Pura Fernando, autora de Cay (Haz Milagros Ediciones), trabaja en la actualidad en una novela de título aún no determinado. A continuación alguno de los capítulos, que pueden leerse como relatos independientes. En concreto la colección protagonizada por Jimena, una de las dos protagonistas (se trata de un libro "in progress" por lo que cualquier pasaje puede desaparecer o mutar cuando sea publicado).
JAVIER PUEBLA

 

JIMENA I

Su impecable traje de chaqueta negro, blusa blanca y maletín de piel la delataban como ejecutiva a gritos, haciéndola sentirse absolutamente ridícula y fuera de lugar.

Queriendo proteger sus tacones de Prada, esquivaba con poco éxito todo cuanto se extendía a sus pies que, por inexpertos, recorrían una y mil veces el mercado de abastos sin encontrar el maldito puesto de pescado,

- Hija, que sea del puesto de Manolo, por Dios.
- Pero qué más da, mamá.
- No, si dar no da nada, pero que sea del puesto de Manolo, por Dios.

Desde el ictus, su madre se había vuelto quebradiza y maniática. Ya no se fiaba de la cocinera y cada vez que se “soltaba de vientre” le pedía lastimosamente que le trajese su pescadilla del mercado, ¿cómo decir que no? De la gran gloria que fue no quedaba más que una anciana viuda, enferma y asustada. Los últimos años de papá no ayudaron mucho y encima, con el aniversario de su muerte tan próximo se ponía especialmente penosa. Bien, iría al mercado a por la dichosa pescadilla.

Bordeaba los puestos de verduras y encurtidos en una carrera desesperada contra el reloj. Decididamente la col y el bacalao seco no mezclaban bien con su fragancia de Chanel. Ligeramente mareada por los olores y aturdida por el griterío, no advirtió al chaval que vació un cubo de desperdicios junto a ella, salpicando sus medias con un jugo nauseabundo. Suspirando, se acuclilló peligrosamente en terreno de nadie y comenzó a frotar el amasijo viscoso con unas toallitas carísimas e hipoalergénicas que fue lo único que encontró en su maletín.

A pocos pasos por delante, Doña Virtudes, una señora más entrada en carnes que en años, con la cabeza llena de rulos y la pechera llena de lamparones, arrojaba violentamente sobre un mostrador de mármol blanco una bolsa de plástico. La bolsa despedía un olor más que dudoso, no así, el mensaje que Dña. Virtudes lanzó al tendero:

- ¡Te vas a meter las pescadillas por donde yo te diga, “degggraciao”!-
El hombre sacó los pescados de la bolsa y blandiéndolos en alto contestó
- ¡Tu no te has comido un pescado mejor en tu vida, so ordinaria! A ver…¿qué hostias le pasa a esta pescadilla?
- ¡Anda y que te den! Porque me pillas con ciática que si no…
- ¡Qué ciática ni qué leches, has sido jorobada y gorda desde que te parieron!

Pero a estas alturas, la señora ya se alejaba haciendo todo tipo de gestos obscenos y dejando al pescadero con los ojos inyectados en sangre, en jarras con cada pescadilla en una mano, como dos revólveres a punto de disparar.
Desde su puesto desafiaba a la veintena de personas que habían asistido mudas, pero encantadas a semejante lavatorio de miserias ajenas cuando, de pronto, emergió delante del mostrador de mármol blanco la figura, espectacular y absurda a un tiempo de Jimena con una toallita pringosa en la mano. Descolocado por el brillo de la seda y de su melena, el pescadero preguntó

- ¿Y usted qué coño quiere?

