Gori Velasco es, a pesar de su juventud, una de mis más queridas y antiguas amigas. La conocí en Murcia, cuando ella estudiaba y yo era Subdirector de Comercio, pero también periodista, director y productor de cine, y un tipo -en general- bastante poco recomendable. Es madre de dos hijos. Trabaja en la empresa creada por su padre, y es una excelente pintora e ilustradora. Para este Taller ha creado un personaje llamado Ana. Estas son sus aventuras de infancia, adolescencia y ...

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INFANCIA

Siempre cerca

Ana estaba a punto de cumplir los cuatro. Aún dormía en
la heredada cuna de la habitación de sus padres, y los pies se le
escapaban por entre los barrotes de su nido rosa. Aún buscaba
siempre la mano mágica y reconfortante de su madre, pues no le
bastaba para adentrarse en el sueño la compañía del Pájaro Loco
estampado en su pijama. Hasta que voló a otro nido y cruzó un pasillo.

La nueva habitación estaba frente a la de sus padres. Tenía
las paredes pintadas de cielo, y del techo colgaban tres caras
lumninosas de payasos. Había dos camas, con colchas color corazón,
y entre ambas dos cajones llenos de secretos. En su pared, en la que
se apoyaba un extremo de su cama, y sujetos por una alcayata,
pendían bebes pelones, nancys y peluches. Una fauna que Ana miraba atemorizada por las noches.

Sin embargo no llegó a echar de menos el contacto lenitivo de
la mano de su madre, pues había junto a ella otra mano, más grande
que la suya pero más pequeña que la de mamá. La mano de su hermana,
que dormía con ella. En la misma cama. La maravilla del calor de
otro cuerpo. Cerca. Siempre cerca. Por favor, siempre cerca de alguien.

 

Ana está sin dormir varias noches.

Ana está sin dormir varias noches, porque hasta ahora, los niños eran niños, y tenían los vientres desinflados y blancos. Y sus ombligos eran apenas un puntito perfecto y circular. Y no llevaban moscas en sus bocas saciadas de golosinas. Y no eran de color tizne, como quemados, como sucios.
Ana está sin dormir varias noches. Tiene miedo a colarse en los grandes ojos del niño de la estampa, a caberle en su vientre. El niño de la estampa. Si es que es un ñiño lo que hay en la estampa.
Ana está sin dormir varias noches.

 

 

Cachorro

Un día a Ana sus padres la llevaron a una tienda de animales y le compraron un precioso perro de pelo largo, color canela.
El cachorro, era muy juguetón y la pequeña niña , se divertía todos los días, a la vuelta del colegio, con él.
Ana vivía en una casa en el campo, a las afueras del pueblo. Solía hacer pequeñas excursiones con su nuevo amigo por los alrededores,
subiendo montañas y escalando grandes rocas. Un fin de semana,
Ana, invitada por unas amigas se marchó a la playa. Al volver el domingo por la tarde se encontró a Lupo, con la pata izquierda vendada, los ojos asustados y tristes, destellos de dolor. Al parecer se había cruzado en el camino del coche de su madre.
Ana comenzó a llorar, a entristecerse, no podía imaginar que a su cachorro le pasase algo. Apenas durmió esa noche, rezando para que no se muriera.

Rezando no se soluciona nada.

Al día siguiente Lupo amaneció sin vida y Ana permaneció triste durante varios días. Se culpaba por no haber estado aquél fin de semana.
De ese sábado quedarían unas fotos de su cachorro, con su pequeña
pata vendada. Fotos que Ana guardaría en su album particular, porque no olvidar a alguien querido logra la magia de su permanencia.

 

 

Perdido para siempre

Hoy es 19 de Marzo, día del padre, un día demasiado frío para estar tan cerca la primavera. Ana y todos sus hermanos van a visitar a su progenitor, Pedro Aldabe, al hospital. Ella no sabe lo que le pasa, sólo sabe que su madre está triste, apenas puede sonreir. Entran todos a la fría habitación y abrazan cariñosamente la pálida sombra del hombre que fué. De pronto, Ana va al aseo y cuándo vuelve no ve a nadie. Su madre ha salido con todos y no se ha dado cuenta de que ha dejado a la pequeña Ana sola. Ana los busca entre los largos pasillos y la multitud de idénticas habitaciones. Se siente perdida, no sabe cómo escapar de ese horrible hospital. Son minutos, sólo minutos, aunque a ella le parecen horas y horas, hasta que ve a lo lejos la mancha rosa que dibuja el abrigo que lleva puesto su hermana. ¡Qué alivio!
Vuelven a estar todos juntos, excepto su padre. Excepto su padre.

