Diego Sánchez-Bustamante es el mejor narrador oral que he escuchado jamás, pero sin embargo siempre se ha resisitido -intuyo que por las limitaciones de un texto atrapado en palabras fijas- a escribir relatos para ser impresos. Sé que estas líneas que he conseguido arrancarle son más producto de su generosidad para conmigo, desde que le conocí un caluroso día del verano canario por intermediación de mi amigo Ramón Muro, que de su deseo de abandonar la condición de escritor ágrafo, que tanto le divierte y estimula. Ha creado un personaje llamado Luco, que vive con sus tíos en Oriente. Se da la circunstancia que el propio Diego vive actalmente en Oriente, en Telaviv, y que tiene un sobrino, quiero decir: un perro, que se llama Luco. Es un regalo para mí contar con Diego Sánchez-Bustamante entre los miembros de mi Tripulación. Un regalo, un honor y un estímulo. El mundo se transforma, o parece transformarse, en un lugar fascinante cuando lo pisa mi deslumbrante amigo.

FUERA DE COLECCIÓN:

EL CHINO ANALFABETO

El chino se asomaba con frecuencia al acantilado, sobre la playa estrecha. Bajaba la esterilla de su tienda, ajustaba las contraventanas de madera, cerraba la tarabilla y trotaba por el camino empinado hacia las dunas. A travesaba descalzo los matorrales ,que apenas si arañaban levemente sus callosos pies ,y se dajaba caer al borde del acantilado entrecerrando sus ojos oblicuos para ver mejor la playa.

No hacía mucho tiempo que el chino venía regularmente a arrodillarse sobre los terrosos farallones. Hace años sí venía. Casi adolescente le contaron que el sol, al ponerse en el mar, dejaba escapar, durante una fracción de segundo, un mágico rayo de color verde intenso. Durante meses el chino recorrió las dunas y se sentó en el borde para mirar con intensidad la bola de fuego que desaparecía en el mar, allá, a lo lejos. Acabó cansándose. Nunca vio rayo verde alguno. En aquellos ya lejanos días el chino apenas se había fijado en la playa, justo bajo sus rodillas, a unos cincuenta metros.

Ahora no prestaba atención al sol. Miraba con intensidad la playa en donde, desde hacía algún tiempo, se reunían un grupo de extranjeros jóvenes y alguno más de su misma edad. Algún compañero que le observó hizo correr la especie en el pueblo de que el chino iba a ver a "las inglesas", que se bañaban en cueros. El chino sonreía. Nunca le atrajeron los cuerpos de los blancos, ¡tan sosos! Al chino le interesaba otra cosa. Había algo que le fascinaba.

Los extranjeros, ingleses, alemanes o lo que fueran se tostaban al sol y, de vez en cuando se daban un chapuzón. Pero lo que al chino le intrigaba era el cartel. Todos los días, al llegar, dibujaban el mismo cartel, en la arena, con un palo: I LOVE YOU. La marea se llevaba las letras por la tarde pero, al día siguiente los extranjeros volvían a dibujarlo. Parecía un ritual. Las letras eran muy grandes pero el chino veía solo unos trazos. Unas veces le parecía que había dos grupos de signos;otras, veía tres. El chino ignoraba por completo el inglés y era mal calígrafo. Apenas si podía firmar y hacer pequeñas listas con los nombres de las verduras que vendía en su tienda.

Un día se llevó a los acantilados un trozo de papel y un carboncillo. Cerrando cada vez más los ojos intentó copiar fielmente el cartel. Cuando terminó se lo enseñó al maestro del pueblo.

¿Qué es esto?
preguntó.
El maestro achicó los ojos.
Parecen letras
dijo
¿Letras? Tartamudeó el chino?
Sí. Los occidentales las utilizan para escribir, pero lo que hay en ese papel no significa nada. ¿De donde lo has sacado?
El chino se calló y durante días trató de esmerarse, de rodillas al borde del acantilado, para copiar las letras con perfección.

El sexto día,a la vuelta, junto a la escuela, estaba la joven hija del maestro. Al chino le palpitó el corazón con fuerza. Siempre le había gustado Chin-chan, pero apenas si había cambiado unas palabras con ella. Una vez la había sacado a bailar en las fiestas del pueblo pero ella no admitió un segundo baile; estaba demasiado solicitada.

El chino se acercó despacio y vio que Chin-chan le sonreía.
El chino le acercó el papel a Chin-chan que sonrió aún más y le dijo, mirándole a los ojos:
Te quiero.
Al chino le flaqueron las piernas y cuando empezaba a responder:
Yo también a tí
la joven continuó,eso es lo que pone en tu papel. ¿Estás aprendiendo inglés? Y con una risa que al chino le sonó a campanillas, se dio media vuelta y corrió hacia su casa.

