Hace ya muchos años, en una ciudad que no existe, conocí a una chica que estudiaba arte dramático y trabajaba de camarera en un bar, puro y oscuro, llamado El Telegrama. Hicimos una peli juntos, El Alifib (pronto en esta web), y sobre todo nos volvimos inseparables... Hasta que el oleaje de la vida nos separó. Pero ambos hemos sabido ser más fuertes que las olas, y Magdalena, Maggy, actriz, poetisa, cantante y ser humano de calidad excepcional, está aquí conmigo, en mi barco-taller. Pero Magdalena, dobló mi audaz apuesta y decidió que su niña, su personaje creado, sería....

lean, lean, por favor. Van a alucinar.

INFANCIA

Resulta, Javier, que mi niña es una muñeca que me encontré en la rambla,
traída por el agua, abandonada en un pedregal. No llevaba bragas ni zapatos,
tenía el ojo izquierdo algo más entornado que el derecho y su pelo parecía
un nido de grajas. Tuvo que ser de buena familia un día o así me lo pareció.
¿Te llamas Lucía?, le pregunté. No me contestó, nunca lo ha hecho. Ahora
Lucía me mira desde encima de mi armario ropero, agradecida por haberla
devuelto a la vida. Sonríe, no ha dejado de hacerlo nunca, incluso sonreía
esturreada en las piedras aquella tarde gris. De ella aprendí que se puede
estar medio muerto y sonreir. De ella aprendí que se puede ser una muñeca y
tener más vida de la que te han encomendado.
Quiero decirte con ésto, Javier, que ésta niña me acompañará a lo largo de
éste periplo, y yo seré la encargada de hacer que su corazón de plástico
lata, como ella hizo con el mío cuando la encontré, con apenas seis años de
edad, y esque me empezó a bailar en el pecho como una peonza y cada vez que
la miro me vuelve a bailar, porque su eterna sonrisa de goma me recuerda que
no hemos crecido ninguna de las dos.

 

 

LÁGRIMAS DE PLÁSTICO


Esta tarde llovía y vino un niño a casa, un diablillo inquieto al que temo
porque cuando viene no queda títere con cabeza, aunque temo más a Gloria, su
madre, porque no es capaz de sujetarlo. El niño se encaprichó de un oso de
peluche gordito que tengo al lado de Lucía. Su misma madre se subió a un
taburete sin decir ni media y le concedió el deseo. Lucía me miró y yo la
miré a ella.
Hice café. Charlamos Gloria y yo un buén rato y al cabo volvimos a la
habitación para ver qué hacía el mocoso. Había vaciado al oso. La habitación
estaba llena de bolitas de corcho blancas que se movían con el aire. Miré a
Lucía y por primera vez en mi vida, le ví rodar unas lágrimas cara abajo.
Gloria me dijo que debía tapar la gotera del techo, que estaba empapando a
mi muñeca, pero Gloria no sabe que mi muñeca es una niña que llora cuando
alguien descuartiza a su mejor amigo.

No podréis creerme

No podréis creerme si os digo que a Lucía le han quitado un brazo. A mi
niña, sí, a mi niña de carne y hueso. La que me escucha con los ojos de hito en hito. No ha sangrado, es extraño. Seguro que no me creéis. Tampoco ha llorado, o yo no la he oído. Tampoco me creéis, pero a más de uno de vosotros seguro que alguien os arrancó del pecho el corazón (y ya es difícil arrancar de un pecho un corazón) y no sangrásteis ni, probablemente, llorásteis. ¿Por qué os extrañais entonces de que a mi niña le haya arrancado un brazo mi hijo?. Estaban jugando, despues se lo ha devuelto. ¿Os han devuelto a vosotros acaso el corazón?