Y Jimena obediente a su madre hasta el final contestó

- ¿Yo? Caballero, por Dios, esas pescadillas


JIMENA II

Los últimos avatares de su vida le habían robado el sueño. Aún así Jimena se levantaba media hora antes por el placer de desayunar a solas. Su psicóloga le había dicho que era una práctica muy recomendable para su salud mental. Rara vez lo conseguía.
Cada mañana, Petra la esperaba implacable con una sonrisa servil para hundirle su media hora de intimidad con cuatro porquerías impresentables espolvoreadas como la sal sobre sus tostadas. Petra, por supuesto, despreciaba despiadadamente a la psicóloga. No en vano había dedicado su vida entera a Jimena y la conocía como si la hubiera parido. Su propia soltería no le molestaba más que una piedra en el zapato, pero la soledad de su niña, le destrozaba el corazón.
Viuda y huérfana de padre casi a un mismo tiempo. Con dos críos chicos y uno mayor, el Quino de las narices, que trajo al matrimonio el sinvergüenza de Don Francisco, y con una empresa tan grande que sacar adelante… Si al menos la bruja de su madre echase una mano… -Pero no hija, tu madre solo sabe echar las manos al cuello- Y así comenzaban el día las más de las veces.

Apenas abría Jimena la boca para protestar, “el Quino de las narices”, irrumpía en la estancia. Todas las mañanas, la misma prisa, la misma cara. Alargaba la mano, sin afán ni interés, a ver lo que caía. Jimena le entregaba uno o dos billetes a cambio de un beso mercenario, sintiendo ese vacío angustioso que produce no saber qué ocurrirá con los besos el día que no haya dinero.

Y luego, las cejas elevadas en arco de triunfo de Petra, mirándolos con la nariz apuntando al techo, gritándole en silencio - ¿tengo o no tengo razón?

Sin fuerzas ni ganas para discutir volvía a su dormitorio con una vaga sensación de derrota.

Como último intento, se encerraba en el baño. Para ella era toda una terapia de autoayuda la ducha de agua transparente y tibia que le limpiaba de zozobra el alma. Su psicóloga le había dicho que aprovechase aquellos momentos y dejase fluir sus impresiones negativas expresándolas incluso en voz alta para mejorar y templar el ánimo.
Así pues, Jimena la emprendió en buen tono contra sus miedos: -Mmm… ¡Dios, qué lío de trabajo! Los asesores están pesadísimos con la conveniencia de recorte de personal. Da igual, yo digo que no y es que no. De momento, gano el pulso, aquí no se va nadie a la calle... – Este pensamiento la hizo sonreír –¡Si! ¡Decididamente algún día, en algún lugar, alguien reconocerá mis méritos, alguien…!-
En ese momento sonó el teléfono y desde el otro lado de la puerta, Petra, inasequible al desaliento le gritó - ¡Señora, es su madre. Que dice que las pescadillas de ayer estaban podridas, que hoy quiere jurelillos pero que sean del puesto de Manolo, por Dios!-

Desde un retrato junto a la bañera su marido, le sonreía socarronamente.


JIMENA III

-¡Huy! Perdone Doña Amalia, estoy tontísimo esta noche. La madre de Jimena, congestionada de ira, se entresacaba del tupé el quinto perdigonazo de pan que le lanzaba Quino durante la cena.

Odiaba a aquel niño como anteriormente había odiado a su padre, Don Francisco.
Menuda pieza fue siempre el tal Francisco, un advenedizo mal criado, loco por las faldas e irresponsable que, para remate definitivo, acabó enamorando y desposando a su niña, adorada y preciosa niña.
Doña. Amalia siempre culpó de semejante tragedia a su marido Don Jacinto que, de manera inexplicable siempre quiso y protegió a su yerno, llegando incluso a asociarlo a las empresas familiares pesase a quien pesase y, bien sabe Dios, que a Doña Amalia aquello siempre le pesó mucho.

Para acabar de hacer todas las gracias, Francisco llegó al matrimonio con Quino, hijo de su primera mujer que andaba ingresada en un psiquiátrico desde tiempo inmemorial – normal – pensaba implacable Doña Amalia.

El joven se les estaba subiendo a las barbas a todos. Esa noche las hizo esperar sentadas a la mesa más de media hora. Se presentó con dos amigos impresentables y llegó apestando a garrafón ¡A ver si su hija se decidía a enviarlo al internado de Avila como tantas veces habían hablado!