Al día siguiente el chino, al cerrar su tienda, no se dirigió a las dunas sino al bar del pueblo, a beber licor de arroz

INFANCIA

LOS REYES SON LOS PAPÁS


A Luco se lo dijeros dos niños mayores un día de invierno, poco antes de Navidad.
Luco había escrito una larga carta en secreto.No quería que volviera a pasarle lo del año anterior;sus padres habían visto la lista casi inacabable de peticiones y se la censuraron.
Nada de coche automático. Tampoco el dinosaurio de verdad.
"¿de donde has sacado esa tontería?"
Le obligaron a escribir una carta "razonable"
"Ra-zo-na-ble"
silabeó la tía Rita.
"Los Reyes Magos no tienen tiempo, ni espacio en sus camellos, para todas esas bobadas"
puntualizó tío Rufo.
A Luco, al recordarlo, casi se le saltan las lágrimas.
¡Ah, pero ahora sí!
Ahora verán lo que pueden y lo que no pueden los Magos. No enseñará lacarta a nadie. Ya puede ponerse pesada la tía Rita:
"¿cuando vas a escribir la carta a los Reyes, Luco?"
Ël disimulaba, contestaba con evasivas;porque ahora sí escribiría la carta que nunca le habían dejado escribir. La enviaría directamente;sin que lo supiera la tía Rita, ni el tío Rufo, ni siquiera su primo Colás, guardián de tantos secretos.
Cada día añadía una nueva, disparatada, petición al papel escondido en la era, junto a la piedra grande, bajo la teja verdiazul.
Hoy Luco se quedó petrificado. Al acercarse a su escondite vio que dos niños mayores habían encontrado su papel y hacían muecas. Un tercero miraba por encima del hombro
y preguntaba:
-¡qué es eso?
-una carta a los Reyes
contestó el más bajito.
El tercero, el de los granos verdes, hizo un mohín, tiró el papel y comentó:
-"ese niño idiota no sabe aún que los niños son los padres
Y mientras a Luco se le saltaban las lágrimas los tres mayores se alejaban entre alegres carcajadas.

 

 

ADOLESCENCIA

LUCO A ORIENTE


El día seis de enero Luco no esperaba nada especial. Su prepubertad eliminaba toda posible creencia en los Reyes de oriente. Aún recordaba la dolorosa experiencia de iniciación. Por si acaso dejó caer durante la comida el día 5:
"Tampoco me importaría que los Reyes me trajeran algo inesperado. Aparte, claro, de los doscientos euros y la caja de pañuelos con su L en una esquina."
- Pues a lo mejor te llevas una sorpresa
Dijo tía Rita con esa voz suya que no sabía uno si le estaba regañando o le prometía algo.
Por eso el día seis Luco no daba crédito a lo que veía: dentro de un papel de celofán había dos billetes de avión. Dos billetes de verdad.
-Para tí y para tu primo Nicolás
regañó-anunció la tía Rita.
El tío Alberto, qure vivía en Israel, les invitaba a él y a su primo, casi su hermano, a pasar dos semanas en la Tierra Prometida.
Luco nunca había prestado demasiada atención a las clases de Sagrada Escritura. Por eso, durante los tres días que faltaban para el viaje, leyó cuanto pudo sobre el país, sobre la tierra aquélla tan antigua.
Los evangelios; no dejes de leer los Evangelios, graznaba tía Rita.
Y también los Evangelios se empolló Luco.
El aeropuerto Ben Gurion le pareció a Luco grande y destartalado, a pesar de no tener más de unos meses de vida.
Tío Alberto y su mujer, Lorena, les estaban esperando.
Durante estos días veremos muchas cosas, sobrinos;
dijo el tío. Hoy tengo que hacer pero Lorena os acompañará en cuanto dejeis las maletas, a ver la gran maqueta, para que os hagais una idea.
La gran maqueta les sorprendió muy favorablemente. En un espacio de unos trescientos metros cuadrados había una reproducción soberbia de Jerusalén durante la época del Segundo Templo. Allí estaba el templo, y el Palacio de Herodes, y la muralla toda en torno de la ciudad...
Mientras observaba queriendo mirarlo todo a un tiempo, se levantó un viento fuerte que los empequeñeció, a Luco, a Nicolás y a Lorena, hasta permitirles entrar en la vieja ciudad de Jerusalén y mezclarse con sus habitantes.
Les sorprendió la facilidad con la que podían comunicarse con la gente en Arameo vulgar. Eran personas sencillas y abiertas que se dirigían a ellos con familiaridad pero que no les contaban nada importante o trascendental. Algunos se limitaron a decirles que aquella mañana les había despertado una vecina para contarles que había encontrado una dracma, perdida el día anterior; otros murmuraron, indignados, que los fariseos habían recriminado severamente a Sarah por enhebrar una aguja minutos antes de las cinco de la tarde del Sabbath. Otro se asombró de que un vecino, pastor, hubiera dejado noventa y nueve ovejas en el aprisco y se hubiera pasado dos días y una noche buscando un cordero perdido...hasta encontrarlo sano y salvo. Les hablaron también, como de pasada, de la comidilla de esos días: un joven rabbí recorría los caminos predicando y haciendo prodigios, rodeado por un pequeño grupo de hombres y de mujeres, pescadores algunos de ellos que habían dejado sus viejas redes junto al lago para ponerse a caminar.
Cesó el viento y volvieron a encontrarse los tres en pie, de nuevo junto a la gran maqueta. Nicolás, naturalmente, dio una explicación verosímil de lo que acababan de experimentar y se negó en rotundo (¡él, tan racionalista!) a que se hablase de prodigios ni de "otros cuentos de viejas".
Pero a Luco y a Lorena, junto con un escalofrío, se les levantó un remusguillo de polvo antiguo...
Y colorín colorado...