 

PETER-P-ANA


Quién quisiera explicarle a la pequeña Ana qué es la muerte. Esa palabra sin existencia; fallecer, perecer sucumbir. Ana, que rebosa tanta vida, no logra entender el significado de tan abstracto vocablo. Lo único que le han dicho es que sus ancianos abuelos, su padre y su cachorro Lupo, fueron al cielo cúando murieron. Ella, a veces, los busca entre las nubes, pero nunca ve ninguna silueta conocida, ni niños gorditos con alas, tampoco cigueñas que dice mamá que traen a los hermanitos. Quizás estén todos jugando al escondite.
Al mediodía, Ana no quiere comer. Su madre diariamente le repite que debe comer para hacerse mayor, pero ella sólo abre la boca para repetir una y otra vez que no quiere ser mayor, quiere ser siempre pequeña, pequeña. Pequeña, como Peter Pan, para no llegar a abuela y no tener que esconderse en ese immenso cielo.

 

CASI TODO


Ana, caprichosa, tiene casi todo lo que quiere. Tiene dinero para comprar los comics de Esther, los domingos por la mañana, . Dinero para las milojas de por la tarde que su golosa prima no puede pagar. Dinero para llevar al cole los más apetitosos almuerzos, los últimos modelos de estuches y carpetas y los más llamativos zapatos. Dinero para pagar esas pequeñas deudas que otros dejan, justa y generosa, adjetivos que a veces suscitan envidia. Pero nadie sabe que cambiaría todo eso por las caricias, besos y abrazos que sus padres no le dan, imposibles en una familia de ocho hermanos, dónde ni el más rico de los padres, podría complacer a las insaciables exigencias de una niña de su edad.


ADOLESCENCIA

LOS 16

Los años en que Ana , no era ella, tercera persona singular, sino, ellas, tercera persona plural. Ellas que eran Ana y sus inseparables amigas.
Los tiempos en que las caprichosas hormonas y los descarados ojos de los chicos se concentraban en sus pechos y sus caderas.
Tiempos para mover sus caderas al compás de la robada y dulce música. Tan dulce cómo los cafés con leche condensada y los cubatas de piña con countreau de las tardes. Las tardes en las que se fumaban las clases, para fumarse los primeros cigarrillos. Y fumarse también los puros de los padres por no verlas en todo el día.
Días de pactos y promesas. Promesas, bajo la luna, de no hacerlo hasta los dieciséis.
Tiempos en que la noche amanecía para ellas. Las noches en las que regalaban todos sus besos. Ellas, Ana y sus amigas.
Amigas de muchos secretos y confesiones. Confesiones de la primera que lo hizo, dejándoles un sabor agridulce. Agrio como un limón y dulce cómo la miel.
Dolor y placer. Deseo y curiosidad.
La curiosidad y el deseo que les pudo a todas, dejando su promesa incumplida. Como incumplidos muchos sueños, de los tiempos en que parecía que habría tiempo para todo.
Para todo.

 

AZUL, NEGRO, ROJO, VERDE Y OTRA VEZ A EMPEZAR

De pequeña Anita era azul. Sí a través de sus ojos agua mar lo veía todo de ese color. Y más cuando miraba al cielo buscando a su cachorro y a su padre. El cielo en sus ojos.
Azul, sin preocupaciones ni olas que agitasen el mar en calma y tranquilo de su corta vida.
En esa época, le gustaba meter sus manitas en los botes de pintura consiguiendo extrañas mezclas. Brochazos de su destino. Cómo ahora, que pinta paredes y muebles y todo lo que ve en blanco, para dejar su huella, su firma estampada en el pasado
.
Con los años fue mezclando tonos más oscuros, hasta llegar al negro, color de luto, color prohibido de la niñez. Le hacía sentirse , sin serlo, mayor. Anita, marinera se vestía de negro en su época más radical, alejada de familia, oscura cómo la noche, y tan negra cómo una nube que promete tormenta.
Después del negro llegó el rojo, rebajado con amarillo, para teñirse el cabello.
Y luego el rojo puro, en camisetas y zapatos., espejo de que por sus venas corría sangre caliente, que invitaba a la pasión. Rojo de sentirse deseada, feliz, con la sonrisa pintada de carmín.
Hoy utiliza el azul, ayer el rojo , y mañana el negro, según elija su caprichoso estado de ánimo.
Pero sin duda el que más le llena, es el verde. El verde naturaleza, esperanza, el verde de los ojos de sus niños, verde inocencia y pureza. Verde de los frutos inmaduros.
El verde que le hace sentirse viva, cumpliendo con el ciclo de la naturaleza.
Ojos color hierba. Una hierba que crece demasiado rápida y que seguramente cambiará de color.
Azul, negro, rojo y verde, y otra vez a empezar.

