
por autobuses, vagones de tren y metro, mesas de cafés antiguos
y modernos, el vestuario de la piscina..., cualquier sitio. Ahora parece
que va un poco mejor, pero más vale no bajar la guardia; porque
el problema es encontrar el tiempo y la concentración: las clases,
la vida literaria -que sigue, lo quiera yo o no, la familia..., en suma,
la realidad que nunca ha sido demasiado amiga de la ficción.
Y me pasa, ya me sucedió en la fiesta de Planeta con motivo de
la Feria del Libro el pasado año, que cuando estoy concentrado
en la ficción pierdo toda habilidad social. Volvió a sucederme
en la presentación del Premio Primavera; no hice ni una foto
(aunque llevaba la cámara). Hablé poco y me fui pronto;
añorando estar solo, seguir con la exploración o descubrimiento
de ese pequeño mundo, la novela, que me estoy inventado y -siempre
sucede lo mismo- en tiempo presente me parece lo más importante
del mundo.
Le
pagan muchísimo dinero por escribir libros, dijo la niña,
repitiendo lo que había oído al niño muerto. Lo
que ninguno de los dos alcanzó a decir fue que a cambio había
de entregar su propia alma
J.M. Coetzee., El Maestro de Petersburgo (última página)
30 de abril. Voy sin la
cámara de fotos, ya que en el bolsillo del pantalón o
la americana el espacio reservado pra mi pequeña curiosa digital
ahora lo ocupan unos folios doblados -los últimos de la novela-
que voy leyendo y releyendo y comentando con anotaiones manuscritas.
Y me siento un poco culpable por ir sin la cámara de fotos, hasta
el punto de haber decidido que a partir de la semana que viene, me siento
fuerte, volveré a llevarla (junto a los folios, no creo que les
pase nada ni a una ni a los otros); porque por culpa de no llevar mi
cámara encima no tengo ni una sola imagen del concierto, vacilón
y divertidísimo, que dieron Nacho Fernández y Enrique
Mercado en un local tan alucinante como su gestor; me refiero a EL CIRCO
DE PULGAS, gestionado por el siempre genial y sorprendente Gonzalo Scarpa,
actor, creador, promotor, tío divertido, enredador imparable
y un millón de cosas más (o un millón de cosas
menos; la gente genial tiene dos características: escasea y no
es predecible). No hay fotos del Circo de Pulgas, ni de Enrique Mercado
y Nacho, ni de Scarpa. Tampoco de Pedro de Paz con quien compartí
jamón, chopitos y cañas el miércoles. Ni siquiera
hay fotos del desayuno de prensa convocado por Algaida para presentar
la última novela titulada LA NOTICIA de ese peculiar escritor,
tan ingeniero de caminos y por lo tanto tan buen constructor de historias,
llamado Fernando García Calderón, y mucho menos hay fotos
del interior del sex-shop al que me condujo un viejo amigo para comprar
una serie de tres regalos (lo siento, oculto nombre y descripción
o naturaleza de los regalos) para su última amante; aunque hubiese
llevado cámara tampoco habría habido fotos (o quizá
sí, una vez que la llevas es fácil sacarla; la cámara,
me refiero). Sería absurdo escribir en este diario que empieza
a conmoverme el personaje de Jean Claude, porque -aún- nadie
sabe quien es Jean Claude, que ya conozco mejor a la protagonista femenina
cuyo nombre he cambiado de Mabel (demasiado rockero) por Sara (más
bíblico y romántico). De las novelas no se puede contar
nada en los diarios. Los diarios, sobre todo uno abierto a la mirada
ajena como es éste, deben nutrirse antes de la vida literaria
que del misterio íntimo y pequeño de la literatura. Así
que -espero- la semana que viene sabré encontrar tiempo y voluntad
para volver a incluir algunas fotos. Y mientras tanto: buenos días,
buenas tardes, buenas noches, como decía cada mañana Jim
Carrey (para las cámaras y sin saberlo) en esa fantástica
película titulada EL SHOW DE PUEBLA (o de Truman).
No
presté atención a los relámpagos que estallaban
a mi alrededor. Los rayos o están destinados a uno, o no lo están
Salinger, NUEVE CUENTOS (Para Esmé, con amor y sordidez)
7 de mayo. Javier Puebla
sigue pegado a su novela, no la suelta ni siquiera cuando se ducha o
está nadando; antes de meterse en el agua relee las últimas
líneas de los folios que lleva doblados en el bolsillo de la
camisa o el jaskin o el pantalón y mientras se enjabona o hace
ejercicio mastica sin prisa las últimas palabras y busca en el
plato de su imaginación otras nuevas, las siguientes, las que
harán que continúa avanzando la historia. Despacio, va
despacio. Pero también al ritmo de la novela, y cuando alguien
se encuentra con él es improbable que no advierta la ausencia
de la velocidad que suele caracterizar los movimientos y las palabras
del señor Puebla, como probablemente podrían atestiguar
Enrique
Redel, Diego Pita, Fernando Marías o Julio Espinosa -con
todos ellos coincidió Puebla con motivo de la presentación
del libro de de Leonardo Valencia en el Bandido Dóblemente Armado
(más detalles, en particular sobre Enrique Redel, cuya foto de
la izquierda está evidentemente retocada por el artista Dániel
Fénix, en la columna de la semana: Editor
de Raza). Es curiosa la coincidencia porque justo en una semana,
el próximo miércoles 10, Puebla oficiará de presentador
de un libro que le ha gustado, Muñecas Tras El Cristal, de Pedro
de Paz, en el mismo lugar donde el miércoles 3 acude a ver a
su viejo amigo Enrique Redel, el bar-librería situado en la calle
Apodaca y con nombre de novela: El bandido dóblemente armado,
dóblemente citado esta semana y en este diario. Y también
la semana que viene acudirá quien fue finalista del premio Nadal
en el año 4 del presente milenio a ver a la jefe de prensa de
Destino, Pilar Lucas; es ella quien le ha llamado -una jugada de billar
en la que el taco lo mueve Fernando Sánchez-Dragó- para
informarle que tiene a su disposición los libros solicitados
por Arancha, la secretaria de Fernando, y que Javier leerá antes
de comentarlos en alguno de los programas de Las Noches Blancas que
se emitirán de aquí a finales de junio. Le apetece a Javier
Puebla volver a ver a Pilar Lucas, fue ella quien orquestó la
campaña promocional con motivo del Nadal; le apetece verla, sobre
todo, porque el tal Javier Puebla es un sentimental.