LA NIÑA PERDIDA Y HALLADA EN EL TEMPLO

Cuando yo tenía tu edad, Lucía, también me perdí. Dicen que todos los niños se pierden alguna vez a lo corto de su infancia. Llamaron a la guardia civil, pero no me encontraron. No me hubiera encontrado ni siquiera la Cia, porque era imposible dar conmigo en donde estaba. Fué mi madre quien, viendo que anochecía, se encaminó desesperada a la iglesia a pedirle a Dios que le devolviera a su hija. Hincó sus rodillas delante del sagrario y a pesar de ser una mujer delgada, casi hunde el templo con el peso de su fé. Apenas le dió tiempo a dirigirse al padre cuando yo le toqué en el hombro. Allí estaba su milagro concedido antes de que abriera la boca. Dios siempre ha tenido con mi madre una atención especial, Lucía, será porque se siente mal al haberla hecho padecer tanto.
Yo, en cambio, llevaba más de seis horas pidiéndole al creador que me devolviera a mi padre al que habíamos enterrado hacía diez días, por eso estaba allí, amiga mía, por eso estaba allí. La guardia civil no hubiera buscado a una niña de ocho años en una iglesia, no es propio de los niños irse a ponerle los puntos sobre las íes al de arriba. Te aseguro, Lucía, que si El hubiera querido me devuelve a mi padre, como devolvió a Lázaro hace más de dos mil años cuando ni siquiera había tantos adelantos, pero quizá me faltó la fé que a mi madre le sobraba. Si ella se lo hubiera pedido... pero peca de prudente y de resignada y no quiso ponerlo en el aprieto más grande de su historia a pesar de hacerle tanta falta, con seis hijos, el mayor de diez años, embarazada del menor, sin un duro en el bolsillo, sin trabajo, sin fuerzas, con una tristeza infinita, doblada de angustia. No quiso, Lucía, no quiso ponerlo en ese aprieto, pero mira que Dios no caer en la cuenta de devolvérselo, también tuvo cuajo.
Lucía, te digo todo ésto porque ahora que te me has perdido le voy a decir a mi madre que le diga a Dios que te encuentre, porque yo no tengo por desgracia tanta amistad con el padre, ni mi fé hunde un templo cuando lo piso, ni peco de prudente y de resignada como peca ella. De todos modos, si te encuentro, las gracias se las daré a mi madre, que a Dios lo conozco menos.

 

Caperucita:

Caperucita- Abuela, vaya orejas más grandes que tienes. Y vaya dientes,
abuela...
Abuela- Tú también eres bastante fea, guapa.
Caperucita- Perdón, creía que eras el lobo.

 

REYES MAGOS

Lucía, tú mejor que nadie sabes que los reyes magos existen. A tí te
trajeron ellos y te pusieron encima de la mesa de mármol de la cocina. No sé
quién ha corrido la voz de que son los padres, allá ellos. Incluso en un
curso de relato breve que estoy haciendo me han encargado un cuentecito en
el que tú descubres que no existen, Lucía, y lo estoy escribiendo pero me
niego a hacer esa afirmación, porque es lo único que me da fuerzas para
llegar a otro año con alegría, y no solo creo en los reyes magos, también
creo en las niñas de plástico que traen y colocan encima de las mesas de
mármol de las cocinas.

 

 

"Canción de cuna para una madre"

Lucía, la oscuridad es mágica, tiene el don de no distinguir una choza de un
palacio. Así deberíamos ser todos, como la oscuridad. Escucha, te voy a
cantar una canción para que se la tararées a mis nietos, enséñales, por si
acaso lo tienen todo, que cuando la luz se apaga, desaparece el mundo por
completo y lo mismo dá tocar oro que barro, mármol, que cartón. La
oscuridad, Lucía, es un milagro.


