Amparo Baliño, que debutó el pasado año en el taller 3Estaciones con la historia de LUA CHEA (de próxima publicación en Ediciones Haz Milagros) nos presenta a Adrián (SE PRESENTA ADRIÁN), un niño especialmente imaginativo, del que esperaba grandes y pequeñas cosas, porque -todavía- es un niño en el primer tercio de este nuevo libro. Un niño sorprendente y fascinante que crece, como narrador y como personaje, en cada nuevo capítulo.
JAVIER PUEBLA, 2009.

Cuéntame un cuento, abuelo

Dicen que cuento mentiras, pero yo hago cuentos, como mi abuelo.

Antes, cuando era más pequeño, el abuelo iba a buscarme al colegio. A veces me llevaba a jugar al Retiro; nos sentábamos en los escalones del estanque y echábamos migas de pan a los peces. Ahora, como ya soy más mayor, voy solo.
Pero por la noche, cuando no puedo dormir, sigue viniendo a mi habitación a contarme historias.
El abuelo Nicolás cuenta historias increíbles.
Yo le pido que me cuente otra vez cuanto estuvo viviendo en una isla desierta. Dice que allí fue muy feliz, viviendo solo, que tenía de todo y no necesita de nada.
-¿Y nunca te aburrías, abu?
-No. Jugaba con las nubes. Ellas hacían dibujos en el cielo y yo tenia que adivinar que eran, de que se disfrazaban; y por la noche contaba estrellas ¿Sabes que forman familias? Como Casiopea, Capricornio, Draco…constelaciones se llaman y juntas forman galaxias…y luego, más allá, están las nebulosas, como la del Gato…
Yo me mareo un poco imaginando tanto espacio, con tantas cosas. Me hace dibujos sobre un papel para que no me pierda y sigue contándome.
-…Y a veces cuando una estrella está aburrida, hace un viaje, se lanza rauda y veloz y desaparece dejando su estela. Se llaman estrellas fugaces, y cuando viajan muchas a la vez se dice que hay lluvia de estrellas.
-Cuéntame cómo llegué a tu isla, abuelo.
-Llegaste en una barca a la deriva. Y te puse por nombre Adrián que significa, el que viene del mar, más allá del Adriático. Pero para los druidas celtas…
-¿Cómo Asterix?
-Asterix es galo. Te hablo de los celtas, para los que Adrián era el guerrero de los ojos negros, como los tuyos. También significa nido de cuervos o urracas.
-Ese no me gusta. ¿Y por qué no volvemos a la isla, abuelo?
Me siento frente a él y saca un papel muy arrugado de su bolsillo. Es un dibujo muy raro. Me lo da, dice que es la isla donde estuvo viviendo, que me lo guarde y que cuando sea mayor vaya a buscarla. Y mientras me cuenta, es como si estuviésemos viajando hacia allí.

Yo me parezco al abuelo Nicolás porque también cuento historias. A veces me regañan porque dicen que cuento mentiras, pero yo hago cuentos, como mi abuelo.

Hoy me ha dicho mamá que deje de inventar, que no pude estar anoche con el abuelo Nicolás, porque el abuelo Nicolás hace meses que se fue a vivir ‘al sitio del que no se vuelve’.
Y lo decía con una voz muy rara que me ha hecho sentir algo extraño, como una bola en el pecho, o en la garganta, y no son anginas.
Es como si hubiese perdido una parte de mí que se ha llevado él. Dice papá que eso es la nostalgia y que se pasa con los años. ¿Cuántos años?
Creo que no me quieren decir que se ha ido otra vez a vivir a su isla. No importa, solo tengo que cerrar los ojos y recordar los suyos, entonces oigo sus palabras.
Cuando sea mayor le mandaré un mensaje en una botella que es como me dijo se escriben cartas los que viven en una isla.