Escribe ahora Javier Puebla en el modesto
aunque agradable apartamento que posee en la sierra, aprovechando que
es por la mañana (insólito que el señor Puebla
escriba por la mañana, pero ha dejado de fumar, ha dejado todos
los vicios, e inesperadamente necesita dormir menos horas, o quizá
necesita dormir las mismas pero se despierta antes). Es por la mañana
y su mujer y el niño han salido a aprovechar el sol de mayo en
el parquecito que hay a menos de trescientos metros de la ventana del
despacho desde donde Puebla escribe, escribo, cumpliendo con la obligación
autoimpuesta de actualizar cada semana esta web,
y todavía resuenan en mis oídos las terribles, apocalípticas
palabras, de mi muy querido amigo Rojo
Lago (en la imagen, tratada por Fénix y virada al
rojo en honor a a mi colega, el día de nuestro reencuentro)
: "Yo he sacrificado mi talento, pero tú
has sacrificado tu vida, eres el único, absolutamente el único,
no conozco a nadie más". Y la frase duele
porque es tan brutal como cierta, tanto en su caso como en el mío.
Si él hubiese hecho lo que yo, abandonarlo todo para escribir,
es probable que el Nadal de este año en lugar de ganarlo su hermano
Eduardo lo hubiese ganado él; y si yo no hubiese abandonado todo
para escribir ahora quizá en lugar de un modesto apartamento
sería propietario de un agradable chalet, conocería un
par de países más como mínimo (en mi calidad de
Agregado Comercial) y no tendría que preocuparme nunca del precio
de las cosas, ni privarme de hasta el más inofensivo de los caprichos.
Pero si ambos hubiésemos seguido el otro camino habríamos
tenido que abandonar, desconocer incluso, aquel por el que estamos avanzando.
Desde un punto de vista pesimista la vida y el talento se desperdician
siempre, porque pasan y se van. Aunque mirado desde el otro lado -mi
antónimo- la vida y el talento se aprovechan siempre, porque
son como el cauce y el agua que corre dentro del mismo: lo único
que tenemos y conscientemente o no, jamás dejamos, ni la vida
ni el talento, sin utilizar.
Javier Puebla oye la puerta de la calle
abrirse y cerrarse. El niño y su madre ya están de vuelta.
En el momento oportuno: empezaba a ponerse filosófico en exceso,
como de Quincey en las primeras y brillantes páginas de EL ASESINATO
CONSIDERADO COMO UNA DE LAS BELLAS ARTES. Mientras el niño come
Puebla aprovechará para dar un paseo a ritmo ligero por el campo
(esta tarde tiene que regresar a la ciudad) y seguir pensando en su
novela, una novela en la que sólo al final habrá paisajes
verdes no interrumpidos por hileras de viviendas clónicas y monstruosas,
una novela en la que sólo al final habrá alguna flor,
o al menos algo parecido.
No
es posible treparse de nuevo a la vida, ese irrepetible viaje en diligencia,
una vez llegada a su fin, pero si se tiene un libro en la mano, por
complicado y difícil de entender que sea, cuando se termina de
leer, se puede si se quiere volver al principio, leerlo de nuevo y entender
así qué es lo difícil y, al mismo tiempo, entender
también la vida
Orhan Pamuk, EL CASTILLO BLANCO
14 de mayo. Pensé
que me estaba muriendo, pero al parecer -y según me ha explicado
hoy un compañero de taquilla del Canoe- lo que me sucede, esa
opresión en el pecho, ese palpitar a medio palmo de la nuez,
le acontece a media España a causa de lo que llaman "alergia"
y que bien podría ser un virus lanzado por los venusianos, porque
a mí, que sepa, jamás me había afectado ninguna
alergía: no lloro, ni de alegría ni de pena, cuando llega
el tiempo de las flores. Pero muriéndome o no..., el espectáculo
tiene que continuar. Así que me pasé una mañana
por las oficinas que tiene Destino en Madrid, donde Pilar Lucas -bronceada
y tan amable como siempre- me pasó un ejemplar del último
libro de Antonio Soler, El sueño del caimán, que leeré
en breve porque es de letra grande y no demasiadas páginas; los
tochos -viviendo en Mad Madrid- dan pereza y es mejor dejárselos
para el verano. Y también "rendí visita" a la
encantadora y maravillosa conversadora Julia Escobar, que tiene en La
Casa de América uno de los despachos más bonitos que he
visto en los últimos tiempos (el más bonito que he visto
en los últimos tiempos), con un óleo maravilloso pegado
al techo. Julia, tuve suerte pues la visitaba al azar y sin previa cita,
tuvo la gentileza de enseñarme algunos recovecos y secretos del
que fuera uno de los más bellos y sugerentes palacios de Madrid.
No tengo fotos porque olvidé la cámara, pero el próximo
día -sin falta- la llevaré conmigo.
Tampoco tengo fotos de la presentación
de MUÑECAS TRAS EL CRISTAL, el último libro del novelista
Pedro de Paz en El Bandido Dóblemente Armado, donde me tocó
hacer de oficiante de ceremonias (no soy ni la mitad de bueno que Emilio
Pascual, que es quien ha presentado -genialmente- mis dos últimos
libros pero ... I did my best, porque el libro me había gustado
y Pedro de Paz es un tipo estupendo, alguien que cae bien y además
escribe bien. La post-presentación estuvo de lo más animado,
es lo bueno que tiene El Bandido, al tener el bar pegado a la librería,
que después de la euforia de la firma de libros las copitas son
el remate perfecto.
He interrumpido la escritura de este diario
(palabra inadecuada, pero "semanario" suena fatal) para dar
mi clase de los jueves. Era el cumpleaños de uno de mis mejores
Tripulantes, Javier Vassallo (un escritor que, creo, dará que
hablar) y LA MESA DEL CAPITÁN estaba casi desbordada pues no
ha fallado ni un solo de mis Tripulantes o alumnos (siempre suele fallar
alguien). Mientras daba la clase era consciente, al parecer nadie más
lo era porque les he preguntado luego, de que me costaba dirigir el
"barco" un poco más de lo habitual, ya que la mayor
parte de mi energía se la come la novela que viaja en mis bolsillos,
mi mochila, mi cabeza y mi corazón (avanza despacio pero con
paso firme y seguro). La semana que viene la realidad -ese mundo en
el que cuesta moverse cuando se están anclado en una ficción-
empujará con fuerza: tengo dos programas de televisión
que grabar, asistir a la presentación de los diez libros que
Alianza reedita con motivo del 40 aniversario del Libro de Bolsillo,
y algunas cosas más que, por fortuna, están apuntadas
en mi agenda (si no lo estuviesen quizá las olvidaría,
como se me olvida hasta comer cuando ando perdido en mundos ficticios;
lo decía muy bien Soledad Puértolas un día: "Lo
bueno es que vives una realidad paralela, lo malo es que te vas de ésta).