THE END

Cada noche, antes de ir a la cama , Ana necesita su dosis. A veces, incluso dos o tres.
Cómo el que fuma cinco cigarrillos o bebe cuatro cafés.
Pervertida, corrupta por un vicio heredado en su niñez y adolescencia, nacido del capricho de su padre de construir un cine justo debajo de lo que sería su casa.
Un vicio por el cual no se va al médico, ni se recetan medicinas. Aunque quizá , algún día, Ana necesite de una terapia, que la haga pisar tierra firme, ausente a veces por su espíritu soñador. Harta de querer vivir lo que tanto ha visto en el cine.
Ella no tiene la culpa de haber tenido cómo sala de estar la sala de cine, la gran pantalla en vez de televisor, el aseo en los camerinos y una butaca en vez de sofá. Haberse codeado, rozado en la pantalla con Robert de Niro , Uma Thurman y muchas estrellas más. Dormirse con el eco de las bellas voces, dobladas o sin doblar, que subían a su cama para acompañarla en sueños. Sueños de ser actriz, cómo Sara en el papel de Cuca Escribano, o director de cine cómo Javier.
Rebobinando tantas veces la película de su vida, atrás, adelante, pausa, la cinta de 35 mm que se proyecta en este taller y diciendo corten, cuando la escena es perfecta.
Un vicio convertido en placer. Sola, en la noche, con la luz apagada, se inyecta en vena un thriller, una comedia o una de género independiente, la que más le pone.
Aunque le pese el cansancio no puede desengancharse. Tiene que irse a la cama sin escena final, enredada en la película, para continuarla después.
Lástima que enciendan la luz, en el fotograma más delicioso, siempre a las ocho en punto, para irse a trabajar.
The-end.

 


MIEDO

Deambulando por la ciudad, oscura, fría y desangelada, Ana sin más compañía que su oculta sombra, teme ser sorprendida por algún violador, psicópata o asesino. Le pica la espalda de pensar que tras ella haya alguien. Le es imposible girar la cabeza hacia atrás para ver lo que no quiere. Acelera el ritmo. Silenciosos pasos en el subconsciente la persiguen, dejando impresos en sus huellas, abusos sexuales, maltratos y ausencia de cariño, de un pasado que les marcó.
Paseando por el campo, por la montaña, Ana encuentra extrañas siluetas que le inspiran misterio, infinitas preguntas recelosas de ellas.
Fantasmas del pasado que recobran vida, ahora presentes en carne y hueso.
El hombre del saco que de pequeña visitaba sus sueños, es el ermitaño que sube y baja montañas, con largas barbas y mechones canosos, vestido con harapos, sin más equipaje que su saco, y sin más comida que la que encuentra.
La bruja que antaño se colaba por su ventana, es la vieja anciana, vestida de luto, y largo pelo blanco. Pellejo de sabiduría esperándola, sin escoba, sentada a la entrada de un camino, anticipando lo que nos reserva el futuro.
Los lobos aullando son los perros ladrando al paso de Ana, guardianes presos de sus fincas.
Cae la noche y el misterio enmarcado en la negra oscuridad se convierte en miedo, pánico, pavor, gritos imprevistos al rozarle algo la piel. Sustos y más sustos.
Macabros espejismos en la desierta noche.
Ana, sola, abrazada a su almohada, no puede cerrar los ojos sin verlos. Prejuicios quizá más inofensivos, que el ángel de la guarda. (dulce compañía)
Hombres malos, el hombre del saco, brujas, y lobos, de nuevo, asomados al cristal de su alma. Todos queriendo romperlo y todos queriendo vengarse.
Vengarse.