Midiendo las armas


-¿Quién ha decidido que tú seas el jefe?¿Por qué no voy a serlo yo?
Pablo me está retando. Lleva unos días un poco raro.
-Bueno, pues hacemos una cosa: el que tenga el arma mejor, será el jefe. Es lo justo.
-Vale, ¿y dónde está tu arma? porque yo no la veo.
-Ya te he dicho que es un secreto y que no la he podido traer. Mi madre no me deja sacarla a la calle. Pero esta tarde saldré de casa sin que me vea. Y verás como seré yo el jefe, el que dirija la batalla para rescatar a la princesa y…
-Pues no sé de que sirve un arma que no puedes usar. Mira, yo he traído mi tirachinas.
-¡Un tirachinas! ¡Pues vaya cosa! Menuda miiierda de jefe…
Pablo me mira muy serio, aprieta los labios tan fuerte que se le convierten en una raya. Luego se da la vuelta mientras dice que él también se va a buscar un arma secreta y se larga. Le llamo varias veces pero no me hace caso. Se ha enfadado. Últimamente está muy raro. Me vuelvo a casa dándole vueltas al asunto.
Creo que es desde el día en que le conté lo de que mi abuelo viene por la noche a contarme historias y que hago viajes como en sueños y él me dijo que a veces también viaja pero sin moverse del sitio y me reí de él y le dije que sus ‘cuentos’ son casi tan buenos como los míos, y se le llenaron los ojos de agua que no salió... porque estaba Paula delante y los dos nos reíamos…Entonces se nos ocurrió lo de nombrar un jefe; el otro sería ‘el mejor amigo del jefe’, y Paula ‘la novia del jefe’. Paula no dijo ni que sí ni que no, o dijo que sí y luego que no, como hacen las niñas, no sé.

Nada más entrar en casa me regañan por llegar tarde, luego, por sentarme a la mesa sin lavarme las manos, y después porque he retirado el plato antes de que mamá terminara de servirme y se ha manchado el mantel. Papá y mamá están muy serios, no se hablan; hasta que papá dice ‘pásame el vino’, y mamá se lo pasa sin mirarle. Y eso todavía es peor. Eso, es que están muy enfadados. Mejor, así puedo pensar en mis cosas. ¿Cómo voy a sacar mi arma de casa sin que me vean? Discutí con mamá cuando al salir esta mañana me pillo y me dijo que dónde iba con un arma, que era un peligro. Amenazó con ‘conciscarla’, creo que dijo, y casi me eché a llorar cuando me enteré lo que eso significa: ‘quitármela, guardarla y esconderla hasta que sea mayor’. Es el ultimo regalo que me hizo la tía Lula; cuando me lo dio, mamá pego un grito y le dijo que a solo a ella se le podía ocurrir regalarle a un niño algo tan peligroso. Mi tía me hizo un guiño mientras nos contaba que al pasar el aeropuerto casi la detienen, pero que en Santo Domingo es una herramienta de trabajo, y que nada más verla se acordó de mí, que era lo que mejor le iba a mis ojos. Al final de la discusión con mamá está mañana, cuando le he recordado lo de mi ultimo juguete preferido, el que metió en la lavadora y dejo ciego, y se le salieron las tripas…y que aunque lo cosió, el oso, ya nunca volvió a ser ‘mi oso’, la culpa casi la ablanda, pero no lo suficiente. Siguió prohibiéndome jugar con armas blancas, y aunque le dije que no era blanca, no hubo manera.
Termino de comer y me voy a mi habitación. Tengo que inventar una forma de salir con mi arma. Es mi amuleto. La fuerza, el poder. Con ella en las manos me convierto en el “El Guerrero de los Ojos Negros”, como me dijo el abuelo. No me preocupa lo que pueda pasar, sino lo que hay que hacer.
Más tarde, sin que nadie me vea salgo de casa. Llego al descampado y ya están casi todos allí. Aun falta Pablo. Se quedan con la boca abierta cuando me ven sacar mi espada y están todos de acuerdo: tengo la mejor arma; me nombran capitán, así que organizo la expedición para salir al rescate de la princesa.
Al rato, cada uno ha tirado para un lado; estoy solo, pero sólo siento miedo por ella. Tengo que llegar hasta el callejón donde está encerrada mi dama. Cuando la libere me dará un beso, mi premio y seremos novios. Con el poder que me da mi espada venceré a todos los villanos, piratas, infieles y bellacos, …como dicen en el cine, ¡pardiez!
Ya he llegado. Abro la puerta y allí está ella, mi princesa. No veo ni al dragón ni al moustro de las dos cabezas. Solo tebeos por todas partes. Paula están tranquilamente sentada, leyendo.
Entro como un huracán y le digo:
-Ya estoy aquí. He venido a rescatarte, princesa.
Ella me mira sonriente, pero su sonrisa me parece una burla.
-Está muy bien lo de princesa pero ¿quién te ha dicho que quiero ser rescatada?
Pablo está con ella. Ha sido él quien le ha traído ese montón de tebeos. ¡Esa era su arma secreta!