En una habitación con dos camitas,
pasábamos la noche conversando.
Guardábamos la ropa en unas cajas.
Algún día, compraremos un armario.
-Apaga ya la luz, decía mi madre,
así ocultamos niña, la pobreza
y vamos a jugar a imaginarnos
que ésta es la habitación
de dos princesas.
-¿No ves?, decía mi madre convencida,
-la oscuridad, pequeña, es un milagro,
en la pared de enfrente, vida mía,
al apagar la luz creció un armario.
Y yo me imaginaba cien vestidos
colgados de cien perchas mentirosas.
Y yo todas las noches con mi madre,
era la dueña de todas las cosas.
Y yo, que siempre he sido tan ingenua,
gocé de aquellas noches lo indecible,
ninguna diferencia separaba
lo más grandioso de lo imprescindible.
Por eso, cuando alguien me pregunta
quién es mi madre, digo: una princesa.
La gente que conoce donde vivo
me dice que he perdido la cabeza.
Juguemos otra vez a lo que somos,
apaga ya la luz, hijita mía.
Ojalá que la noche se detenga,
ojalá que nunca más se haga de día.
Y si esque amaneciera, princesita,
entonces, jugaremos a inventarnos
que somos una madre y una hija
que guardan su ropita en cajas de cartón.

El armario que crece en la oscuridad de mis noches, es donde te tengo a tí
posada, Lucía. Háblales a mis nietos desde allí encima, cántales ésta
canción de cuna para una madre.

 

 

ADOLESCENCIA

 

Borrachera:

"Me gustas cuando bebes, porque estás como ausente..."
Se equivocó Neruda, Lucía.
Por cierto, no dejas de sorprenderme, plastiquillo indomable. Desde que te
has puesto las pilas, que Dios me ampare. Has salido del armario y no te
recoges. Me han dicho que te han visto de jarana, bailando como posesa, sin
expresión en la cara, dando vueltas por un tablao como si tuvieras sangre en
las venas. ¿Y no sería alcohol, Lucía? Mira que desde que te has puesto las
pilas...

(he aprovechado el cuento de May en el que dice que mi muñeca está de fiesta
para hacer éste)


Adolescencia:

Escribí mi primer poema en la tapa de cartón gris de mi libreta de lengua.
Tenía siete años y allí se me acabó la libertad. Ese día y no otro, mi niñez
se hizo añicos. Se evaporó, se apagó, se escondió, se derrumbó, se deshizo,
se ahogó, explotó, reventó, se pudrió. Se fue donde se va todo lo que se
acaba, no me preguntéis a dónde, pero nunca más supe de ella. La poesía es
culpable, es lo único que puedo deciros, culpable de arrebatarme la niñez.
¡Qué paradoja!. Ese día fuí mayor para siempre. Ya no quería hacerle coletas
a mis muñecas, quería hacerles poemas. Ya no quería que mi abuela me contara
cuentos, quería ser yo un cuento. Ya no quería mancharme de tierra, quería
ser tierra. Ya no quería ser niña, quería ser poeta. ¡Qué paradoja!. La
poesía es culpable de todo. Bendito sea el que nunca ha escrito, porque es
un hombre libre, que viaja sin bolígrafo y papel, que duerme, que descansa,
que mira a la luna sin tener que ser luna, que huele una flor y no necesita
escribir su aroma, que mira cómo rompen las olas sin convertirse en espuma.
Que anochece, y en él no se hace oscuro. Los niños no escriben poemas.
Bendito sea el que nunca ha escrito, porque de él es el reino de los cielos.
Psicólogos, Psiquiatras, pensadores, estudiosos, todos se preocupan por
darnos una noción aproximada de cuándo acaba la niñez para darle paso a la
adolescencia. Se lo digo yo. La niñez acaba cuando uno escribe su primer
poema. Y punto. Entonces se abre la tierra y se traga tu libertad. La poesía
es culpable de todo. Y punto.
Ayer vino mi hermano a casa, le chocó ver a Lucía, esa niña tan antigüa que
rescatamos de una rambla. La alcanzó y comenzó a trastearla. Le ponía y le
quitaba, le hacía y le deshacía, pero yo estaba en mis quehaceres y no le
puse atención. Al cabo de un rato vino con Lucía a mi cuarto y me dijo:-
Todavía funciona, sólo era cuestión de pilas. Pulsó un botoncito que tenía
escondido en la espalda y Lucía dijo:
"Soy una muñeca tierna y presumida, si me das un beso te entrego mi vida".
Me quedé en silencio. Mi hermano volvió a pulsar una y otra vez el botón y
Lucía repitió una y otra vez su estribillo.
Tu primer poema, Lucía. ¿Sabes lo que eso significa?. Acabas de entrar en la adolescencia. Y punto.