Son las doce de la noche y aún tengo que escribir mi columna
semanal y corregir un relato para Cuadernos Para el Diálogo.
No hay fotos. No hay más palabras. Cierro ya.
¿Por
qué odiar a nadie? En realidad lo que pasa es que uno proyecta
un montón de emociones desagradables en una persona, y te encuentras
odiando a alguien o algo
Patricia Highsmith, EL TEMBLOR DE LA FALSIFICACIÓN
Nadie
ES idiota. Es a mí o a ti, a quienes algunos,
muchos, nos parecen idiotas
Alberto Delgado, SOSIEGO (antilibro)
21 de mayo. Amigo, desconocido:
no leas este diario. No lo leas porque -y me pongo tan enfermo que hasta
tengo que confesarlo- en él no puedo decir la verdad. Nada puedo
contar de los momentos más importantes, para mí, de esta
semana; o por su intimidad, o porque también afectan a otros,
o porque hacerlos públicos los ahogaría. Estoy tan acostumbrado
a que un diario "sea el lugar donde escribo lo que me sale de la
real gana" que me duele, pone enfermo como he dicho más
arriba, tener que "tirarme de las riendas". Aunque -soy optimista-
quizá con ello gane la literatura; así que, cambiando
de opinión y soplando a la pelota de tenis para que caiga -como
en Match Point, de Woody Allen- en el lado bueno de la pista, y ya que
has llegado hasta aquí... sigue leyendo, porque ha sido una semana
extraordinariamente divertida a pesar de su brevedad: comenzó
el martes. Y ya el martes por la mañana, y en la divina cafetería
de El Círculo de Bellas Artes, Fernando Sánchez-Dragó
nos reunió para grabar Las Noches Blancas, a Santiago, Conde
de Tamarón, Luis Alberto de Cuenca, Julia Escobar y Rafael Reig;
casi nunca veo los programas en los que intervengo, como casi nunca
leo mi diario (el de verdad, el que llevo en el bolsillo), porque ya
me los sé, ya he estado allí; pero en el caso del programa
grabado el pasado martes sí que puse la tele por la noche, se
emitía ese mismo día, y me quedé boquiabierto de
la iluminación excelente, dificilísima (sé de lo
que hablo, tengo dos largos e infinitos cortos), que consiguió
el realizador del programa, de quien sólo sé que se llama
Antón o Antonio. Cuando acabamos de grabar me fui con Rafa Reig
y Arancha, la ayudante de Dragó, a tomar cervezas a Malasaña;
y confieso que me sorprendió Rafael Reig, mutándose a
medida que bebía vasos de cerveza. Al principio, durante la grabación
del programa, Rafa era todo inteligencia, inteligencia traviesa; pero
a medida que avanzaba el cerveceo (supongo que la palabra no existe)
su conversación comenzó a virar de traviesa a aviesa,
y no pude evitar pensar que su libro, que aún no he leído
pero del que oí comentar de largo durante la grabación,
Manual de Literatura para caníbales, era "salsa roja",
cotilleo literario en el que alegremente se derrama tinta roja que parece
sangre sin serlo. Me había levantado muy temprano para mis hábitos
y no tenía ganas de ver mi propia sangre, aunque fuese de tinta,
ensuciando el suelo del bonito bar al que me llevaron; así que
hice mutis tan pronto como pude y me fui a nadar: el agua, ya se sabe,
todo lo limpia, apaga, disuelve. Pero tengo ganas de un nuevo encuentro
con Reig; preferiblemente de noche, le llamaré en cuanto tenga
un hueco.
El miércoles estuve paseando horas
y horas por el centro de la ciudad; disfrutando del calor; el calor
seco de Madrid, tan
grato para aquellos que conocemos y hemos sufrido el calor con una humedad
superior al noventa y cinco por ciento. Y el jueves, el jueves estuvo
animado, y además conseguí acordarme de llevar la cámara
de fotos (cuando ando perdido en novelas, como es el caso, añoro
las imágenes). El jueves, y como periodista, estaba convocado
en un hotel de la Gran Vía para celebrar el 40 aniversario de
Alianza Bolsillo (vease columna: Libros
con magia) y aproveché para hacerle un retrato a uno de los
variados y siempre eficientes (saben seleccionar al personal en el grupo
Anaya) encargados de prensa: Raúl (en la imagen de la izquierda).
Me gusta especialmente de estas crónicas algo falseadas la posibilidad
de retratar, desvelar para el público, a los "cocineros",
a aquellos que se mueven tras las bambalinas y hacen posible que el
mundo literario, la vida literaria, siga funcionando; un escritor sólo
nada puede, ni un editor solo, ni un librero o un lector; y son ellos,
gente como Raul
o Ana Kuntz
o Arancha Salama,
los que hacen posible que todas las piezas se unan y los engranajes
funcionen.
Por la tarde, tras escribir mi artículo
semanal y preparar el programa para un máster al que he sido
invitado como profesor, capitanée el segundo de
mis barcos imaginarios, el avanzado, y como casi siempre me quedé
boquiabierto, sorprendido, de los cuentazos que ya escriben mis alumnos;
muchos de ellos, la mayoría, no habían cogido la pluma
jamás antes de comenzar a "navegar" conmigo. Pero lo
bueno del día comenzó por la noche. Y comenzó novelescamente,
pues tuve que interrumpir la clase a las nueve, suele durar hasta las
diez, porque un taxi de Telemadrid me esperaba en la puerta para llevarme
a la Ciudad de la Imagen (imagino que a mis Tripulantes les divierte
tener un capi que hasta sale en la tele, aunque sea a la una de la noche;
todos me despidieron encantados, aunque -ahora que lo pienso- tal vez
el encantamiento venía de librarse de mí para ir a tomar
cañas una hora antes, porque además era el cumpleaños
de Cecilia Denis,
famosa por su generosidad y energía organizando fiestas varias).
Ya en Telemadrid me encontré en la puerta con el que iba a ser
el protagonista del programa, autor de un libro fantástico, brutal
y de triste título: HASTA AQUÍ HEMOS LLEGADO, Enrique
Meneses, y allí mismo le tiré la instantánea
que figura a la derecha, porque la chica de seguridad de la puerta no
estaba por la labor de dejarme entrar con la cámara en los platós
sin el permiso correspondiente del servicio de prensa: las normas son
las normas (al final, como era un encanto, y sabía a quien debía
llamar, me consiguió un permiso y pude fotografiar al editor
del libro, Eduardo
Riestra, hermano de mi amiga y admirada Blanca Riestra (acutalmente
directora del Cervantes de Alburquerque), y responsable de una colección
de libros, Las Ediciones del Viento, preciosa; Fernando S.D. confesó
que entre sus veinte favoritos siempre había cuatro o cinco editados
por Riestra. A la tertulia, que acabó a las doce de la noche,
cuando empiezo a estar despierto y con ganas de encontrarme con Rafael
Reig
para desafiarle a lengua y espada, a ver quien es más mortal
y agudo, acudió también, y era la segunda vez que le encontraba
en la breve pero intensa semana, el Marqués
de Tamarón, que en tiempos fue embajador de España
en Mauritania (muchos años después yo fui el Agregado
Comercial de España en ese país) y que amén de
un caballero es excelente conversador y te "ganando" a medida
que le conoces (tuve que fotografiarle en diagonal porque mide casi
dos metros, y en mi pequeña cámara no cabía. Cierro
con él, y su habitual elegancia, este diario o más bien
semanario, que ha empezado con golpes de pecho y acaba, así es
la vida (al menos la mía) con una sonrisa larga, diagonal, y
divertida.