La verdad de la mentira

¡Ya estoy hasta las narices! Siempre me están acusando de mentir. Y contar cuentos no es mentir, inventar historias, adornar los sueños, exagerar un poco… ¡no es mentir! Además, los mayores sí que mienten: mi madre cuando me dice, ‘dile que no estoy’, para no ponerse al teléfono; y papá, cuando le dice a ella, ‘no has engordado nada’, mientras se prueba la ropa del año pasado y no le cabe. Y cuando en el cole pregunta el profe ‘¿quién ha sido?’ y todos callamos, entonces, todos mentimos porque es peor ser un acusica.
Una de las primeras mentiras que dicen que dije fue cuando se estropeó el video. Papá me preguntó qué le había hecho y yo contesté que nada, luego, cuando lo llevaron a arreglar y apareció mi soldado perdido dentro, me castigó sin ver la tele dos semanas. Si le digo que estaba jugando a la guerra y el soldado se coló allí para salvar la vida, tampoco me hubiese creído y me hubiese soltado la frasecita de ‘no inventes, Adrián’.
Papá primero me dice que esta muy mal mentir pero luego, cuando le digo que qué pasa con los Reyes Magos, que ya me enteré que son los padres, contesta
- Hay mentiras peores que otras, Adrián.
-¿Y el Ratoncito Pérez? ¿Y Pinocho?
Yo no lo entiendo. Y también es mentira que crezca mi nariz, y que salgan manchas blancas en las uñas. Luego me ha dado una charla de las suyas; metafísica, lo llama.
-A veces en una mentira hay una parte de verdad, pero es complicado verla. Además debes saber, Adrián, que hay que tener muy buena memoria para ser un mentiroso porque cuando dices una mentira, luego tienes que inventar otras veinte para sostenerla, y ¿quién se acuerda de tantas para no meter la pata? Te conviertes en una araña tejiendo su red para atrapar a otros, el peligro es que acabes atrapado en tu propia mentira. Para mentir bien, hay que ser muy buen actor.
-Entonces hay mentiras y mentiras –le digo- y mentiras que son casi verdad, y verdades que parecen mentiras, y… Me he vuelto a hacer un lío, papá. Porque, por ejemplo, cuando le dije a Pablo el otro día que aunque le hubiese llevado a Paula toda su colección de tebeos, no querría ser su novia porque ella me había dicho que él era un flojo, porque le habíamos visto llorar varias veces, y ella piensa que los niños no lloran -yo no le he explicado que se equivoca, sí lloramos, solo que a escondidas y casi siempre para dentro- Pablo se puso tan triste que todavía está enfermo, y yo estuve devolviendo toda la noche, creo que era un empacho de envidia, no de chuches cómo le dije mamá. Así que hay verdades que es mejor no contar, o le podía haber dicho solo la mitad.
-Eso es una verdad a medias –me dice papá- También podías haber dicho una mentira piadosa, que es cuando se miente para no causar pena. Pero ya seguiremos hablando otro día, creo que por ahora ya es suficiente para ti.
Y como todo sucede por una razón aunque yo no la entienda, como diría papá, esta misma mañana la seño nos ha puesto un acertijo que era: “Vas por un camino y te encuentras con dos puertas; en cada una hay un hombre, uno siempre dice la Verdad y otro siempre la Mentira. Con una sola pregunta a uno de los dos has de descubrir la puerta que te lleva al camino correcto”. Lo he pensado mucho y por fin sé la respuesta, o sea, la pregunta que hay que hacer, pero la respuesta no es la verdad, la verdad que conduce al camino correcto; la solución es: “Si le pregunto a tu compañero qué puerta es la correcta ¿qué me respondería?; y tendría que tomar la contraria para ir por el buen camino”. Creo que encontré la verdad en la mentira.
Después mamá ha encendido el microondas para calentar el colacao y han empezado a salir chispas. Yo por un momento he creído que la guerra que organicé el otro día en mi habitación había llegado a proporciones tan grandes que toda mi casa estaba en llamas. Cuando al abrirlo ha encontrado varios de mis soldados, a mamá le iba a dar algo. Yo le he explicado que anoche se produjo una ofensiva masiva y estos soldados optaron por refugiarse allí dentro. No me ha creído, dice que los soldados no tienen vida propia, pero si no la tuviesen no organizarían maniobras cuando todos nos acostamos.
La he visto tan desesperada mientras me decía ‘Adrián, hijo, no sé que voy a hacer contigo’ que me ha dado pena y le he dicho una mentira piadosa, que creo es la peor de las mentiras: le he prometido que no voy a inventar más, que no voy a contar más cuentos. Y esa sí que es una gran mentira.