 

SIN FIEBRE

Ana no se ponía nunca enferma, sus análisis de sangre y sus genes procedentes de la montaña así lo delataban. Tan sólo le faltaba hierro en su tierna hemoglobina. Tampoco le habían extirpado nada de su cuerpo, su envoltura y sustento, a sus 33 años. La misma edad en la que desapareció en la + una vieja creencia, y la misma edad en la que murió una nueva y fugaz amistad, que empezaba por T. ( T de tristeza.)
Pero su boca estuvo llena de llagas, de palabras pensadas y no dichas. Sus oídos con otitis, producida por conversaciones sin fondo, sin telón para abrir o cerrar. Un virus extraño, desconocido, que le hacía sentirse tuerta en el país de los ciegos. Un virus que ataca a la oxitocina y se come las risas y carcajadas. Un virus melancólico, con sarpullidos de recuerdos, locuras y libertades. Fiebre de 40º que le duró todo un invierno, sudando a mares aventuras y desventuras. Un viaje con billete de ida y overbooking a la vuelta. Poniéndose cada noche en la frente paños de cariño, que todo lo curan.
Después de un largo invierno, Ana se inmunizó sola, sin vacunas, creando alegres anticuerpos, para defenderla a muerte de ese virus traidor y leal a la vez. Un virus sin síntomas que se vieran y ahora vacío de vacíos. Ana ha crecido 33cm más de su persona y llenado de agua cristalina el flujo de sus mareas. Siendo hoy Anita, una persona no perfecta, pero sí completa, con amigos o sin amigos, con amor o sin amor, con trabajo o sin trabajo, yendo a fiestas o no, con coche o sin coche, con niños o sin niños, con colores o sin colores, con vicios o sin vicios, con fiebre o sin fiebre…


CONTAGIADA POR EL ESPIRITU DE AMELIE Y MUSICA EN EL CORAZON DE JORGE DREXLER (La edad del cielo)

Ya estoy en la mitad de la carretera,
tantas encrucijadas detrás
Ana envuelta en sal y después de un dulce baño en un mar del sur, abrigada por la luz de la luna, se enciende un cigarrillo.
El humo y el misterio de la noche la conducen a París (todos somos de todos lados), seducida por la idea de meterse en la piel de Amélie,
zanjando esa escapada pendiente.
Ana, Anélie, es llevada por un fuerte remolino de aire, y metida casualmente en el mundo de las casualidades. Pequeños misterios del azar.
En ese mágico lugar, juega a ser detective de su propia vida, dando a cado uno lo que ella cree se merece y pagando con la misma moneda.
Ya está en el aire girando mi moneda
y que sea lo que sea
Todos los sarampiones que ya pasé
Yo llevo mi sonrisa cómo bandera
Y que sea lo que sea
Lo que tenga que ser que sea
Y lo que no, por algo será
Nada importa
Siguiendo las migas de pan que alguien le dejó en el camino para no perderse, ahora que por fin se encontró.
No creo en las mesetas de la felicidad
Cuándo pasen recibo mis primaveras
y la suerte esté echada a descansar
Nada importa
Y que sea lo que sea
Su guía es la magia, su olfato el de un sabueso y su intuición femeni-ana.
Bailando todas las noches danzas que le sugieren la vida, desatando cabos y enlazando palabras, adivinando mínimos detalles que agrandarían vidas.
Planeando encuentros imposibles, que algún día soñó.
Aciertos y desaciertos.
Nada importa.
Yo suelto mi cuento en la ventolera
Y que lo lea quien lo quiera leer
Ya está en en el aire girando mi moneda
Y que sea lo que sea
Nada importa.
Todo importa.
La luz de las estrellas seca la piel de Ana, ella apaga su cigarrillo en la arena y Jorge Drexler sale de su corazón.