 

Quisiera despedir éste curso al menos. No me ha sido posible estar con
vosotros lo que hubiese querido. El trabajo y, en general la vida, me han
robado éstos días el brillo de los ojos.
Dice Pablo Neruda que muere lentamente quien evita una pasión, quien
prefiere los puntos sobre las "íes" a un remolino de emociones, justamente
las que rescatan el brillo de los ojos. La vida está llena de instantes que
rescatarían el brillo de nuestros ojos si un tribunal académico no hubiera
deliberado que locura y cordura eran antónimos. Ahora, es muy posible que
algunos de nosotros tengamos que morir totalmente cuerdos. Psicólogos y
psiquiatras se esfuerzan por traer a camino a los pocos que logran saltarse
a la torera la cordura, pero yo echo de menos desde hace años a un doctor en
locura, alguien que me hubiera explicado en su momento que la pena es más
llevadera si se disfraza de colores, que tomarse un biberón de leche en la
cama no tiene edad, que no siempre se escriben con mayúscula los nombres
propios y que la hora del recreo no tiene por qué ser más corta que la de
matemáticas. Echo de menos a un profesor que me hubiera preguntado en los
exámenes el nombre de aquella señora que limpiaba el colegio y que tan
desapercibida pasó por mi vida porque nadie me enseñó a darle la más mínima
importancia. Un profesor loco que me hubiera quitado esa manía tan cuerda de
no saludar a quien no conozco, que me hubiera enseñado a saltarme las
reglas, no sé, haberme enseñado a hablar sola, porque echo de menos
comunicarme conmigo en voz alta, que me hubiera enseñado a bailar como si
nadie me viera y a callarme cuando sabía una pregunta, porque los cuerdos
son tan aburridos que responden siempre cuando algo saben. Un profesor, un
licenciado en chiflados que me hubiera sabido rescatar el brillo de los
ojos. De que uno se da cuenta, tiene la mirada tan opaca que hasta la muerte
es inútil. El brillo de los ojos se rescata dando un beso espontáneo en la
mejilla a quien lo merece y llamando a ese chico que nos gusta para decirle
que no aguantamos hasta el domingo. El brillo de los ojos se rescata cuando
hacemos aquello que nos viene en gana, qué se yo, cerrando los diálogos de
Platón si nos aburren para leernos un tebeo, cenando de día y desayunando de
noche, pidiéndo un gin-tonic cuando lo correcto sería un té, porque lo que
me apetece es un gin-tonic con mucho limón exprimido y bien cargado. Es
demasiado aburrido el mundo de los cuerdos, que tienen la vida llena de
normas y de horarios y que no son capaces de dar unas palmadas de más en esa
función que tanto les ha gustado. Los cuerdos tienen envidia de los locos
porque ellos siempre tienen en la boca ese grito que les desahoga de su pena
y porque no les importa saltar en medio de la calle para mostrar su alegría,
ni les importa inventarse que son hijos de Napoleón para sacar a los cuerdos
de su aburrimiento. Los locos son las únicas personas a las que la muerte
encontrará vivos cuando vaya a buscarlos, al resto nos dará de lado y
viviremos siempre evitando pasiones, poniendo los puntos sobre las "íes",
viendo blanco lo blanco, muriendo lentamente, desechando emociones,
justamente las que rescatan el brillo de los ojos.
Un beso muy fuerte.

 

 

Con veinte soñadores por banda, no corta el mar sino vuela, un velero bergantín, bajel pirata al que llaman, por su bravura, El Temido... si quieres más busca a Espronceda, baby Los Relatos de LA TRIPULACIÓN

 

De Magdalena sólo puedo decir que si un día me viese viejo y abandonado por todos creo -quizá sólo sea mi optimisma- que ella me daría de comer.