Desengaño

Estamos jugando a las pesadillas; hoy manda Paula, solo ella puede dar instrucciones, nosotros hemos de obedecer. Así que estamos en su pesadilla: la aldea donde vive está siendo arrasada por un horda de terribles demonios. Se ha escondido entre unas piedras, pero no está a salvo, varios demonios la están buscando y pronto darán con ella. Yo estoy escondido un poco más allá, detrás, vigilando como un guardaespaldas. Jorge, que hace de malo, está a punto de caerle encima cuando Pablo llega corriendo a ayudarla. Mientras me peleo con Jorge les veo alejarse de la mano y pienso que ya no me apetece seguir jugando. Así que El Guerrero de los Ojos Negros guarda su katana, se aparta la larga melena con un gesto, y dice: “te perdono la vida”. Dejo a Jorge allí tirado y me voy a casa.
Cuando llego mamá está preparando la paella, papá leyendo el periódico.
-Adrián, quiero hablar contigo.
Esto es serio. Papá no suele anunciar cuando quiere hablar, lo hace sin más. Da igual lo que yo esté haciendo, viendo la tele, estudiando o jugando a las batallas; se acerca a mí, y empieza comentando algo relacionado conmigo o mi comportamiento, para luego irse por las ramas hasta que yo pierdo el interés por mi guerra o el libro, o el episodio de la tele se ha terminado y ya solo queda su voz. A veces hasta le escucho, e incluso me parece que cuenta cosas interesantes. Pero la mayoría no entiendo muy bien de qué habla. Aunque a él eso le da igual, vive en su mundo; yo en el mío. Pero cuando no sé algo, no tengo más que ir a él y preguntarle, siempre sabe la respuesta aunque a veces la deja para más tarde. Un día me di cuenta, que en esas ocasiones, consultaba en un libro, el diccionario. Papá es como el templo del saber, vive en el lugar más seguro del mundo, donde no pueden entrar demonios y donde no hacen falta armas. Allí está papá casi siempre.
Ha empezado a hablarme de mi edad -porque mañana es mi cumple, seguro- de los juegos y de la vida real. Dice que todo cambia y que no hay que tener miedo. Todo eso ya lo sé. Miro de reojo la tele donde hay una guerra de las de verdad, esas en las que no se ven muertos. Me cuenta que el mundo no es perfecto y las personas tampoco.
-¿Sabes lo que es idealizar, Adrián? –y sin esperar a que le conteste continua –Galileo predijo que si una bola de esfericidad perfecta rodara sobre un plano perfectamente horizontal, nada la detendría. Eso es una idealización, ¿entiendes? Como cuando creemos que algo es para siempre, …que nunca va a fallar.
Digo que sí con la cabeza pero estoy pensando que los juegos tampoco son perfectos, o al menos no como yo me los imagino antes de jugarlos. Papá sigue con que a veces las cosas no son lo que parecen y la vida está llena de desengaños. Le interrumpo porque no sé que significa esa palabra. Papá se levanta y coge un libro de la estantería.
-Toma. Todas las palabras están en el diccionario. Búscala.
“Desengaño: Conocimiento de la verdad con la que se sale del error o engaño en el que se estaba” leo, “Efecto de este conocimiento en el ánimo” sigo leyendo. Y luego más palabras raras: “desengarrafar”, “desengarzar”…A un lado veo la foto de un esqueleto, debajo dice “desenterrar”; busco esa palabra y pone: “Exhumar…”, que no la entiendo, luego la miro pienso, y sigo: “traer a la memoria lo olvidado y como sepultado en el silencio”. Eso es bonito. Me gusta esa palabra. Se me pasa el tiempo como en el mejor de los juegos, cuando quiero darme cuenta mamá nos está llamando para que nos sentemos a la mesa con un: “venga, que el arroz se pasa”.
Como muy rápido porque después hemos quedado en casa de Jorge. Tiene un arco de los de verdad; se lo ha regalado su padre porque se ha comprado otro mejor, un poleas, lo llama, dice que esos son cojonudos, que siempre se acierta. Me parece a mí que el papá de Jorge está idealizando. Lo malo del arco es que cuando tiras la flecha ya no puedes hacer nada más. La espada, después del golpe, sigue en tu mano. Las flechas de Jorge están bajo llave porque son peligrosas, así que solo podemos mirarlo y pasarlo de unas manos a otras.

Por la noche todo es más triste; papá está haciendo las maletas. Como mañana es mi cumple me llevará al Burger donde lo celebro y luego se irá a su ‘nuevacasadondepodré ircuandoquiera’. Ya ha tirado su flecha.
Mamá irá más tarde y se quedará conmigo en la fiesta. Me lo cuenta mientras me da el beso-de-buenas-noches. Creo que ella prefiere la espada. Está intentando no llorar, aguantará hasta que yo no la vea. Le cojo la mano y le digo.
-Mamá, te quiero mucho.
-Yo a ti más –me dice con una sonrisa que ilumina su cara.
-¿Sabes mamá? Papá no es para tanto.
Antes de dormirme abro el regalo de papá y busco… la palabra desengaño ya la conozco y la palabra ‘parasiempre’ no está en mi diccionario.

