A Ciento Treinta y Seis Millas al Noroeste de Palawan
, relato (o capítulo) 128 de la novela compuesta por 365 cuentos titulada EL AÑO DEL CAZADOR. Publicado en abril 2006 en CUADERNOS PARA EL DIÁLOGO.


A Ciento Treinta y Seis Millas al Noroeste de Palawan


A ciento treinta y seis millas al noroeste de la isla de Palawan, en Filipinas, se encuentra un islote sin nombre en el que hace algo más de un siglo exploradores británicos encontraron a un hombre de rasgos indoeuropeos que vivía en completa soledad, integrado perfectamente con el idílico entorno que le rodeaba. El hombre, según reza en el informe realizado por el jefe de la expedición, Sir Francis Taylor, era capaz de volar por los aires sin la ayuda de ningún tipo de mecanismo o aditamento, “bastándole” -y me remito literalmente al mencionado informe- “con la flexibilidad y potencia de su propio cuerpo”. Los miembros de la Expedición Taylor, maravillados ante tal prodigio y sorprendidos por las claras pruebas de aguda inteligencia dadas por el hombre volador -a quien bautizaron Rei-Vaj uniendo dos palabras de la lengua drística que quieren decir “Imposible-Pájaro”- insistieron en llevarle con ellos a bordo del navío Blue Turtle y fue el propio jefe del grupo de los exploradores quien se encargó de instruir a Rei-Vaj en los más imprescindibles rudimentos del idioma inglés transmitiéndole asimismo conocimientos de botánica, meteorología, química y física, siendo este último campo el que más interesó al solitario pájaro humano de la isla sin nombre situada a ciento treinta y seis millas al noroeste de Palawan, quien, sin embargo, y tras asimilar conceptos de variada envergadura, se negó a aceptar que pudiera existir una ley que le negaba a él en su misma esencia, pues prohibía tajante y claramente la posibilidad de que un animal sin alas, como era su caso, pudiese surcar los aires sin ser atraído de modo inexorable por la fuerza de la gravedad -y así se denominaba aquella ley- que le obligaría a estrellarse contra el suelo. Los ojos de Rei-Vaj, que eran pura luz cuando le encontraron los exploradores desnudo e ingrávido en su isla, fueron opacándose con el paso de los días y a medida que el navío se alejaba y se alejaba del paraíso que había sido su hogar. Acabó dejando de prestar atención a las generosas lecciones del capitán Taylor para concentrarse tan sólo en consumir la mayor cantidad posible de alcohol y comida que estuviera a su alcance; y fue una noche de terrible embriaguez y hartanza la que Rei-Vaj, gorjeando guturalmente, trepó sin esfuerzo alguno hasta el punto más alto del palo mayor e increpó desde allí a los mares que trajeron a otros hombres hasta su isla, e increpó a las leyes, a las leyes de esos hombres, y maldijo a Taylor, por haberle enseñado lo que no deseaba saber, y maldijo también su suerte, su deshadada suerte, antes de lanzarse al vacío con la seguridad de que moriría, de que su cuerpo se estrellaría contra las tablas del puente porque la ley, la gravedad, así lo exigía.
Y sin embargo...

Sin embargo, sí, el único e insólito habitante del islote sin nombre situado a ciento treinta y seis millas al noroeste de Palawan no se estrelló, por muy inevitable que esto pareciera, contra las doloridas maderas de la cubierta del Tortuga Azul, porque cuando apenas faltaba medio metro para que su cuerpo chocase contra la cubierta se estiró de forma inconcebible, adelgazándose como si fuera una hoja a la que un simple soplo de viento podría elevar en los aires, como así fue y atestiguaron los seis supervivientes de la expedición Taylor en la conferencia que dieron en el Alderney Club cuando, tres años después, regresaron a Londres.


Los ojos le brillaban tanto -mientras volaba como si formase parte del propio viento- que resultaba imposible escrutar las facciones de su rostro a pesar de que en al menos cuatro ocasiones pasó, desafiándonos con un grito eufórico, a pocos metros de la proa del navío. Le pedimos que regresase, pero fue inútil, enseguida se elevó y comenzó a desplazarse cada vez más rápido, en dirección -y quiera Dios que consiguiera llegar hasta allí- a su pequeño islote situado a ciento treinta y seis millas al noroeste de Palawan.


 

 

 

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