No hay congoja sin consuelo. Los necios lo tienen en
ser felices.
Baltasar Gracián, El
Arte de la Prudencia
28 de mayo. Sin duda, y
socialmente, vita-literariamente, el día clave de la semana es
el miércoles, pues había sido invitado -gentileza de la
divina Ana Gavín- a la comida ofrecida por Planeta a la presentación
de MUERTES PARALELAS, el libro con el que Fernando Sánchez-Dragó
ha ganado el Premio de Novela Fernando Lara de este año. Se celebraba
en el Hotel Intercontinental, de la Castellana, y aunque era a las dos
llegué justo a tiempo y a bordo de un taxi (y de repente no llevaba
dinero para pagarlo, y el taxita quería llevarme a recorrer todos
los cajeros de Madrid cuando, aún no entiendo como, aparecieron
veinte euros pegados a la parte de atrás de uno de mis cuentos
tarjeta de visita; magia pura, juro que nunca pego dinero a mis microrrelatos:
puedo regalarlos pero sería pasarse ponerles un billetito por
detrás para hacerlos más atactivos). Ya en el hotel pregunto
a un tipo joven, delgado y apresurado como yo mismo, si sabe donde está
el salón donde ha de celebrarse el almuerzo. No tiene ni idea.
Quince minutos después le vuelvo a ver. Es Alejandro, el hijo
mayor de Dragó, y uno de mis mas queridos amigos en la época
de Disidencias; junto a un chaval pelirrojo y alto, de nariz romana,
llamado Luis, eramos el trío calavera de Diario16, los que más
nos divertíamos y encantados estábamos de formar parte
de la redacción del periódico; llevábamos sin vernos
más de veinte años (tantos como tenía él
en la época) pero la sintonía se recuperó de modo
inmediato.
-Tú siempre decías que te ibas a dedicar a escribir y
sólo a escribir por encima de todas las cosas. Y lo has conseguido.
No es la primera vez que me lo dicen, precisamente en los últimos
días. La semana pasada me encontré con una amiga, Elvia,
que ahora es profesora en Salamanca, y me dijo prácticamente
lo mismo. Al parecer siempre he sido un cabezota y algo pelma en mis
convicciones, y ni siquiera era consciente de ello. Pero volviendo a
Alejandro, a su mirada sonriente que en absoluto ha variado con el paso
de los años, fue una auténtica alegría -personal,
inútil, íntima- volver a encontrarlo.
Había mucha más gente conocida, y a la que aprecio (una
vez me olvidé la cámara de fotos, tendré que conseguirme
un móvil con el dispositivo incorporado) como David Gistau, el
ingenioso y aristocráticamente plebeyo Marqués de Tamarón,
Julia Escobar, Javier Esteban, Joaquín Arnaíz, Paco Barrena,
Juan Lucio...., personajes de mi vida literaria adolescente o de mi
vida literaria actual. Y estuve sentado junto al tío de uno de
mis mejores amigos de adolescencia, Juanma Olaizola, a quien en mi despiste
reconocí como tío de Juanma pero no como al ganador del
Planeta con LA GUERRA DEL GENERAL ESCOBAR; un conversador delicioso.
A mi izquierda estaba sentado el editor de moda, Ricardo Artola. Mucha
gente, en suma. Pero lo mejor de la velada fue el discurso de Dragó,
que se emocionó al hablar de la historia, pedazo de libro de
más de seiscientas páginas que ahora tengo entre mis manos
y seguiré leyendo esta noche, en el que desvela las circunstancias
de la muerte de su padre (nació huérfano; no lo sabía;
me rompió el alma enterarme), el esfuerzo de su madre sola y
el colofón de la historia que es su propia vida. Dragó,
Fernando, se emocionó dos veces, se le rompió la voz;
y eso es algo insólito en alguien acostumbrado a hablar en público,
tan acostumbrado como él. Quizá fue porque su familia
ocupaba dos de la docena de mesas destinadas a lso comensales, y Fernando
sabía que ellos "sabían".
Con la perspectiva de tres días creo que fue, ante todo, "una
comida sentimental"; y no sólo para Dragó, sino para
muchos de los que estábamos allí.
La semana ha tenido otros saltos, muchos largos en la piscina del Canoe,
dos clases maravillosas con mis alumnos-tripulantes (el momento álgo
fue cuando el texto de uno de ellos, de Pura Fernández, me recordó
a Baudelaire, y busqué el Spleen de París, lo leí
en voz alta..., y tuve que disculparme por Baudelaire, porque -palabra-
"no estaba a la altura" de los relatos de mis alumnos). Todos
se rieron mucho, pero personalmente me sentí un poco mal, porque
admiro de modo especial a Baudelaire, y quizá fue culpa mía,
elegí mal el relato, que no brillase por encima de prosistas
actuales y con mucha menos experiencia que él. Y por lo demás:
con los dedos pegados a los folios en los que voy imprimiendo mi novela,
y que leo y releo en el metro, el autobús, por la calle y en
cualquier sitio; y si no puedo leerlos los acaricio con las yemas de
los dedos, para no estar separado, no sentirme separado de la historia
de amor y desamor, pequeña y cosmopolita, malévola y dulcísima,
que -creo- estoy escribiendo.
El viernes empezó la "fiera del libro" (como la llama
Rojo Lago), y quien escribe, por supuesto, aprovechó para fugarse
de la Villa and Corte hacia el norte, hacia El Escorial, ese lugar donde
hay algunas vacas y árboles que él gusta de llamar: la
sierra.