Que el miedo no sepa que le tienes miedo


El perro del vecino es una bestia.
Cada vez que me cruzo con él, me enseña los dientes y hace un ruido desde dentro de la garganta que me pone los pelos como escarpias. Cuando era más chico me daba mucho miedo, ahora hago como que no. Muestro indiferencia, miro para otro lado, pero a veces cuando noto su aliento en mi pierna siento ganas de echar a correr. Su dueño a penas le dice: “¡quieto, fiera!”, y le tira con fuerza de la correa, pero con una constancia y una falta de ganas que parece que al perro que le trae sin cuidado; como a él.
Hoy ha faltado poco para que muerda a mamá. Dicen que los animales huelen el miedo, así que esto me lo confirma: ella debe tener bastante. Anda despistada y con esas gafas de sol, tan negras, con las que se tapa los ojos a todas horas…, claro, no ha visto al bicho y casi le pisa, luego del susto ha dado un grito y el perro se ha puesto a ladrar como un bárbaro. No sé quien estaba más cagado de los dos.
Está muy rara. Desde que papá no vive aquí, llora mucho. Apenas sonríe, habla bajito, y cada día está más delgada. Esta mañana me he sentado un rato con ella en el borde de su cama, le he pasado el brazo por detrás y se me ha ocurrido decirle:
-Mamá, pareces un palillo en huelga de hambre.
Y se ha reído. Al menos aún le hago reír, creo que no está todo perdido. Le he hecho cosquillas y ella a mí, nos hemos revolcado por la cama, hemos jugado como cuando yo era un crío…pero de pronto, se ha puesto muy seria y me ha dicho
-¡Basta ya, Adrián! Eres un bruto.
-¡Mejor ser un bruto que un miedica llorón!
No lo quería decir, pero se me ha escapado. Se le han puesto los ojos tan tristes y me ha mirado tan fijo que me ha parecido que me podía perder dentro de ellos y ahogarme. Casi se me saltan las lágrimas y me he enfadado. Estoy enfadado con todo, con papá, con el mundo, con ella y sobre todo conmigo. En realidad no sé porque y me parece que no saber, no conocer…, eso sí que es para tener miedo.
Por las noches ahora es ella la que me despierta a mí con los gritos de sus pesadillas; como yo a ella cuando era chico. Creo que le tiene miedo al futuro, o quizás a que el pasado se le instale en el presente y no consiga llegar a un futuro. No lo sé, ella no me lo cuenta y yo tampoco puedo verlo. Si nosotros y toda la casa fuese de cristal…el cuerpo, las paredes, el tejado… ¡todo de cristal! podríamos ver lo que ocurre al otro lado.
Por la noche vuelvo a oír sus gritos. Corro a su cuarto y enciendo la luz. Al pronto no veo nada, deslumbrado o ciego, es igual, veo tan poco en una situación como en la otra. Me quedo un momento allí quieto, parado al borde de la puerta, hasta que oigo su voz.
-Tranquilo, Adrián, solo era una pesadilla.
Pero tiene una cara…, los ojos muy abiertos, muy parada, como en una foto; parece que la luz le da más miedo que la oscuridad.
-¿Me quedo un rato contigo?
-No cariño, vete a tu cuarto y vuelve a dormir.
-Vale, mamá. Desde allí te veo.
Le hago un guiño y consigo que vuelva a sonreírme. Tiene una sonrisa tan bonita que merece la pena cualquier esfuerzo que haga para arrancársela.
Vuelvo a la cama e intento dormirme sin pensar en nada. Dejar de tener miedo al miedo, eso es lo importante, lo acuciante: el resto vendrá solo.
Me acabo de despertar sudando como un cerdo. Juro que he oído a un animal gruñendo en mi oído, que he visto sus ojos brillando en la oscuridad. Aun siento su aliento en mi cara, me ha dado tanto asco que casi olvido sentir miedo. Me he quedado muy quieto, tan quieto que las palabras no salían de mi boca sino que se quedaba paradas en mi garganta. Tampoco es que intentase decir muchas, solo una, la de siempre en estos casos: “¡mamá!”. Pero no ha salido. Mejor. Si ella hubiese aparecido en mi pesadilla, si yo hubiese tenido que ser el que la rescatara, el que evitara que las mandíbulas de esa fiera se hundiesen en su carne, que igual era la mía…como en ese cuadro…El miedo devorándome… No puedo, no puedo con su miedo y el mío. Me rindo. Es demasiado peso para mí.
El resto de la noche ya no duermo. Me visto con mi armadura y empuño mi espada para volver a sentirme fuerte. Y me digo que al miedo solo hay que plantarle cara, que sepa que ya no le tienes miedo. Que no lo huela.