 

PLENITUD

Luco se come los mocos. Luco, a veces, en vez de comerse los mocos los pega en los crstales de las ventanas, e incluso en el que cubre la mesa del comedor. Luco se toca pausadamente la pilila con la mano izquierda mientras se come los mocos con la derecha.
Luco es un verdadero guarro.
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Ya dije que Luco es un auténtico guarro.
Cuando sus tíos se percataron de la conducta de Luco decidieron solicitar ayuda profesional. No les importaba demasiado lo de los mocos; eso era, desde luego, una porquería, pero lo de la pilila les parecía casi perverso y, desde luego, potencialmente dañino.
Un psiquiatra amigo le puso nombre al vicio; poner nombres a las acciones o a los vicios tranquiliza bastante. Luco, les dijo, es un onanista.
El tío Rufo, que no carecía de una cierta culturita, consultó la historia de Onán en una enciclopedia y la verdad es que le dio bastante asco. Se imaginó a su sobrino "derramando su semen por el suelo" (así ponía en el libro) y le dieron varias arcadas.
Entre tanto, Luco, ignorante de la atención que despertaba en sus tíos, perfeccionaba su incipiente vicio. Al principio se tocaba la pilila como al desgaire, sin dar la impresión de que hacía nada especial. Luego vino lo de abrir un agujero en el fondo del bolsillo izquierdo; Luco utilizaba siempre su mano izquierda para su placer solitario. Más adelante vino lo de la goma y el nudo, sencillo artificio con el que Luco podía montar en bicicleta, con las dos manos en el manillar, sin que se advirtiese la fina hebra de caucho que, atada al dedo gordo de la mano izquierda, se perdía por la manga de la camisa hasta interiores desconocidos.
La goma no llamaba la atención pero sí provocaba alguna que otra mirada sorprendida su sonrisa bobalicona y los zig-zags de la bici que obligaban a frenar de golppe a más de un automovilista.
La tía Rita estaba ya cansada de poner apósitos en los chichones sangrantes de Luco; ¡esto no hay quien lo entienda! rezongaba la buena señora. Siempre montaste bien en bici. ¿Qué mosca te ha picado para que te caigas ahora cada dos por tres?
A la quinta caída intervino el tío Rufo.
Se acabó. Mañana vamos al médico a que te examine del equilibrio. Y ahora, de bici, nada.¡ A tu cuarto hasta mañana.!
La tía Rita entró esa tarde varias veces en el cuarto de Luco, que ni volvió la cabeza, tan embebido estaba en las páginas de un libro. Intrigada, la tía esperó a que Rufo saliera a hacer pis para entrar rápidamente en el cuarto y echar un vistazo al libro que tanto interesaba a su sobrino.Tan solo pudo ojear el título antes de que Luco volviera del cuarto de baño.
Tras la cena, Luco ya en la cama, la tía Rita preguntó a su marido:
Oye, Rufo: ¿tienes idea de lo que quiere decir "El cipote de Archidona"?

 

 

 

Con veinte soñadores por banda, no corta el mar sino vuela, un velero bergantín, bajel pirata al que llaman, por su bravura, El Temido... si quieres más busca a Espronceda, baby Los Relatos de LA TRIPULACIÓN