Y así el sábado y el domingo, aunque parezca que haga
otras cosas, aunque
se mueva con la apariencia de un ser humano, Javier
Puebla es apenas una representación de sí mismo, un
dibujo, un dibujo pequeño como el de la izquierda, apresurado
y ejecutado con cierta torpeza, porque sólo vive y existe para
ser vampirizado por historias ajenas, para hacer crecer y engordar a
su novela; esa novela que a medida que avanza cada vez le gusta más,
importa más y -optimismo de la obsesión- le devuelve la
fe en el juego o acto de crear; aunque mañana lunes, cuando regrese
a Mad Madrid, tendrá que conformarse con llevarla en el bolsillo,
impresa en letra muy pequeña para que quepan las ya largas cien
páginas que lleva en apenas cuarenta; el objetivo es poder releerla,
no olvidarla, aprovechar los huecos, los momentos -siempre los hay-
muertos; relajadamente muertos.
No,
no me gusta el trabajo. Prefiero holgazanear mientras pienso en todas
las cosas buenas que podrían hacerse. No me gusta el trabajo,
a nadie le gusta, pero me gusta lo que hay en el trabajo; la oportunidad
de encontrarse a uno mismo.
Joseph Conrad. El Corazón
de las Tinieblas
4 de junio. A mí
tampoco me gusta el trabajo, suscribo al cien por cien la frase de Mister
Conrad. Pero más que holgazanear pensado en las cosas buenas
que podrían hacerse me gusta gastar energía en actos inútiles,
quizá artísticos o quizá no, pero sí intima
y personalmente divertidos. A ello me permití dedicarme el pasado
lunes, nueve cuarenta y cinco minutos de la noche. Javier Puebla llega
al Retiro, al Paseo de Coches donde se celebra la Fiera del Libro con
cinco ejemplares de Sonríe Delgado que le ha pedido un librero
que está convencido que Sonríe Delgado es la mejor novela
negra que jamás se ha escrito en español y que acabará
convirtiéndose, tiempo al tiempo, en un libro de culto. Pero...,
la Fiera cierra sus fauces a las nueve y media. Todas las bocas de las
casetas cerradas cuando llegó Javier Puebla con sus cinco libros
bajo el brazo y el convencimiento de que -estamos en España-
nadie echaría el cierre antes de las diez. Y fue entonces cuando
decidí ponerme a jugar; un book-crossing. Hace meses que deseaba
hacerlo, incluso había planeado (en la línea que Conrad
apunta cuando dice lo "las buenas cosas que podrían hacerse")
liberar cuarenta y ocho libros el día de mi cuarenta y ocho cumpleaños.
No serían cuarenta y ocho pero sí serían cinco.
Numerados y dedicados a la persona que se los encontrase.


El primer libro lo "convertí"
en una cocacola, abandonado, con la correspondiente dedicatoria en la
bandeja donde, tras ajetreado descenso, caen las rojas latas llenas
de burbujas y fórmulas secretas. El segundo en la mesa de un
bar desierto donde un trío hablaba fatal de Juan José
Millás, que naturalmente estaba ausente (me permití afearles
la conducta, ganándose, supongo, tres pequeños -o grandes
o medianos- enemigos más, para la colección). El tercero
lo transformé en "dinero", colocándolo en un
solitario cajero automático (un par de guardias se acercaron
a mirarme con cara de pocos amigos mientras escribía la dedicatoria
para el lector desconocido, colocaba el libro y lo fotografiaba repetidas
veces, hasta conseguir el efecto que intuía y buscaba. El cuarto
libro lo dejé apoyado en el tronco de un árbol. Y el quinto,
fue la colocación más genial, la que me hizo bailar de
la risa, lo dejé convertido en ático de una torre, coronando
una TORRE DE BABEL .....IAS.
Ningún libro, a pesar de que la Fiera
estaba dormida, duró más de diez minutos; todos ellos,
y me congratulo, enseguida encontraron el posible lector, o al menos
propietario, para el que estaban predestinados. Salí del Parque
de Fieras, del Parque del Retiro cuando ya el cielo empezaba a perder
sus últimos azules, y cuando iba a cruzar la puerta que me llevaría
al exterior apareció ante mí, majestuosa, bellísima,
construida en un solo idioma, la Torre del Retiro, y como llevaba la
cámara preparada busqué un encuadre adecuado y me llevé
la imagen como cierre para el primer día en el diarioweb de esta
"libresca" semana. Está mal que sea yo quien lo diga,
y quizá aquí, por la reducción de pixels no se
aprecie, es una foto preciosa; en mi descargo diré que las fotos
no las hago yo, no las hace Javier Puebla, ese que llegó a la
Feria del libro pensando que cerraba a las diez y se la encontró
dormida, sino uno de mis heterónimos, un tipo de gorra de beisbol
permanente, ojos de águila y de nombre Daniel Fénix. Suya
es la foto, y la responsabilidad de la misma..

El martes tenía clase, y además
estuve un montón de horas preparando nuevas tarjetas-cuento,
o cuentos para ser impresos en tarjeta de visita, para regalar a quien
me fuese apeteciendo el sábado día que -aún no
me lo habían comunicado- me tocaba firmar en la caseta del distribuidor
de Ediciones Amargord. Creo que a la feria no regresé hasta el
viernes. Había quedado con Enrique Redel, el "editor de
raza" como le llamé en mi columna de hace un par de semanas;
y al día siguiente, el sábado, y por primera vez en la
historia de Redel y de su editorial, el Funambulista, un libro suyo,
Porque Nos Gustan Las Mujeres, apareció en el Top Ten de los
más vendidos del diario ABC (debería hacerme pitoniso,
ganaría un montón de dinero, o al menos más dinero
que con la literatura, aunque como adivino una vez tuve la certeza absoluta
-y lo escribí, y lo guardo- que uno de mis personajes, aún
prácticamente inédito (estoy con la segunda novela y la
primera se publicará, espero, muy pronto), me haría rico
(aunque para mí ser rico no debería ser muy complicado,
con un par de milloncitos de euros me consideraría como tal).
El sábado vendí once libros en la caseta 330 de la Feria,
y conocí a Consuelo, la distribuidora de Amargord, y a su chico,
el encantador Eduardo (encantador a pesar de ser banquero; aunque bien
pensado conozco más banqueros encantadores que políticos
honrados, por ejemplo). Y el domingo..., hacía tanto calor. Me
encontré con Achero Mañas en la pisci y dos horas después
con su hermano Federico (acompañado de Rodrigo, su hijo de seis
meses) en la Fiera. Mi ida era avanzar en el reportaje caprichoso que
estoy haciendo para quien quiera comprarlo, quizá sólo
para esta web, con imágenes insólitas, encuadres diferentes,
de los Feriantes (feriantes del libro); pero hacía demasiado
calor, me había dado un golpe en la mano al salir de la piscina
(el ejercicio no siempre es saludable) y me dolía la muñeca
al sostener la cámara, así que me conformé con
un par de imágenes antes de quitarme la gorra negra que me sirve
para convertirme o transformarme en Daniel Fénix y caminé
hasta Cavanilles Street donde cogí un autobús que me dejó
en la puerta de mi solitaria casa; mi chica y el cachorro estaban pasando
la tarde en casa de los primos. Abrí el ordenador, el programa
donde escribo este diario y me puse a teclear las palabras que ahora
- en otro caso no existirían- está leyendo alguien; alquien
que quizá conozco o quzá no, pero que, en cualquier caso,
no es "yo mismo".