Por su parte Jimena, miraba con los ojos entrecerrados a Francisco. Siempre había sido un niño bueno. Al menos, hasta la muerte de su padre. Ahora, ni era niño, ni era bueno. Pero lo había aceptado como propio y había prometido cuidar de él. Con veintidós años cumplidos no veía clara una reprimenda por unas copillas delante de los amigos y de la abuela, abuela postiza como gustaba aclarar Doña Amalia. Así que ignoró los gestos de desesperación de su madre.

Petra, que iba y venía con la bandeja de plata y los servicios correspondientes toreaba con el cachondeo de los amigos del señorito y alguno pilló una colleja. Tanta educación moderna le daba tiritonas. En cuanto a Quino, no podía decidir si le tenía tanta tirria como a la abuela o no. Veía en aquellos espectáculos la mejor manera de que Jimena se diera cuenta de que eran dos valientes botarates, inútiles, egoístas y majaderos. Ya le tenía dicho a ella en la intimidad que lo mejor era mandarlos juntitos al internado de Avila.

Jimena había comentado con el Hermano Pablo, los problemas que tenía en casa con su hijastro. A fin de cuentas había sido el mejor amigo de Francisco. También lo había comentado con su psicóloga. La psicóloga, que le cobraba a millón, le aconsejaba otra vez que dejase fluir libremente las situaciones de conflicto. El Hermano Pablo, que le regalaba su tiempo, le aconsejó ocupar al niño en cosas de provecho. Podía llevarlo al colegio cuando quisiera. Hablaría con él. Había tanto que hacer por los demás…

Doña Amalia, sobrepasada por las circunstancias, se secaba un lagrimón. El último perdigonazo le había acertado de plano en el ojo derecho, el de las conjuntivitis. Estirada como una espingarda y temblando de cólera se giró hacia su hija
– Jimena, es hora de que le digas a este joven aquello de que tanto hemos hablado
- ¡Oh! Si madre, tiene razón. Quino, hijo, me encantaría que conocieras a alguien muy especial, el Hermano Pablo, un gran amigo de tu padre…

Doña Amalia que había comenzado a beber de su copa para celebrar anticipadamente el anuncio de deportación tuvo que ser asistida por Petra de un atraganto que casi la mata. Petra, gustosa se la llevó a la cocina sin mucho miramiento dándole golpes en la espalda más fuertes de lo que requería el incidente.

Quino, por su parte, echó a los dos amigos con menos miramiento aún y acercó su silla hasta Jimena
– Genial, hablemos de mi padre pero, si no te importa… no vuelvas a llamarme hijo

Y Jimena, sin miramientos ya de ninguna clase le contestó

– jovencito, yo te llamaré como me plazca.


JIMENA IV


-Jimena, chica, no es tan complicado, yo me inclinaría por la Jacobsen o por las dos Philip Stark – y daba un golpe de melena dejando al aire su cuello de treinta años
-Mmmmm… no se, la verdad. Tengo la cabeza en otro lado – y jugueteaba con el collar de perlas bajo la barbilla intentando disimular una incipiente flacidez
-Siempre te queda algo más neutro para no arriesgar. Sin duda, Pei ¿Qué opinas de sus lacas texturizadas combinadas con acero? – Decía mientras acariciaba lascivamente una estantería absolutamente imposible
-Lo que tu quieras Alba, a fin de cuentas tu eres la decoradora – y se imaginaba las manos de Francisco sobre aquellos pechos blancos y tersos, como lacados por el mismísimo Pei y su corte celestial
-Bueno, a mi el que realmente me divierte es Le Corbusier. Aunque en esta ocasión te salga un poquito más caro…