Juego de manos, juego de villanos

Lo único malo de hacer trampas es cuando te pillan.
-Ya no quiero jugar más. Estás haciendo trampas -me dice Macu.
-Bueno ¿y que hay de malo?
-Joe, tío, pues que así juegas con ventaja ¿no lo ves?
-Vale, pues hazlas tu también. Veremos entonces quién gana a hacer trampas.
-¡Anda ya!
-¿Y si jugamos al mentiroso?
Sería genial. Hacer trampas con las cartas jugando al mentiroso. Un nuevo reto.
No entiendo porque se enfada. ¡Todos hacen trampas!, tampoco es para tanto. Además cuando juegas, estás jugando, es decir, que no es algo serio, no vas a perder la vida o algo así, y en el fondo lo que todos queremos es ganar ¿no? Pues eso. Que gane el que mejor las haga.
Yo las hago bien, debe ser por eso que ya casi ninguno de mis amigos quiere jugar conmigo a las cartas ni a ningún otro juego de azar. Y eso que a veces les dejo ganar, para que no se aburran mucho.
Vale, lo reconozco: me gusta hacer trampa. Para mí forma parte del juego. Pero es como ser el más ingenioso, y ser ingenioso no debería considerarse igual que hacer trampa. ¿Y la magia? ¿hay trampa en un juego de magia? ¿Por qué no lo llamamos trampa sino truco? Todos sabemos que son trucos, pero queremos creer que hay algo sobrenatural en ello, que es verdad. Eso es como contarnos cuentos.
Y engañar sí es hacer trampas. Poner caras, disimular, no decir lo que se piensa, querer quedar bien…, todo eso sí es jugar sucio. Como hace Ramón, el amigo de mamá.
Ella dice que está rehaciendo su vida, se lo oí el otro día cuando hablaba por teléfono con una amiga. Pero si rehacer su vida es salir con el gilipollas de Ramón, lo tenemos claro. Cada vez que va con nosotros de compras, se agencia libros y más libros, y le regala alguno a ella, diciéndole “éste te va a gustar”, y luego, el primer día que vino a casa y vio la enorme biblioteca que tiene mamá en el salón, se le puso cara de bobo y escuché como le preguntaba “¿los has leído todos?”. Y pensé ¿es que él no lee los suyos? entonces ¿qué pasa? ¿que los compra porque hace mono en las paredes de su casa?. Me parece que Ramón es un gran tramposo.

-Yo siempre que hago solitarios hago trampas, pero como son para mi…; no estoy engañando a nadie –le digo a Macu.
-¿Y que gracia tiene eso? Me pone de mala leche ver como tu mismo te haces trampas.
-Pues a mí me divierte. Primero hago una pequeña, y si me vuelvo a atascar puedo llegar a cambiar una carta por otra sin ningún problema.
-Eso es ir por el camino corto.
-Y qué si yo no quiero ir por el largo. Si lo que me interesa es llegar y no el viaje.
Ni mis amigos imaginarios, como Macu, quieren ya jugar conmigo a las cartas. Dicen que les hago trampas, pero los tramposos son ellos… ni siquiera existen.

También hay quien pone trampas para que otros caigan en ellas. A los cazadores que hacen eso no les llaman tramposos sino tramperos.
Yo estoy preparando una para Ramón, el amigo de mamá. Voy a demostrar que no lee tantos libros como dice, y eso a mamá no le va a hacer mucha gracia; siempre está diciendo “que hay que leer más, que los libros te lo enseñan todo, que cualquier cosa que quieras saber está en ellos…”; y lo que es mejor, le voy a dejar como un tramposo. Siempre fardando de la enorme biblioteca de su casa, y de la otra, la de su chalet, vamos, que él los tiene todos y lo ha leído todo, y así siempre, solo para halagar a mamá, para ligársela. Y ella, para dejar de llorar la ausencia de papá, no solo le escucha sino que le cree. Y eso que mamá no es tonta, aunque últimamente lo está un poco.
Tengo que pensarla bien, la trampa, digo, porque si no hago algo me voy a sentir como si le estuviese encubriendo, y mamá sin pruebas, sin claras evidencias como dice ella, no me va a creer, pensará que como no le trago le quiero desacreditar,… ¡como si yo no tuviese otras cosas mejor que hacer! Va a ser que yo tampoco soporto a los tramposos, pero es que no es lo mismo hacer trampas que te las hagan.
Creo que ahora entiendo un poco mejor a mi amiga Macu.
Voy a ver si hago las paces con ella.