La
fascinación le impulsaba. La fascinación le mantenía
ileso
Joseph Conrad. El Corazón
de las Tinieblas
11 de junio. Javier Puebla
podría haber pasado la semana saltando de fiesta en fiesta, de
cena en cena, de desayuno de trabajo en desayuno de relajo; pero
se ha contenido. ME HE CONTENIDO. El lunes sí que acudió
a una cena, genial, divertidísima, diferente, porque la invitación
fue inesperada, como una corriente marítima que con sus dedos
cálidos atrapa el casco de la nave y le desvía, sin violentarlo
de su rumbo.
Sucedió que telefonée a Manuel
Domínguez (en la foto, después de la cena y con mi
sombrero de verano), quien acababa de llegar a Madrid y sugirió
que nos viésemos. Pensé que quedábamos para charlar
más o menos en privado, pero era casi una reunión de "la
Tertulia de los Tigres". Estaban Gorka Landaru, Alejandro, el corresponsal
en Finlandia (nada menos) de Cambio16, Paco Egea, la hasta ahora siempre
invisible Marta (secretaria de Manolo en Sevilla) y uno de los tipos
más ingeniosos que he conocido en los últimos tiempos
(contó una historia sobre los osos panda en su último
viaje a China, los panda follando y los papás tapando los ojos
de sus niños que nos hizo reír hasta las lágrimas),
me estoy refiriendo a Gabriel García-Rico, el único que
no sale en la foto, porque se había ido ya cuando nos la disparó
el camarero.
Acabamos a la una largas, y aunque los protagonistas
de la velada, algunos de los protagonistas, siguieron tomando jarabes
nocturnos hasta altas horas de la madrugada (exagero) el firmante de
esta página, Javier Puebla, prefirió meterse en el metro,
pasar largos minutos en el andén y aún más largos
en el interior de un tren que le llevaba en dirección a su casa:
porque tenía su novela en el bolsillo e imaginaba, acertando,
que esta novela iba a separarse más de ella, de su novela, de
lo que resulta conveniente, que por mucho que se esforzase le costaría
volver a sentirla como parte de sí mismo, a pesar de la conexión
ombligo a ombligo que tiene establecida con uno de los protagonistas
(virtual, no como los anteriores) de la narración: Tigre Manjatan.
La
siguiente noche también había cena, tardía en esta
ocasión, pues previamente se habían entregado los premios
Cambio16 del año y Puebla, aunque había llegado tarde,
aún tuvo tiempo de ver a Anita Lagartijita y los otros premiados
sobre el escenario, pero no se quedó a la cena porque ... ¿les
he hablado de la novela, de la tos de los niños, de la soledad
y los paseos nocturnos? Sí, les he hablado. No hablo de otra
cosa en los últimos tiempos, me temo.
Cuando llegué a casa, el niño ya tranquilo, la novela
sin acabar de repasar, encendí la tele y me encontré con
una cara conocida, la mía, en el programa que Las Noches Blancas
dedicó a Enrique Meneses (la foto collection más arriba,
en las notas del 21 de mayo).
El miércoles estuve en la Fiera. El jueves estuve en mi casa.
El viernes...., ah, el viernes fue divertidísimo, me lo pasé
como un simio en un árbol, como un mono entre fieras: se celebraba
la gran fiesta anual de Planeta, en la que jamás falta de nada,
la organización es perfecta, siempre se conoce a gente interesante
(en esta edición, y por puro cruce en la terraza, estuve charlando
un rato -de humano a humano- que es como me gusta a mí hacerlo,
con Pilar Cortés; me encantó, a pesar de ser editora.
Conocí a más gente, pero mi estado de ánimo más
que empujarme hacia las relacciones públicas me animaba a la
risa, a divertirme sin más. Acababa de leer una frase de Hesse,
que quizá debería haber encabezado el diario de esta semana.
La pongo y continuo.
....había
pensado más que otros hombres, poseía aquella segura reflexividad
y sabiduría que sólo tienen las personas verdaderamente
espirituales, a las que falta toda ambición y nunca desean brillar,
ni convencer a los demás, ni siquiera tener razón
Herman Hesse. Der Steppenwolf
Pues ese era el ánimo del empático
señor Puebla ,
no deseaba ni tener razón, ni convencer a los demás, ni
brillar y sólo le apetecía, a paseo con todo, divertirse
cuando decidió ponerse su Stetson neoyorquino, a pesar de ser
primavera, y un plumífero sin mangas, pues el tiempo andaba lluvioso
y siempre hay que proteger la cabeza y la cámara. Así
que tras autorretratarse en el pasillo de su cómodo apartamento...
salió de casa en dirección hacia el quizá menos
cómodo pero un millón de veces más hermoso palacete
que Planeta posee en el Paseo de Recoletos.
Llegó de los primeros, porque la
asistencia al evento se la había confiado, suele hacerlo, al
azar. Si aparco cerquita..., me quedo. Si no logro donde aparcar me
voy de paseo sin rumbo definido; y casi deseaba no encontrar donde estacionar
su Volvo más bien enorme, pero encontró un sitio ad hoc,
perfecto, en la mismísima puerta, por lo que llegó de
los primeros, de hecho sólo estaban David Torres, un hada madrina
de nombre inolvidable que naturalmente Puebla olvidó (pero lo
recordará, lo recordará), y una amiga de la mencionada
hada madrina. Dos horas después el metro de Tokyo en hora punta
era un chiste en comparación con la densidad de bebedores por
metro cuadrado en el último piso del palacete. Llovía
con traviesa frecuencia, obligando a los asistentes a abandonar las
terrazas y agolparse en el interior. Estaba todo el mundo, largo, trabajoso
e inútil sería citarlos a todos. Basten un par de fotos...(a
Machado "debemosle cuanto escribió", pero en mi caso
"debeísme cuanto escribo y filmo o fotografío, sobre
todo si tengo la paciencia y buena voluntad de colgarlo de esta web).
