JAVIER PUEBLA

                     

Hace apenas..., hace unos días..., hace sólo...
hace solo seis años publiqué la columna que sigue en La Opinión de Murcia. Le haré algún cambio para utilizarla, pero sigue siendo tan actual como lo era entonces.


Parcelitas de "poder"



Todo quisqui tiene su parcelita de poder, pequeña o grande pero la tiene. El conductor del autobús, que puede esperar o dejar en tierra al presunto pasajero que llega corriendo, el camarero del bar que te atiende cuando le sale de las narices: ya o dentro de una hora, el empresario (of course) que decide quien puede seguir pagando las letras del piso o quedarse en la calle, y hasta la señora, o el señor, que nos vende el pan y si le caemos simpático nos da una barra bien horneadita o por el contrario, si no le gusta nuestra cara, nos envuelve en papel una barra de ayer, porque en estos tiempos el número de clientes -como es la filosofía de toda multinacional ya contagiada hasta a los más pequeños- es infinito.

En Murcia o en Móstoles o en El Escorial, incluso en Ponferrada o Ares o Los Alcázares generalmente el personal utiliza su parcela de poder con sabiduría y generosidad (de vez en cuando a alguien se le va la olla, pero no es muy habitual). En cambio en las grandes ciudades: Roma, Nueva York, París, Londres o Madrid los urbanitas utilizan su parcela de poder con la misma generosidad y mesura que mostró Adolfo Hitler con los judíos o los alegres dictadores de las repúblicas bananeras con sus ciudadanos. Si un conductor de autobús ve por el retrovisor que una ancianita se aproxima a tanta velocidad como le dan las piernas se apresura a cerrar puertas, meter primera y ver como la ancianita se va haciendo pequeña pequeña pequeñita, ay que delicia, en el centro de su enorme espejo retrovisor. Y lo mismo sucede en todas partes: una embarazada inicia la maniobra de aproximación de sus nalgas a un asiento vacío en el metro o el tren cuando otra chica no embarazada hace uso y abuso de su agilidad y deja a la embarazada con el trasero en pompa y sin sitio donde colocarlo.

Y si esto es cierto en la vida cotidiana y anónima, perpetrar esas pequeñas maldades con gente sin rostro y cuyo malestar sólo puede ser imaginado, mucho más acusado es en las empresas, en los gremios y en cualquier grupo dónde las personas si se conocen y además están ligadas por férreas estructuras de poder. Es en esos campos donde la parcelita que nos toca a cada uno se administra con más astucia, o mala leche, o generosidad auténtica (rara vez), porque ahí el aspirante a dictador de república bananera sí que goza con la desazón o el desasosiego del compañero o empleado a quien pone la zancadilla, pues le conoce. Ya verás como Pelaez no duerme en tres noches si le digo que como llegue otra vez tarde en lo que queda de mes se puede dar por despedido.
Todos tenemos nuestra parcelita de poder. Todos. Y personalmente no me siento muy orgulloso de como he utilizado la mía, o las mías, durante muchos años; recuerdo que en otro periódico mi jefe de opinión me reprochaba que utilizaba las columnas para mis venganzas personales y en parte- me ha costado diez años reconocerlo- tenía razón. Pero ahora, que soy más sabio, o al menos he rebajado -gracias a la edad mi nivel de ignorancia, intento administrar mis parcelitas de poder siempre del modo más impecable posible. Y no por bondad, lo confieso. Sino por egoísmo. Me gusta la tierra limpia.

TU CORAZÓN EN EL ASFALTO. Obra gráfica de Daniel Fénix.

Nota: escribí -como ya he dicho al principio- esta columna en el año 2004, y la publiqué en el diario La Opinión. Odio la actualidad. Odio que se me obligue a vivir en el supuesto presente. Y por eso hoy la he recuperado, porque su espíritu es tan cierto hoy como cuando la dejé brotar por primera vez.

 

 

 

 

 

 

 
 

 

 

 

Javier Puebla-La inutilidad de un beso. Segunda entrega de LA TRILOGIA DE EL TIGRE. Kafkiana, rara y -quizá- hasta genial.

Javier Puebla

Javier Puebla firmó la primera obra de mister Frederic Traum. Al parecer tiene amigos bastante poco recomendables

   
   
       
Carpe diem, visitante nº Que los hados guíen tus pasos