 


LA VENTURA

Todo comenzó un jueves noche de diciembre,
en el bar La Ventura, de Lucía Etxebarría, en el madrileño barrio de Lavapiés.
Ana que caminaba siempre de la mano de la tristeza, le dió esquinazo un día de junio. Esa mañana se despertó con el rojo del amanecer, se vistió con las cosas que le hacen bien e intentó guardar en el armario, bajo llave, todo lo que le hace mal. Se miró al espejo, y pensó que todos los colores le favorecían, azul, rojo, verde …todos menos el gris y el negro. Recordó que no hay mejor cosmético, que la felicidad. Celosa se puso la tristeza. Se echó su perfume secreto.Y se colgó su bolso, forrado de cuentos. Cogió un tren de esos de destino incierto, acompañada de su amiga Magia.
Era verano y el reflejo de sus ojos se llevaba el frío de otros ojos pasajeros.
En la comida no bebió de la melancolía, ese licor que meses atrás la emborrachó. Con la muerte siempre rondándola, saboreó ese trayecto, el que recorrió en tren, el que navegó en barco. Intensas emociones que le robaron vicios y horas. Por un instante se sintió prescindible.
Nueve meses de embarazo, para acabar en feliz parto.
Tarareando la última canción que un amigo le dedicó, llegó a Madrid. Lo mismo le daba Madrid, Arizona que el sur,… su corazón estaba en paz.
Parecía más alta y no tenía miedo.
Daba un paso y avanzaba tres, a las ocho en punto llegó al taller.
Allí encontró a un sonriente y satisfecho capitán, que los había llevado a todos a buen puerto. La tripulación, embriagada de tantas palabras, brindaba con ron. Todos habían arriesgado todos sus sentimientos, habían reído y llorado al mismo tiempo. Golosa y contagiosa felicidad.
Esa noche, Ana escribió en la puerta del aseo, del bar La Ventura,
Una delicia alegrar con gran entusiasmo al dichoso barco encantado. 30 de junio, 2005.
Ana.

 

PERFUME

Un vestido de seda estampado hace de segunda piel de Ana.
Cómo si de un lienzo se tratara, pinta su rostro, con finos pinceles, sacando luces y sombras.Utiliza colores pasteles, rojo bermellón para sus labios, rescatando lo mejor de sí misma, orgullosa de su autorretrato.
El pelo suelto y su perfume favorito.
Bella, una obra única, no perfecta pero sí original (no hay otra igual).
Irá a una fiesta dónde todos los ojos serán para ella, pues parece que tuviera un imán.
Una fiesta dónde la gente animada por las copas, y envuelta en humo y jazz , se contagiará, uno a uno, cómo si de una gripe se tratara, del buen rollo.
Un buen ambiente, necesario para equilibrar la balanza de tristezas y alegrías.
Ana, supercontagiada, no escuchará palabras tan repetidas en estos tiempos, palabras malditas cómo depresión, cáncer, frustración, estrés, ansiedad… serán momentos de olvido, pérdida de memoria, y resaca de irrealidad.
Guardará esa maravillosa sensación en un frasco de perfume, para poder utilizarlo siempre, vaya o no a una fiesta.
Y se perfumará cuando sea anciana, y pinte igual su lienzo, tesándolo primero, sacándole con mayor esfuerzo, las luces, disimulando las arrugas y tapando, por último, los agujeros.

 

MELODIA

Ana ha encontrado el trabajo de su vida:
Pintar con palabras y escribir con pinceles
en un estudio situado en la C/ Dulce Ternura,
dónde suena una suave melodía. Melodía.

 

VERDE

Ana ha regresado de nuevo al sur. Su Sur. Con sus mágicos mares y sus paisajes de otro planeta.
Es Julio, y hace calor, mucho calor.
No sabe si bañarse primero, desnuda y libre, en el mar plateado o beber algo, bien helado. Líquido cristalino que al sumergirse o al tragar erice su piel, y le haga sentirse más viva que nunca, y más distante de la muerte que nunca.
A lo lejos divisa el bar de Titos’s, buena música y mucha gente fuera bailando, pisando descalzos la arena fría de la playa. Extraños dibujos hechos con sus pasos que las olas se llevan.
Los ojos de Ana parecen adivinar una misteriosa silueta, sola, alejada del resto, familiar y cercana, sin conocerla de nada. De pelo castaño. Y ojos verdes. Un perfil que le sugiere trazos infinitos.
Un contorno único, imposible, inimaginable, que le inspira húmedos sueños de suaves caricias e inexplicables palabras.
Los camareros ofrecen mojitos, con limón recién exprimido, mucho hielo y yerbabuena. Mojitos de color amarillo y verde de la yerbabuena, para libar con pajillas de color rojo.
La noche, oscura, sin color, que es de luna llena, la invita a tomarse unos mojitos y quitarle así, sed a su alma.