En
la primera imagen Lucía Etxebarría luciendo escote y bonito
sujetador morado, ante el interés de Eduard Gonzalo y la "delicada"
mirada del profesor Lago. Hay
más fotos de Lucía en la carpeta del ordenador correspondiente,
todos querían fotografiarse con la Etxebarría, yo también
(lo hice). Sin embargo, y ya para terminar que esto quedando largo y
tengo ganas de irme a nadar un rato (mi vicio-obligación diario),
voy a incluir otra imagen en la que quien apretó el disparador
de la cámara es mi compañero de escena, el señor
don Fernando Sánchez-Dragó, cuya imagen me permití
manipular a mi modo y capricho, ya que con todas las fotos, antes de
colgarlos, ahorcarlas en el árbol de la web, hay que tratarlas
con Photoshop. Cierro, jugando como si nada tuviera importancia, quizá
porque no la tiene aunque a veces nos lo parezca, con la foto de Fernando
(insisto en que le disparó él) modificada. Hasta la semana
que viene en la que, espero, pondré el reportaje que hice en
la Fiera del Libro (alguna foto será del Planeta Party, y está
sin acabar, me faltan imágenes, pero siempre falta algo). Bye.

El
que no tenga ánimo para sufrir es mejor que se retire a sí
mismo, si es que a sí mismo se puede tolerar
Baltasar Gracián, El Arte de la
Prudencia (159)
18 de junio 2006. Tendría
que estar Javier Puebla trabajando en su novela y no en este diario
que nadie le pide, obliga o siquiera sugiere que escriba cada semana.
Y quizá por eso está Puebla sentado ante el ordenador
escribiendo este diario que nadie le solicita, porque no hay obligación
ni compromiso, lo hace porque quiere y en cualquier momento puede pararlo,
detenerlo, borrarlo entero, y sólo ante sí mismo tendría
que responder pues nadie paga por leerlo, nadie puede exigirle que lo
continúe y no lo borre. Pero resulta penoso que pierda el tiempo
de esta manera, con esas frases relamidas, literarias,
que dicen lo mismo una y otra vez en lugar de bajar a la mina de diamantes
a coger las mejores aristas para su novela que, bien pensado, tampoco
nadie le solicita que escriba pero... y ahí está la diferencia...
tal vez alguien arriesgue un día su dinero para publicarla, verla
(o al menos soñarla) convertida en un éxito, en un canto
a la maravilla de la ficción. Ahí está el peso,
en ese futuro, en ese tal vez. Dejemos la novela, dejemos a Javier Puebla.
Saltemos sobre Madrid. Vayamos a la Casa de América, no es viernes,
como lo era unas líneas más arriba, sino martes. Hay una
conferencia sobre Rubén Darío, organizada por el profesor
Carlos García Gual y con dos ilustres ponentes: el "nica"
Sergio Ramírez y el poliédrico e impresibile Luis Alberto
de Cuenca. Pedazo de conferencia (y el personal loquito por las patadas
al esférico del mundial; pero también hay raros, gentes
como Puebla o María Pérez o Sol de Diego, que a veces
van a conferencias; porque darlas no es tan raro, de hecho suelen ser
remuneradas y a ojo de buen cubero me atrevería a afirmar que
en mi caso he dado más charlas que asistido a las mismas. Divago.
Si sigo así la novela, cuando acabe con el diario seguiré
con ella (¡podría escribir doscientas páginas de
diario seguidas!). Bromeo. Volvamos a Rubén. Lo genial de la
conferencia era la disparidad de los puntos de vista. Ambos eran expertos,
eruditos de la materia que trataban, pero mientras Luis Alberto lo hacía
ante todo desde la literatura Sergio prefería al hombre, al personaje,
al nicaraguense mítico y ejemplar a quien extirparon el cerebro
de la cabeza para ver cuanto pesaba (1850 gramos) segundos después
de que el mulato Darío expirase. Si sólo hubiese hablado
uno de los ponentes la conferencia habría sido interesante, pero
al arrojar luces distintas, y no contradictorias, dos focos diferentes
Darío se convirtió para Javier Puebla en un semidiós
del que incluso está dispuesto a repasar sus versos (de facto
apenas lo leyó en su juventud, Puebla rara vez lee o ha leído
poesía; lo suyo son los cuentos y las ...¡no, otra vez
las novelas!). Otro salto, vayamos al jueves.
El jueves es un día especial en la
vida del autor de este diario, a
partir de este momento El Capitán, pues aunque sólo es
15 de junio está celebrando la fiesta de fin de curso con sus
alumnos, a partir de este momento: La Tripulación. La fiesta
es una travesía-cena y el lugar un lago, un pequeño lago
en una calle pequeña que pertenece a una de las tripulantes;
la maravillosa oficina-loft de Mara Mugueta. El tema del día
es el erotismo; los personajes creados por Los Tripulantes han crecido,
están en Plenitud, y se merecen "una alegría pa el
cuerpo". Los relatos, como casi siempre -sobre todo a partir del
segundo trimestre- son magistrales (podrán verse en esta web
dentro de unos días pinchando las fotos de niños o adolescentes
de los Tripulantes, previo paso por la imagen del barco azul o rojo
situados en la portada). Les confieso cuando me piden que hable (demasiada
generosidad para el humilde capitán), cuando ya hemos cenado
cuscús marroquí, empanada gallega, pastel de espinacas,
carne argentina y otras muchas maravillas), les confieso, repito, lo
que ya saben. Que escribo desde los cuatro años, que para mí
escribir es como pasear o dormir o jugar eróticamente; pero que
siempre había pensado que era un oficio, un juego, una pasión
... de solitario (el escritor, el más solitario de los animales,
Durrel dixit), y que con ellos, gracias a ellos, he descubierto que
el juego, el oficio, la pasión, pueden compartirse. Reímos,
disertamos, no bailamos para no molestar a los vecinos, nos hacemos
fotos y acabamos realtivamente temprano o relativamente tarde, pero
en cualquier caso absolutamente contentos, relajados y unidos).

Han sucedido
más cosas esta semana: por ejemplo, que me compré -y no
podía permitírmelo, pero cerraba mi tienda favorita y
era en aquel momento o nunca- nada menos que seis sombreros; o que me
encontré a Luis Berlanga en un sex-shop, pero eso son otras historias
(la segunda puede leerse en la columna titulada BERLANGA),
y yo lo que tengo que hacer esta noche no es ponerme a escribir, sino
a leer, a leer esa novela con la que más que luchar bailo (y
me gusta bailar con ella), pero que por un motivo u otro acabo dejando
sentada en una silla mientras bailo con otras cosas, otras personas,
otros mundos que se pretenden, quizá con razón, prioritarios.
Es viernes. Sopla una brisa suave. Apenas pasan cuarenta minutos de
la medianoche. A lo lejos se escucha el murmullo de la m-30. Desde niño,
desde que recuerdo, me gustan, encandilan, estas noches que parecen
no van a acabar jamás, las largas y suaves noches de Madrid en
verano.
Oh,
mi Dios, enséñame a ser irreflexivo
Hanif kureishi, INTIMIDAD.