Los amigos de mis padres o Un lunes por la mañana

Los miércoles y fines de semana los paso en el apartamento de papá, el resto en casa, con mamá. Siete días no pueden partirse justo por la mitad.
Anoche, domingo, dormí con papá, y esta mañana antes de irme al cole he pasado por casa a recoger un libro que me faltaba. Era temprano. He entrado sin hacer ruido, y después de coger mi libro me he asomado al cuarto de mamá para darle un beso y una sorpresa.
La sorpresa me la he llevado yo cuando visto dos cabezas sobre la almohada de su cama. He salido sin decir nada.

En el recreo me han castigado por pegarme con otro niño. No por pelearme en realidad, sino porque era más pequeño que yo y le he machacado. Pero es que cuando nos ha cogido el balón y le he dicho que nos lo devolviera, se ha puesto hacer el gilipollas… No he podido aguantarme. Me he tirado encima suyo y le he empezado a dar puñetazos, patadas,… por donde pillaba, por todas partes. Yo no veía. Me daba igual. Hasta que ha llegado el profe de inglés y nos ha separado. El sangraba por la nariz; yo tenía sangre en las manos. He gritado y he seguido golpeando al aire un buen rato. Y cuando el profe ha dicho: “que mañana vengan tus padres a verme sin falta”, le he contestado: “¿quién? ¿mi padre o mi madre?. Hoy lunes estoy con mi madre, y mañana también, pero pasado estoy con mi padre. ¿A quién le digo que venga?”. Se ha quedado un rato callado, después me ha apartado el pelo de la frente y me ha contestado: “Que vengan los dos… mejor juntos”.
Ninguno de mis amigos tiene padres separados.

Cuando vuelvo a casa, desde la esquina, veo a mamá a lo lejos, en el portal. Me saluda. Yo hago como que no la veo. Me espera en la puerta hasta que llego.
-Hola, cariño… ¿qué pasa?
No sé que adivina en mi cara. Mamá me lee de un vistazo, por fuera y por dentro.
-Nada.
-¿Cómo que nada? ¿Qué pasa Adrián?
Bajo la cabeza hacia el suelo.
-Adrián, mírame ¿qué ocurre? Dime. ¿Ha pasado algo en el cole? ¿Te has peleado? ¿Te han castigado?. Adrián, me estás asustando…
Me coge de la barbilla y me obliga a mirarla. No puedo aguantar esos dos ojos que se clavan en los míos. Hace que me sienta pequeño, ridículo, casi nada; o… solo una parte de ella.
-Vamos a dar un paseo. Caminar es bueno.
Tres manzanas más tarde vuelve a la carga. Al final tengo que confesar, abrir las compuertas.
-Sí, me he peleado. Y sí, me han castigado. Pero no es eso.
-¿Pues qué es entonces?
-Esta mañana antes de ir al cole he pasado por casa.
-¿Y…?
-Estabas en la cama. Había alguien contigo.
-¡Ya!
Lo ha dicho con un hilo de voz, como sin aire; en un suspiro.
-¿Quién?- le he soltado con rabia.
Hemos seguido caminado. Mucho rato después ha empezado a hablar pero yo no he podido prestar atención hasta que he oído las palabras de otras veces.
-…cuando tu padre se fue…
-No mamá. No sé porque siempre dices eso. Cuando papá se fue… Os separasteis.
-No, hijo. Tu padre se fue. Sí, nos separamos, claro, pero porque él se fue. Aunque no te guste oírlo, aunque no te guste como suena; a mí tampoco. Sucedió así. Se fue ¿vale?
No he querido discutir. Ella ya estaba llorando y no puedo con las lágrimas de mi madre. Son como riego con el que no puedo evitar crecer, hacerme mayor más aprisa que los demás.
-Lo siento hijo. No volverá a pasar, te lo prometo. Ya sé que ahora no lo entiendes, pero cuando seas mayor…
-Sí, mamá. Vale. ¡Ah! que tenéis que ir papá y tú a hablar al cole. Juntos.
Mis amigos no tienen que saludar a los amigos de sus padres, en la cama, un lunes por la mañana.