Jimena intentaba guardar la compostura. A fin de cuentas solo ella se empeñaba en hacer aquel tipo de estupideces. Había sido vox populi que Alba había intentado ligarse a su marido. De hecho, el verdadero rumor era que lo había conseguido. Pero el difunto siempre lo negó, y ella siempre quiso y creyó al difunto.
Por tanto, ahora solo le quedaba la árida e ingratísima labor de lavarle la cara una y otra vez.
Cuando hablaba de Alba, quince años menor que ella, con sus amigas lo hacía con afectada indiferencia. Acto seguido presumía de lo último que había adquirido en su galería de decoración, como si nada, y esa noche, tomaba ración doble de Tranxilium. Una vez en la cama, justo antes de perder la consciencia echaba una última mirada al retrato de Francisco y se dormía soñando con despertar entre sus brazos.

El sonido del móvil la sacó de estas ensoñaciones. Era su abogado

-Jimena pásate cuando puedas por el despacho. Parece que hay un asuntillo nuevo de Francisco.

Bien sabía ella que ese tono de Juan era para tomarlo en serio y, no viéndose con fuerzas para impostar más entereza delante de aquella depredadora, despachó el tema con rapidez.

-Lo siento Alba, el deber me llama- nerviosa, se animó a sí misma con una risilla que comenzó forzada y terminó patética. Sudaba - Lo dejo en tus manos, Le Corbusier será perfecto. Sabes que siempre he confiado en ti ¡da un beso a tus padres!
- O.K. chica. Tengo una tapicería de piel blanca que es una locura. A Francisco… le encantaba

Pero Jimena ya no la oyó. Tenía verdadera prisa, ¿dónde había una farmacia? Ya no le quedaba Tranxilium.


JIMENA V

Una vez en la calle, Jimena aspiró profundamente intentando sacudirse de los hombros las miserias que la vida le quería colgar cuando vio a una vigilante de estacionamiento rondar su coche.

La vigilante en cuestión era rubia y joven y, al ver a Jimena cruzar precipitadamente la calle pidiéndole clemencia, se sintió dueña de una de esas raras ocasiones de poder y protagonismo que la vida regala a los mindundis y comenzó a rellenar la multa. Mientras ninguneaba a Jimena se inclinó sobre el capó, ofreciendo un escote de cuento de hadas a un grupo de señores que admiraban el descapotable y acaparando su atención les indicó – si, si, ésta mucho Mercedes SLK pero las tetas, son mías – Los hombres prorrumpieron en carcajadas viendo la cara de desolación de Jimena mientras la otra se alejaba contoneándose.

Jimena la miraba por detrás y veía en ella a Alba, a las ejecutivas jovencitas de su empresa, a todas las adolescentes que habían hecho su vida tan difícil con Francisco…¡Francisco!, Dios Santo, el abogado esperándola. Llamó una y otra vez. Ya no lo cogía nadie. Se echaba encima el fin de semana y tendría que esperar hasta el lunes para saber qué quería Juan.
Sonó el móvil de nuevo, Petra. Reclamaba a gritos el pescado para la paella que se había organizado en la finca. La angustia empezaba a apoderarse de ella.
Tampoco había podido anular aquella comida de negocios y coincidía con el aniversario por la muerte de su padre.
Su madre estaba muy dolida con el tema.
Además, ambas andaban preocupadas por los incidentes que los vigilantes del mausoleo familiar venían últimamente contándoles. Las visitas de esa joven desconocida, la actitud irreverente para con el difunto…

Jimena se sintió invadida por un agotamiento infinito, todavía retumbando en su cabeza las risas de que había sido objeto. Encaminó sus pasos hacia el mercado y se colocó en la fila del puesto de Manolo.
Recibía empujones, la pisaron, le dolía la espalda, el corazón, el alma.
Cuando por fin llegó su turno abrió la boca para pedir pero el pescadero ni la miraba, detrás de ella una morena preciosa esperaba su vez. Tendría veintitantos años y los ojos grises claros como el terciopelo

-Dime preciosa, qué te pongo, unos jurelitos, unos calamares, un pisito…
-Que no, Manolo, que le toca a la señora
-La señora se puede esperar un poquito ¿no?