25 de junio. El lunes Javier
Puebla se empeña en una aventura innecesaria, o al menos teóricamente
innecesaria. Tiene que hacer llegar a su amigo Fernando Sánchez-Dragó
un sobre con un par de recortes de periódico y dos fotos digitales
que ha hecho el esfuerzo previo de pasar a papel. Lo normal fácil
lógico evidente era echar el sobre a un buzón
o en caso de desconfiar en la eficacia del servicio postal (en efecto,
Puebla desconfía) bastaba con llamar a una empresa de mensajería.
Pero eso era demasiado sencillo, insuficientemente mágico. Por
ello Javier primero telefonea a Fernando, a quien no encuentra, luego
a Arancha, su ayudante o secretaria, y como respuesta escucha que son
días complicados, que ninguno va a estar en casa, tampoco Naoko,
la mujer de Fernando, que sale justo en ese mismo momento. Aún
así Javier Puebla camina desde Santa Ana, que es donde recoje
las fotos en papel, hasta la casa de Fernando; se equivoca de calle,
llama a timbres equvocados y al final se limita -su capacidad de magia
es muy limitada- a dejar el sobre en un bar de confianza, el Palentino.
El sobre queda sobre una estantería de cristal, pegado a la vidriera
que da a la calle y Javier tiene la sensación de que aún
puede perderse, de que el trabajo (un trabajo que parece una nadería,
dos recortes, dos fotos; pero detrás hay voluntad, llamadas telefónicas,
días) puede perderse, y busca, fabrica una prueba de su pequeña
gesta, pide a una chica de sonrisa elástica que le fotografíe,
pero no una imagen cualquiera a lo turista, sino algo más historiado;
y por ello primero se prepara, abre su libreta, saca el rotulador rotring
0,2 y sólo entonces pide a la chica de sonrisa elástica
que apriete el botón del disparador. Todo es falso en la foto:
en la libreta escribe Javier "estoy escribiendo para que me hagan
una foto), el camarero que hay detrás sonríe ante el montaje,
y un borracho situado a la espalda del "hombre que escribe"-que
el enmaquetador de esta página ha suprimido al tratar la imagen
con Photoshop- le grita a las chicas que le fotografíen a él.
Minutos después Javier Puebla baja sonriendo, contento, como
si hubiera hecho algo, por la calle que lleva su nombre, la calle de
La Puebla, y se permite jugar un rato, privado y secretamente, entre
las venas y arterias del corazón de Madrid, pero esa es otra
historia que no voy a contar aquí, porque ya me estoy alargando
y no quisiera dejar de hablar del jueves.
Jueves. Javier
Puebla visita la biblioteca de Luis Alberto de Cuenca. Antes ha habido
una comida. Antes ha conocido a su hijo Álvaro. Hay dos protagonistas
más en la historia. Uno el inigualable, la mejor mente criminal
(o editorial) de la literatura española, Emilio Pascual, y un
fotógrafo llamado Pedro. Va a participar en un trabajo hercúleo,
y de algún modo tan innecesario como su viaje por el corazón
de Madrid con un sobre para Fernando Sánchez-Dragó bajo
el brazo. De hecho nadie cuenta con la ayuda de Puebla, nadie le necesita;
es un invitado de lujo, y él se siente feliz como un amante del
cine al que invitan a un rodaje con dos de sus actores predilectos.
Lleva su cámara, que dispara medio centenar de veces, pero finalmente
Emilio Pascual le encuentra una misión, le convierte transforma
transfigura en secretario. Puebla toma notas de cada ilustración,
de cada pie de página de los 144 fotograbados de la edición
francesa de las Mil y Una Noches que Luis Alberto tiene en su biblioteca
impagable (una casa en la que sólo hay libros) que a su vez Emilio
utilizará en la edición española que para Cátedra
está terminando ya el poeta Jesús Urceloy. Son cuatro
horas sin tregua. Tiene que ser el propietario de los libros quien los
manipule: es la ley cuando son muy valiosos y alguien pretende reproducirlos
o fotografiarlos. Acaba agotado. Todos acaban agotados, pero Javier
Puebla salió, salí, con una sensación de felicidad
de la la casa llena de libros, en la que también había
efigies de Tintín, Mickey Mouse, la Masa o el "Increíble
Spiderman". Sería fácil explicar su sensación
de felicidad, un escritor puede explicar cualquier cosa, pero inadecuado
en un diario -cómo este- que está abierto, expuesto a
las miradas de cualquiera que lo encuentre y mire. Así que prefiero
repetir la frase de más arriba: Javier Puebla salió con
una suave sensación de felicidad de la casa llena de libros.
¿Y no he dicho nada del miércoles?
El
miércoles conocí a "la pequeña" Carmen
Posadas, quien al ponerse en pie era altísima, estilizada, poderosa,
en suma: una mujer de quitar el hipo. Sucedió durante la presentación
de Las
Corrientes Oceánicas, de Félix J. Palma, organizado por
Óscar Oliveira, el responsable de prensa de la editorial Algaida,
donde Carmen hacía de madrina, envidiable, de Félix Palma
(había leído sus cuentos, ¡sus cuentos, señores,
sus cuentos!En este país donde nadie publica cuentos y menos
aún los lee). En un principio nunca había pensado que
conocer a Carmen Posadas pudiese ser una experiencia digna de ser consignada
en un diario, pero claro: aún no la conocía, no imaginaba
su saber estar, atractivo ni discrección. Pero no sigo porque...
ese mismo día Javier Puebla salió de la presentación
y se dirigió a un palacio para ver a una "princesa".
Pero al llegar hasta el torreón donde un portero con llave le
franqueó la entrada tuvo la sensación de que se equivocaba,
que no se trataba de una princesa, sino de una reina, y no pudo evitar
el pensamiento que los Cazadores de Cuentos tienen derecho a entrevistarse
con princesas, pero que es honor inmerecido hacerlo con una reina. La
historia comenzó hace ya varios meses, y es larga por la sutileza
de los detalles, y también inadecuada para escribirla ante el
mundo, así que no voy a contarla de momento-y quizá no
lo haga nunca. Es sábado por la noche, la una; hace calor, me
merzco dejar de trabajar un rato, salir a dar un paseo por la Lonja
del Monasterio de El Escorial, quizá tomarme un Oporto en Croché,
mirar las estrellas, comprobar si está presente u oculta la cara
de la luna.

El domingo por la mañana me llama
Dragó para agradecerme el envío con el que comienza la
crónica de esta semana. Domingo. Por la mañana. Cuando
todos duermen o pierden el tiempo o descansan. Por eso Dragó
es Dragó y hay tantos y tantos que se creen dioses o semidioses
y no son nada.
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