El valor del dinero

Tengo paga los fines de semana pero no sé si no es mejor que te den siempre que pidas, como le pasa a Paula. Me tengo que ajustar a lo que me dan, sin extras, sin lujos; lo justo para el bocata de cada día y alguna chuche el finde. Vale que de momento no tengo grandes gastos, pero por ejemplo, para ir al cine tengo que ahorrar ¿dónde se ha visto eso?.
Desde que papá y mamá se separaron, o como dice ella “desde que papá se fue de casa”, mi situación ha mejorado. Ahora la paga me la da él porque es con quien estoy el domingo, pero no sé si es que mamá se siente un poco culpable o que, el caso es que algún día entre semana me da algo, para el bocata, dice; yo lo guardo en la hucha. Y luego a papá casi siempre le saco algo más. Le digo que todo ha subido y que me aumente la paga, y de una vez para otra ni se acuerda lo que me da; antes se encargaba mamá de eso, que siempre lo tenía muy claro, lo que me daba, lo que me subía y cuando fue la ultima subida. Papá no se fija, así que siempre puedo cambiarle las cifras.
A veces pienso que mi madre está hecha de acero, como las espadas de los héroes. Creo que tiene prisa por que yo me haga mayor e independiente. Hoy me ha echado la charla porque dice que quiero “vivir por encima de mis posibilidades”. Supongo que se refiere a que papá puede comprarme más cosas que ella, pero no sé a que venía ese “y mientras otros rebuscan comida, sobras en los contenedores de basura, tú tiras las cosas a medio usar. Ahora no me vale o ya no lo quiero, bien… pues piénsate bien lo que vas a pedir estas Navidades, que sea lo justo. Aprende el valor del dinero. Y olvídate de marcas”

Hemos ido al Corte Ingles para luego escribir la carta a los Reyes Magos. Mi padre y yo, su novia y sus hijas. Todos juntos. La novia de mi padre tiene dos hijas, una de mi edad. Insoportable, mimada, llorona, …lo peor en niña. Y encima es mala con ganas. Hace lo posible por dejarme a mí como el malo de la película, para que echen la bronca. Casi siempre lo consigue. Al coger una muñeca de una estantería, ha tirado todo al suelo y antes de que nadie la viese, se ha colocado detrás de mí y me ha puesto la muñeca entre las manos. He quedado en primera línea de fuego y parecía que había sido yo quien había montado ese estropicio.
-¡Adrián!, pero ¿cómo es posible? ¡Mira que eres torpe!
Mi padre, que está últimamente muy nervioso, habla por hablar. Prefiero no responder.
-Lo siento.
-Ya sé que te aburre, pero te prometo que luego vamos a la sección de juguetes de chico. Ahora toca el de niñas. Y ¡deja esa muñeca!.
-Vale, papá.
Discutir con él no tiene sentido. Veo a la enana que sonríe como si nunca hubiese roto un plato. Me mira de refilón. Nunca te mira a los ojos, como si estuviese huyendo. Se cree más que yo porque su madre tiene más dinero que la mía.

Por la noche, mamá insiste para que escriba, y ¡ya!, la carta a los Reyes. Este año tampoco me libro. La he dejado, antes de irme a la cama, en la mesa de la cocina, para que ella la vaya leyendo.

Queridos Reyes Magos:
Este año me he portado todo lo bien que he podido, vosotros lo sabéis.
Os he escrito un montón de cartas, una cada año desde que pude sujetar el lápiz. Al principio mamá me guiaba la mano, luego lo hice solo. En cada una hacía una lista de juguetes, de la que vosotros elegíais tres o cuatro. A mí siempre me parecía bien y un poco raro cuando me traíais cosas que no pedía, adivinando los deseos que yo no conocía.
Como ya soy mayor, hace algún tiempo que conozco vuestro secreto; me he callado porque sé que a mamá le hace ilusión. Pero ésta será la ultima que carta que os escriba.
Dice mamá que no solo hay que pedir cosas materiales, que también se pueden pedir cosas que te gustaría que cambiasen, que mejorasen o sucediesen.
Bien, pues quiero que papá me regañe menos y que mamá sonría más. No os voy a pedir que volvamos a vivir juntos, ellos dicen que no es posible. Pero me gustaría no tener que aguantar niñas tontas que me metan en líos, ni novios plastas.
En cuanto a los juguetes, dejadme lo que queráis, lo haréis de igual forma. Si me ponéis ropa, que no sea de marca; no puedo vivir por encima de las posibilidades de mamá.
Dejad también más basura en los contenedores, para que así, los que no tienen de nada, puedan recoger algo.
Adrián (El que viene del mar)


 

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