Y más risas alrededor de Jimena, como alfileres, como avispas enfurecidas queriendo entrar por sus oídos hasta el centro mismo de su ser. Dos lágrimas saladas corrieron por su cara sin poderlas contener, incapaz de moverse, incapaz de protestar

-¡Señora hostia, que solo es una broma, venga no se me ponga así que le regalo estas cocochas!
-¡No seas animal! ¿No ves que la señora tiene un mal día?

Jimena intentaba sonreír y más lloraba

-Es que me duele mucho la espalda…
-A ver, déjeme ver la notita, mmm chirlas y rascacio ¿esto es para una paella?

Jimena asentía con la cabeza llorando ya a destajo,

-Señora, si usted me deja…¡Manolo ponle boga que hace un caldo mucho más rico y cuesta la mitad!

Manolo se encogió de hombros, no había quien entendiera al a mujeres, ni jóvenes ni viejas, ni guapas ni feas. Para él era mucho más asequible la sensibilidad de los mejillones.
La joven cargó las bolsas y camino del coche sin saber qué decir, de vez en cuando le sonreía a la señora animándola como podía

-Venga mujer, que está muy guapa…

Jimena serenándose comenzó a creer que existían los ángeles. Por fin una persona desde no podía recordar cuando que se había acercado a ella sin mas interés que intentar ayudarla. Le habló

-Hija, no se como se va a tomar mi tata que le hayamos cambiado el pescado, tiene un carácter…
-No se preocupe que si le explica la receta como yo le diga, va a quedarle de rechupete.

Metió las bolsas en el maletero. Ayudó a Jimena a entrar y acomodarse con una ternura exquisita y le limpió un poco la cara con un kleenex churretoso que llevaba en el vaquero. Bien sabía ella lo que era tragarse a palo seco un sapo detrás de otro estando en la vida más sola que la una.

Aquel último gesto pintó en la cara de Jimena una tímida sonrisa. No todo en el mundo era una gran mierda

-Hija ¿podrías venir conmigo a casa y explicarle a la tata lo del pescado? Yo, no he hecho una paella en mi vida.

JIMENA VI

Petra dejó la bandeja de plata con el servicio de té a un lado y anunció que se marchaba a misa. Acurrucada en el sofá cogió la taza humeante entre sus manos y miró la escena que la rodeaba como quien mira un cuadro.

Su madre ojeando una revista sin interés, bostezaba a ratos. Malhumorada siempre.

Quino frente al televisor desbaratado sobre almohadones de seda – curiosa caricatura de su propia vida – pensó Jimena.

Sus gemelos, ajenos al mundo, dormitaban sobre la alfombra entre mil juguetes, sucumbiendo al aburrimiento más que a otra cosa.

Y Jimena quiso huir.

Quiso escapar a través del ventanal. Pero la lluvia impasible, cegaba con una cortina de agua los cristales obligándola a volver la mirada hacia dentro.

Y miró, ¿qué había allí dentro? Dios Santo, una familia, ¿acaso no era aquello una familia con abuela y todo? ¿Qué sabían aquéllos dos pequeños sobre su padre? ¿qué sabían todos unos de otros?

Abandonó el sofá y fue a sentarse junto a los niños. Amorosamente los espabiló y colocó frente a ella- niños, voy a hablaros de vuestro padre… a los tres-
Indicó maliciosamente para acaparar la atención de Quino – Vuestro padre, vuestro padre era…- y tantas y tantos fueron los recuerdos y momentos que acudieron a su mente que no encontraba palabras para continuar. Los tres chicos, expectantes la miraban en silencio mientras una lágrima traicionera corría por sus mejillas.

A sus espaldas, un revuelo de papel los sacó a todos del trance. Doña Amalia congestionada de ira chilló -¡cuando te pones así eres insoportable! ¡me amargas con tus estupideces!- Y de un portazo abandonó el salón.

La lluvia, seguía cegando los cristales.


 

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