De nuevo, calor.
Ojos color verde,
color que llena
su alma.

De nuevo calor,
ojos de color verde,
color que llena su alma.

REVOLVIÓ (letra prestada por Bebe, canción nº 8, de su disco Pa fuera telarañas.)

Porque fue suficiente
hablarle con los ojos desde allí.
Si en ese mismo instante
su vida era tranquila y feliz,
la vino a revolver con bollitos y miel.

Mareas en la tierra,
el cielo iba cubriéndose de gris.
Porque salió en torrente,
el miedo y las ganas de sentir.
Y quiso saborear la masa de su pan.

Revolvió su calor con su voz,
con leche y azúcar se lo dió a beber.
Bordeó el corazón la razón
con unos besos de ron y miel.

Horneó con su aliento su pelo,
y caramelo parecía al terminar.
Y quiso saborear la masa de su pan.

Escríbele canciones,
envíale tu voz dónde él esté.
Vagando por su almohada
le vino a visitar en sueños él.
La vino a revolver y se dejó hacer.

 

7777777

El número 7, su talismán, su amuleto, cierra la mágica historia de Ana.
Una estrella de 6 puntas, cuelga de su cuello, con un punto en su centro, equilibrio interno, revelando el misterio de la circulación de las fuerzas de la naturaleza.
Anita Marinera, que ha surcado a bordo de un galeón pirata los 7 mares…., el Mar Rojo, el Mar Muerto, el Mar de China… y cómo no, su salado y querido Mar Mediterráneo.
Ha recorrido en el tren de su imaginación, las 7 antiguas maravillas del mundo. Verdaderas maravillas, que demostraron la magnificencia de un imperio o un amor, cómo los Jardines Colgantes de Babilonia. Ha subido a las misteriosas Pirámides de Gizeh, pisado el Templo de Artemisa en Efeso, saludado a la Estatua de Zeus, en Olimpia, llorado en el Mausoleo de Halicarnaso, divisado Alejandría desde su Faro, y llegado al puerto del Mar Egeo, pasando su cabeza entre las enormes piernas del Coloso de Rodas.
Sin pecar, sin cometer ninguno de los 7 pecados capitales, sin ira, sin soberbia, sin lujuria, sin pereza, sin gula, sin avaricia ni envidia, en ninguno de los 7 días de la semana. Días que acaban en noches. Noches, en las que Ana, tumbada en su soñadora cama, observa los 7 cuerpos celestes, 7 astros errantes, 7 vagabundos en el universo: El Sol (dies solis, domingo), la Luna (dies lunae, lunes), Marte ( dies martis, martes), Mercurio ( dies mercurio, miércoles), Júpiter( dies jovis, jueves), Venus ( dies veneris, viernes) y Saturno ( dies saturno, sábado). Los mismos 7 días que ocupó Dios para formar la Tierra.
Dormida con las últimas palabras del cuento de Blancanieves y los 7 Enanitos, agotada de llegar tan lejos, con las Botas de las 7 Leguas, y siempre, de fondo, escuchando las 7 notas musicales que alegran su vida: Do, Re, Mi, Fa, Sol, La, Si… Ahora que parece que tiene 7 laaaaaargas vidas, cómo las 7 que tienen los gatos.
Sin miedo a la serpiente de 7 cabezas y sin miedo a caer a los 7 infiernos de Dante.
Contenta de tener 7 chakras indús o 7 puntos de energía, 7 enlaces que llenan los 7 niveles de conciencia, de los que hablan los metafísicos. 7, que curiosamente coinciden con los 7 colores del arco iris, necesarios para vivir.
Rojo, de la pasión; naranja de su seductor pelo; amarillo, de la luz, del sol; verde, color que la llena; azul, de su niñez; añil y violeta, de calma y paz.

El 7, unidad universal, su número impar del destino…









 

Con veinte soñadores por banda, no corta el mar sino vuela, un velero bergantín, bajel pirata al que llaman, por su bravura, El Temido... si quieres más busca a Espronceda, baby Los Relatos de LA TRIPULACIÓN

 

Sus relato poseen una intensidad y frescura asombrosas en alguien que, hasta la fecha, jamás había intentado jugar con la literatura